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Cuando la comunidad señala al verdugo y el Estado responde con más agentes
La escena se repite con una precisión inquietante en las democracias que se deslizan hacia el autoritarismo: una muerte a manos del poder, una reacción cívica mayoritariamente pacífica y una respuesta estatal que no busca calmar, sino escalar. En Minneapolis, tras la muerte de Renee Nicole Good, mujer de 37 años y madre de tres criaturas, abatida por un agente federal, la indignación dejó de ser un murmullo y tomó las calles. No como estallido caótico, sino como rechazo organizado a una presencia policial que muchas vecinas y vecinos ya describen como terror cotidiano.
La decisión del presidente Donald Trump de reforzar el despliegue federal en la ciudad, lejos de reducir tensiones, las multiplicó. Mientras autoridades locales pedían pausar operaciones para evitar más violencia, la Casa Blanca apostó por el envío de más agentes. El resultado fue previsible: vídeos que muestran a oficiales perseguidos a pie y en vehículos por decenas de personas que les gritan que se vayan, que no son bienvenidos, que son responsables de una muerte. No hay misterio. Cuando el poder responde a una herida con más bota, el conflicto se profundiza.
ESCALADA, NO SEGURIDAD
Las imágenes difundidas durante el fin de semana del 11 de enero son elocuentes. Agentes federales armados con spray defensivo avanzan por calles residenciales mientras la comunidad les interpela. En otro clip, dos personas son sacadas de un vehículo y detenidas; alrededor, vecinas y vecinos increpan a los agentes y cuestionan su legitimidad. El periodista independiente Brian Allen lo resumió con una frase que describe mejor que cualquier comunicado oficial lo que ocurre: esto es escalada, no policía.
El alcalde Jacob Frey lo dijo sin rodeos en una comparecencia pública dirigida a los agentes federales: que se marchen de Minneapolis. No es un gesto retórico. Es el reconocimiento de un límite político y social. Una ciudad no puede aceptar que fuerzas externas operen contra su población sin control democrático. Menos aún cuando el antecedente inmediato es una muerte sin esclarecer y un Gobierno federal que, en lugar de anunciar investigación y rendición de cuentas, opta por blindar a los suyos.
La presencia del ICE no se vive como protección. Se vive como ocupación. En barrios con población migrante, especialmente entre comunidades somalíes, la lógica es clara: redadas, identificaciones, detenciones. El mensaje implícito es disciplinario. No estáis a salvo ni siquiera en vuestras calles. Esa percepción explica por qué la protesta no se limita a consignas abstractas. Se dirige a los agentes concretos que encarnan la política.
PROVOCACIÓN DESDE ARRIBA
La congresista Ilhan Omar fue explícita al advertir del objetivo último de esta estrategia. Provocar lo suficiente para justificar una respuesta todavía más dura. Agitar hasta poder invocar la Insurrection Act y normalizar la excepcionalidad. No es una hipótesis extravagante. Es una secuencia conocida en la historia reciente de Estados Unidos. Primero se tensa la cuerda, luego se acusa a la población de desorden y, finalmente, se despliega el aparato coercitivo como solución.
Conviene subrayar un dato que los relatos interesados intentan diluir. Las protestas masivas que recorrieron cientos de ciudades tras la muerte de Good fueron, en su inmensa mayoría, pacíficas. La propia ciudad de Minneapolis lo reconoció en sus canales oficiales tras una noche sin incidentes, agradeciendo a la comunidad su capacidad de expresar dolor y rabia sin violencia. La paz no es ausencia de conflicto, es gestión democrática del desacuerdo.
Por eso resulta cínico presentar la indignación como amenaza. La amenaza es otra. Es un Gobierno que interpreta cualquier cuestionamiento como desafío al orden y responde con más fuerza. Es un Ejecutivo que convierte la inmigración en un campo de pruebas autoritarias. Cuando un Estado decide que ciertos cuerpos son prescindibles, el resto entiende que nadie está a salvo.
El episodio de Minneapolis no es una anomalía local. Es un síntoma nacional. La militarización de la política migratoria, la externalización de la violencia a agencias federales y la retórica de mano dura conforman un mismo proyecto. Un proyecto que necesita enemigos visibles para sostenerse. Migrantes, activistas, periodistas. La lista se amplía a medida que el poder se siente impune.
Las vecinas y vecinos que gritan a los agentes que se marchen no están pidiendo caos. Están reclamando algo elemental: que la ley no sea una coartada para matar y que la seguridad no sea sinónimo de miedo. El problema para el Gobierno es que esa demanda, cuando se hace colectiva, desarma el relato. Porque expone lo esencial: no hay orden legítimo que se sostenga sobre la muerte impune.
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