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La normalización de la violencia, el desprecio por la vida palestina y la celebración del militarismo son síntomas de una enfermedad moral profundamente arraigada.
Norman Finkelstein, reconocido politólogo y crítico incansable de las políticas de Israel, señala un cambio profundo en la percepción global hacia el régimen israelí. Desde su fundación, Israel se autoproclamó un refugio frente a la barbarie y la persecución. Sin embargo, las acciones recientes en Gaza han puesto en duda esa narrativa, transformando al Estado en el epicentro de la violencia y la opresión que tanto condenó en sus orígenes.
Según Finkelstein, el 95% de los israelíes apoyan el asedio sistemático a Gaza, una cifra alarmante que revela no solo una política estatal genocida, sino una aceptación social casi unánime de estas prácticas. Esta aprobación masiva muestra cómo los valores fundamentales han sido desplazados por el miedo y el militarismo.
La retórica de seguridad se ha utilizado para justificar lo injustificable. Gaza no es un conflicto, es un asedio. Miles de civiles han sido asesinados, sus infraestructuras destruidas, y los derechos humanos, pisoteados sin miramientos. Finkelstein no titubea al señalar la ironía histórica: un Estado fundado por sobrevivientes del Holocausto ha adoptado prácticas que resuenan con las mismas brutalidades que prometió erradicar.
El impacto trasciende lo político. Finkelstein observa que la crueldad no solo destruye a las víctimas, sino que deshumaniza a los perpetradores. En la búsqueda de dominación, Israel ha perdido algo más esencial que la opinión pública: ha perdido su humanidad.
LA GLOBALIZACIÓN DEL ANTISEMITISMO Y EL SILENCIO CÓMPLICE
La conexión entre las acciones de Israel y el antisemitismo global es un terreno delicado que Finkelstein aborda con precisión. Si bien deja claro que el judaísmo no es sinónimo de las políticas israelíes, el apoyo de figuras influyentes de la diáspora judía a estas acciones genera una peligrosa confusión. Este vínculo erróneo alimenta el antisemitismo en un momento de auge de los discursos de odio en todo el mundo.
Israel no solo ha erosionado su legitimidad, sino que ha puesto en peligro a las comunidades judías globales, al asociar los intereses judíos con un régimen cada vez más represivo. El daño no se limita al ámbito político; es un golpe devastador a la convivencia multicultural.
Finkelstein también subraya cómo los aliados tradicionales de Israel, particularmente en Estados Unidos, han contribuido a perpetuar esta narrativa. El apoyo incondicional del gobierno estadounidense y su maquinaria mediática ha silenciado críticas fundamentales, permitiendo que las violaciones de derechos humanos continúen sin consecuencias reales.
Mientras tanto, la comunidad internacional ha demostrado ser incapaz de actuar de manera decisiva. La impunidad de Israel es una denuncia contra la inutilidad de los organismos globales y la hipocresía de las potencias occidentales. Naciones Unidas emite condenas simbólicas mientras Estados Unidos bloquea cualquier esfuerzo por frenar el genocidio en Gaza.
UNA SOCIEDAD DE «MONSTRUOS»
El concepto de Finkelstein de Israel como una sociedad de monstruos no es una provocación vacía, sino un análisis escalofriante. Monstruos no porque sean inhumanos, sino porque han permitido que la deshumanización impregne cada faceta de su sociedad. La normalización de la violencia, el desprecio por la vida palestina y la celebración del militarismo son síntomas de una enfermedad moral profundamente arraigada.
La pregunta que emerge no es solo qué ha perdido Israel, sino qué ha perdido el mundo al permitir esta deriva. Cada silencio cómplice, cada veto en el Consejo de Seguridad, cada titular que evita usar la palabra «genocidio» no solo perpetúa la tragedia, sino que condena a la humanidad entera. Lo que está en juego no es solo el destino de Gaza, sino el futuro del mundo que permitimos construir.
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Ya no se puede deciras de lo dicho por Filkenstein. Israel terminará fagocitarse asimismo, porque, efectivamente, es un mostruo