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«Una figura grotesca que no cae del cielo, sino de un sistema que convierte la ignorancia en poder»
Siempre será un misterio solo para quien quiera seguir engañándose. Porque Donald Trump no irrumpió como un accidente, ni como una anomalía histórica, ni como un error puntual de la democracia estadounidense. Trump es el resultado previsible de décadas de degradación política, mediática y económica.
Se ha repetido hasta resultar cansinos que es un outsider. Una mentira conveniente. Tan outsider como Abascal o Alvise en España. Trump es hijo directo del capitalismo más agresivo, de la impunidad empresarial y del espectáculo convertido en ideología. Un empresario que construyó su imagen sobre la mentira y la explotación acaba gobernando un país que ha normalizado ambas cosas.
No desafía al sistema, lo encarna.
Durante años, las grandes cadenas y las plataformas digitales lo convirtieron en un producto rentable. Cada declaración delirante generaba audiencia, cada insulto aumentaba el tráfico y cada provocación alimentaba una maquinaria que no distingue entre información y entretenimiento. La política dejó de ser un espacio de responsabilidad para convertirse en un circo donde gana quien grita más alto. Y Trump grita más que nadie.
No es casualidad, sino diseño. Un sistema mediático que vive de la atención no puede sobrevivir sin conflicto permanente. Trump entendió eso mejor que nadie. No tenía que ser coherente, ni honesto, ni tampoco creíble. Solo tenía que ser omnipresente (Ayuso es la alumna aventajada). Y lo consiguió porque había una estructura dispuesta a amplificarlo mientras fuera rentable.
A esto se suma la complicidad de las élites económicas. Mientras Trump agitaba el odio y la división, avanzaban reformas fiscales favorables a las grandes fortunas, se debilitaban regulaciones y se reforzaba un modelo extractivo. El ruido servía como cortina de humo para una redistribución de riqueza hacia arriba que llevaba décadas consolidándose.
Hablar de “error democrático” es una forma de ocultar responsabilidades. Aquí no falló la democracia en abstracto y fallaron quienes la vaciaron de contenido hasta convertirla en un decorado. Trump no colonizó el sistema, se sentó en un trono que llevaba años preparándose para alguien como él.
SER IDIOTA COMO BASE
Cuando en el futuro se analice este periodo, lo verdaderamente incomprensible no será Trump. Será el contexto social que lo hizo posible. Un momento histórico en el que la ignorancia dejó de ser un problema para convertirse en una identidad política defendida con orgullo.
No se trata solo de desinformación, sino de un rechazo activo al conocimiento, la ciencia, el periodismo y la educación. Todo aquello que cuestiona el relato simple fue señalado como enemigo. La verdad dejó de ser un valor compartido y pasó a ser una opción ideológica.
Porque en un entorno saturado de estímulos, la simplificación brutal tiene ventaja. Pensar requiere tiempo, esfuerzo y contradicción. El discurso trumpista elimina todo eso. Es inmediato, emocional y violento. No busca convencer, busca activar impulsos básicos. ¿Quieres un enemigo? Trump te lo busca.
Lo más inquietante no es la existencia de un líder así. La historia está llena de ellos. Lo inquietante es que hoy disponen de herramientas mucho más potentes. Redes sociales que premian la polarización, algoritmos que amplifican el conflicto y un ecosistema informativo fragmentado donde la mentira circula con más rapidez que cualquier rectificación.
Por eso, centrar el problema en Trump es insuficiente. Incluso ingenuo, diría. Porque aunque desaparezca, las condiciones que lo hicieron posible siguen intactas. La desigualdad estructural, la precarización, la mercantilización de la política y la destrucción del espacio público continúan operando sin freno.
Si el sistema no cambia, vendrá otro Trump tras este. Y después otro. Porque él no es una excepción, es la norma. Y no representa es a un individuo, sino a una sociedad que decidió dejar de tomarse en serio a sí misma.
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