La aprobación del presidente cae al 37 %, la desaprobación sube al 61 % y el relato de fortaleza empieza a resquebrajarse desde dentro del Partido Republicano.
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La política estadounidense vive de relatos. Y el relato de fuerza que Donald Trump vendió desde su regreso a la Casa Blanca en enero de 2025 empieza a fallar por las costuras. La última encuesta del Pew Research Center, publicada el 29 de enero, fija su aprobación en el 37 %, el nivel más bajo desde el inicio de su segundo mandato. No es una oscilación coyuntural. Es una tendencia. Y es significativa porque no llega solo desde la oposición demócrata, sino desde su propio electorado.
La desaprobación alcanza ya el 61 %. La mitad de la población, el 50 %, considera que la Administración Trump ha sido “peor de lo esperado”. Y el 52 % afirma apoyar “pocas o ninguna” de sus políticas. El contraste es elocuente: apenas un 21 % cree que su gestión ha sido “mejor de lo esperado” y solo un 27 % respalda “todas o la mayoría” de sus decisiones. En política, los números importan. Y estos dibujan un desgaste que va más allá del ruido mediático.
EL DESGASTE NO VIENE DE LA IZQUIERDA
El dato clave no está en la polarización habitual. La caída en el apoyo procede exclusivamente del electorado republicano. En 2025, el 67 % de las y los votantes del partido afirmaban respaldar todos o la mayoría de los planes de Trump. Hoy esa cifra ha bajado al 56 %. Once puntos en un año. Para un presidente que hizo de la lealtad incondicional su principal moneda política, no es un detalle menor.
También se erosiona la confianza en sus cualidades personales. Entre republicanas y republicanos, solo el 42 % se declara “extremadamente o muy confiado” en que Trump “actúa éticamente”, frente al 55 % del año anterior. La confianza en su “respeto a las normas democráticas” cae al 52 %, y la percepción de que tiene la capacidad mental necesaria para el cargo se reduce al 66 %. Cuando el núcleo duro empieza a dudar de la ética, la democracia y la lucidez del líder, el problema deja de ser externo.
El dato político más revelador llega desde el Congreso. El 61 % de las y los republicanos cree que sus congresistas no tienen la obligación de apoyar a Trump si no están de acuerdo con él, seis puntos más que hace un año. La disciplina férrea que caracterizó la primera etapa del trumpismo empieza a resquebrajarse. No por una conversión ideológica, sino por cálculo y supervivencia.
AUTORIDAD EN CUESTIÓN, SOCIEDAD EN ALERTA
Si se amplía la mirada al conjunto de la población, el panorama es aún más áspero para la Casa Blanca. El 51 % de las personas encuestadas afirma no confiar “nada o poco” en la capacidad de liderazgo del presidente. El 50 % expresa la misma desconfianza respecto a su salud física. No son juicios morales. Son percepciones de gobernabilidad.
Al mismo tiempo, la oposición se cohesiona. El 82 % de las y los demócratas sostiene que sus representantes en el Congreso deben hacer frente a Trump, incluso si eso dificulta abordar problemas, frente al 70 % que pensaba así hace un año. La estrategia de confrontación abierta gana legitimidad social en un contexto donde la presidencia aparece cada vez más aislada.
El momento político no es neutro. La encuesta se realizó entre el 20 y el 26 de enero de 2026, a 8.512 personas adultas, con un margen de error del 1,4 % y un nivel de confianza del 95 %. Se publica justo después de que Trump abriera la campaña para las elecciones intermedias de noviembre de 2026 con un mitin en Iowa. Y lo hace en plena crisis por el asesinato de dos manifestantes estadounidenses a manos de agentes migratorios en Mineápolis (Minnesota), un episodio que ha vuelto a colocar en el centro el debate sobre autoritarismo, violencia institucional y uso político del miedo.
No es solo una caída en las encuestas. Es una pérdida de autoridad simbólica. El trumpismo se construyó como un movimiento de obediencia, de alineamiento total, de castigo al disidente interno. Hoy, incluso dentro del Partido Republicano, se normaliza la idea de no seguir al líder cuando estorba. Eso no es moderación. Es desgaste.
La política del miedo necesita resultados para sostenerse. Cuando esos resultados no llegan y el coste social se hace visible, el apoyo se erosiona. El 37 % no es un accidente demoscópico. Es una señal de que el relato empieza a romperse. Y cuando el relato se rompe, el poder deja de parecer inevitable.
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