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El primer alcalde musulmán de Nueva York es ahora el nuevo enemigo interno del trumpismo: quieren despojarle de su ciudadanía por ser socialista, por ser inmigrante y, sobre todo, por no ser uno de los suyos
LA NUEVA CACERÍA DE BRUJAS MADE IN TRUMP
La ultraderecha estadounidense ha encontrado su nuevo villano. Se llama Zohran Mamdani, tiene 34 años, nació en Uganda, y acaba de hacer historia como primer alcalde musulmán y surasiático de Nueva York. Pero para Donald Trump y sus aliados, su victoria no es un hito democrático, sino una amenaza. Desde Washington, congresistas republicanos han lanzado una ofensiva para quitarle la ciudadanía estadounidense.
El pretexto suena a delirio macartista: dicen que es comunista y simpatizante del terrorismo. La evidencia, ninguna. La motivación, evidente. Mamdani no solo rompe techos de cristal, también desafía el monopolio ideológico de un país que tolera cualquier credo menos el de la justicia social.
El congresista Andy Ogles pidió formalmente al Departamento de Justicia que investigue si Mamdani “mintió en su proceso de naturalización”. Otro representante, Randy Fine, le llamó “bárbaro” en televisión y aseguró que “apenas llegó al país hace ocho años”, aunque los registros prueban que vive en Estados Unidos desde 1998. La mentira no es un error: es estrategia. Deshumanizar primero, deportar después.
La lógica es vieja. El enemigo no está fuera, sino dentro. Es la misma táctica con la que el trumpismo persigue jueces, periodistas o activistas. Ahora le toca a un alcalde electo.
EL PECADO DE SER MUSULMÁN, SOCIALISTA Y VOTADO
La derecha estadounidense no soporta que un musulmán haya ganado en una ciudad símbolo del liberalismo. Y menos aún que lo haya hecho como miembro de los Democratic Socialists of America (DSA), el movimiento que defiende sanidad pública, vivienda digna y sindicalismo de base.
Ogles acusa a Mamdani de haber ocultado su militancia “comunista” en el formulario de ciudadanía. Pero la DSA no es un partido comunista, lo explican incluso expertos conservadores como Harvey Klehr, historiador en la Universidad de Emory: el socialismo democrático “rechaza el totalitarismo y defiende la representación democrática”.
Aun así, el trumpismo intenta aplicar leyes pensadas para perseguir espías soviéticos en los años 50. Citan la Enmienda 14, que prohíbe ejercer cargos a quienes “den ayuda a los enemigos del país”. Para justificarlo, dicen que Mamdani apoyó a los “Holy Land Five”, una fundación musulmana acusada hace más de una década de financiar a Hamás. Lo que hizo, en realidad, fue escribir una letra de rap en 2017 mencionándolos. Ni un dólar, ni una prueba. Solo un verso.
La ultraderecha convierte una rima en terrorismo y una idea en traición.
Los expertos en inmigración lo han dejado claro: la desnaturalización (retirar la ciudadanía) es un proceso judicial extremo que requiere pruebas “claras, inequívocas y convincentes” de fraude. Y no hay ninguna. Ni una. Pero a Trump le da igual. La verdad nunca fue su terreno, el miedo sí.
Durante su campaña, el expresidente amenazó con retirar fondos federales a Nueva York si Mamdani ganaba. Lo hizo. Perdió. Y ahora busca vengarse.
EL RACISMO COMO POLÍTICA DE ESTADO
El Consejo de Relaciones Islámico-Estadounidenses (CAIR) ha denunciado el caso como lo que es: un ataque islamófobo y racista. No es una anomalía, sino una tendencia. Bajo Trump, el Departamento de Justicia reactivó en 2025 una orden para priorizar la retirada de ciudadanía a supuestos “enemigos internos”, una categoría tan amplia que cabe desde un migrante sin recursos hasta un poeta incómodo.
Las cifras hablan solas: los casos de denaturalización se han multiplicado desde 2020, un salto inédito desde los juicios contra nazis refugiados tras la Segunda Guerra Mundial. Hoy se aplican contra musulmanes, afrodescendientes o activistas políticos.
La profesora Cassandra Burke Robertson, experta en derecho migratorio en la Universidad Case Western, lo resume sin rodeos: “Es extraordinariamente improbable que el caso contra Mamdani prospere, pero el verdadero peligro es el efecto disuasorio. Quieren que la gente tenga miedo de alzar la voz.”
Eso es exactamente lo que busca el trumpismo: instalar el miedo como norma, la sospecha como identidad nacional y la obediencia como virtud cívica.
Mientras tanto, Mamdani no se oculta. En una entrevista con MSNBC, recordó lo que la política blanca no soporta oír: “La islamofobia está normalizada en Estados Unidos. Se ha vuelto invisible. Y cuando la nombras, te acusan de inventarla”.
Y tenía razón. En un país fundado por inmigrantes, ser extranjero vuelve a ser delito. En un país que se dice libre, disentir vuelve a ser peligroso.
Trump y su séquito no están solo intentando acabar con Zohran Mamdani. Están probando hasta dónde pueden llegar sin que nadie grite.
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