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Una pequeña anécdota de trabajo que revela el gran problema del discurso climático contemporáneo
Hoy en la redacción de Spanish Revolution hemos tenido uno de esos momentos que, en apariencia, son menores, pero que en realidad dicen bastante más de lo que parece.
Hace aproximadamente un mes publicamos un vídeo en Resist.es titulado «Guerra al futuro». La idea era sencilla. Mientras mucha gente duda si un brick de zumo va al contenedor amarillo o al azul, Estados Unidos bombardea pozos petrolíferos, arden refinerías y se liberan toneladas de contaminantes. Eso también es crisis climática, solo que tiene otro nombre: militarismo.
Este es el vídeo:
No era un mensaje complejo. Tampoco especialmente nuevo. Pero sí incómodo, porque obliga a mirar más arriba. A salir del gesto individual y pensar en estructuras mucho más grandes.
Hoy nos hemos despertado con que un activista climático con visibilidad media había hecho un vídeo respondiendo al nuestro. El tono, correcto. El enfoque, según él, constructivo. Venía a decir que estaba harto de este mensajes y que plantear así un vídeo puede desmovilizar.
También añadía algo que ya se ha convertido casi en una coletilla habitual: «esto no es hate, no es beef, es afinar el mensaje”.
Y aquí es donde la anécdota deja de ser anecdótica.
Porque en el vídeo, del que me quedan grandes dudas de si el influencer ecologista vio entero, nadie estaba negando la importancia de la acción climática. Nadie estaba diciendo que reciclar no sirva o que las decisiones individuales no importen. Lo que señalábamos era otra cosa: la escala del problema y sus responsables reales.
Y, sin embargo, la respuesta se centró en la narrativa. En cómo se dice. En si puede generar confusión. En si puede ser contraproducente.
EL PROBLEMA NO ERA EL MENSAJE
Lo curioso es que, con todo el ruido mediático, con toda la desinformación real que circula, con toda la maquinaria negacionista que lleva años operando, alguien decide dedicar tiempo a corregir precisamente esto.
No a quienes niegan la crisis climática. No a quienes bloquean políticas públicas. No a quienes financian la destrucción ambiental. Sino a un mensaje que simplemente recuerda que las guerras también contaminan.
Es difícil no ver ahí una cierta incomodidad con el fondo del asunto.
Porque hablar de militarismo no es lo mismo que hablar de reciclaje. Implica señalar decisiones políticas, intereses económicos y estructuras de poder. Es menos cómodo. Menos neutral. Menos digerible.
Y claro, tocar lo esencial tiene un coste. Lo sabemos bien. A quienes señalamos estructuras de poder no se nos invita a hablar al Congreso de los Diputados, no se nos da altavoz institucional y no se no convierte en rostro amable de nada. Tampoco a vender soluciones envasadas ni a ponerle precio a la conciencia ecológica en forma de merchandising sostenible.
Y quizá por eso se desplaza el debate. Se lleva al terreno de la comunicación, donde todo es más manejable. Donde se puede discutir sobre matices sin tocar lo esencial.
En la redacción no le dimos muchas vueltas. No por desinterés, sino porque este tipo de situaciones ya son bastante reconocibles. Forman parte de una dinámica en la que el conflicto estructural se diluye en debates sobre el tono en el que los clics pesan más que el mensaje.
Un compañero lo resumió de forma bastante clara al terminar de ver el vídeo:
“El ecologismo sin lucha de clases es jardinería”.
No hacía falta añadir mucho más.
Porque al final, la cuestión no es si el mensaje está mejor o peor formulado. La cuestión es si estamos dispuestos a señalar lo que realmente está ocurriendo.
Y lo que ocurre es bastante simple de entender, aunque incómodo de asumir. No hay transición ecológica posible en un planeta que sigue organizándose alrededor de la guerra y la destrucción de recursos.
Lo demás, en el mejor de los casos, es quedarse en la superficie.
Y el planeta no está colapsando por quedarse en la superficie.
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