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Quienes desafían al poder occidental en África suelen acabar silenciados.
En 1987, Thomas Sankara fue asesinado. Tenía 37 años. Su pecado: desafiar al orden global desde uno de los países más empobrecidos del planeta. Burkina Faso —antes Alto Volta, rebautizado por él como la “Patria de las personas íntegras”— se convirtió durante cuatro años en un laboratorio de emancipación africana. Nacionalizaciones, salud pública, educación gratuita, despatriarcalización, reforma agraria. El precio fue alto. Murió bajo las balas de su mejor amigo y sucesor, Blaise Compaoré, en un golpe de Estado orquestado con apoyo internacional. El silencio de Francia fue tan ruidoso como el estruendo del disparo.
Hoy, casi cuatro décadas después, otro joven capitán ha osado retomar aquella bandera maldita. Ibrahim Traoré, con 34 años, lidera desde 2022 una nueva ruptura con la metrópolis: ha expulsado a las tropas francesas, nacionalizado recursos, desafiado abiertamente a Macron y consolidado un eje panafricano con Mali y Níger. Todo bajo un relato que resucita la dignidad antiimperialista que una vez encarnó Sankara. Pero los fantasmas no duermen. Y los imperios no olvidan.
Burkina Faso ha vuelto a estar bajo vigilancia.
UN NUEVO ENEMIGO PÚBLICO PARA OCCIDENTE
El problema para Occidente no es que Traoré sea un dictador. No es el único militar al mando en África. El problema es que ha dejado de obedecer. Y eso, en el tablero global, es más grave que violar derechos humanos. Cuando un líder africano no responde a las órdenes del Departamento de Estado ni al dictado del Elíseo, el discurso de la comunidad internacional se vuelve predecible: “autoritarismo”, “influencia extranjera”, “desinformación rusa”.
Basta con revisar cómo se ha construido su figura en los medios anglosajones y francófonos. Mientras las dictaduras aliadas de París y Washington apenas reciben notas al pie, Traoré es objeto de titulares llenos de sospechas. Se le acusa de entregar el país a Rusia, de manipular a la juventud con vídeos deepfake, de usar el oro del Estado para sostener al Ejército. Ninguna prueba firme, pero sí una narrativa constante: la de un líder que se ha salido del guion. Como si la autodeterminación, en África, fuese un acto subversivo.
Macron lo dejó claro en 2023: Traoré forma parte de una “alianza barroca entre panafricanistas y neocolonialistas”. Así definió la aproximación entre Burkina Faso y potencias como Rusia o China. La paradoja es grotesca. Francia —cuyo historial de golpes, expolio y asesinatos en África está documentado— acusa a otros de neocolonialismo por atreverse a competir en el mismo terreno.
SOBERANÍA, OTRA PALABRA PROHIBIDA
Lo cierto es que el modelo de Traoré tiene claroscuros. Ha reprimido a la prensa, ha enviado a disidentes al frente de guerra, y mantiene el poder por vía de facto. Pero esa no es la razón por la que ha desatado las iras del Atlántico Norte. La causa principal es que está redibujando la soberanía africana con hechos. No con discursos, ni cumbres, ni declaraciones de intenciones, sino con acciones concretas.
Ha impuesto a las empresas extranjeras una participación obligatoria del Estado del 15% en sus operaciones. Ha nacionalizado minas. Ha creado reservas de oro bajo control público. Ha obligado a las multinacionales a transferir tecnología a la población local. Ha cancelado licencias de corporaciones que durante décadas actuaron como colonos modernos. Y lo ha hecho sin pedir permiso.
En abril de 2025, su gobierno retiró una licencia a Sarama Resources, empresa australiana, lo que desató un arbitraje internacional. Poco después, dos minas de capital británico fueron nacionalizadas sin indemnización. Fue entonces cuando la prensa internacional estalló. No cuando se reprimió a una ONG, ni cuando se censuró a un periodista. Sino cuando tocó los bolsillos del Norte global.
La propiedad del subsuelo sigue siendo, para Occidente, el verdadero termómetro de la democracia.
UNA LECCIÓN QUE EL MUNDO DEBERÍA ESCUCHAR
Traoré no es Sankara. Pero su figura nos devuelve una pregunta incómoda: ¿quién tiene derecho a liderar un proyecto político en África? ¿Qué condiciones pone la comunidad internacional para permitir que un país se libere de su dependencia? ¿Por qué un militar que reprime puede ser alabado si obedece (como ocurre en Egipto o Arabia Saudí), pero es demonizado si se emancipa?
El sistema internacional no teme a los autoritarismos. Teme a la desobediencia. Gaddafi lo aprendió cuando propuso una moneda panafricana. Lumumba, cuando pidió ayuda a la URSS. Sankara, cuando quiso que África dejara de pagar la deuda externa. Todos ellos fueron eliminados o derrocados. Y en todos los casos, la excusa fue siempre la misma: proteger la estabilidad, la democracia, los derechos humanos.
Ahora, con la retirada de Burkina Faso, Mali y Níger de la CEDEAO, la creación de una alianza regional propia y la ruptura con el franco CFA, África vuelve a levantar la voz. Una voz joven, cansada de la miseria programada y del tutelaje permanente. ¿Durará? Es imposible saberlo. Pero si Traoré fracasa, no será porque su pueblo no lo apoye. Será porque el mundo no soporta a un africano libre con poder real en sus manos.
Porque desde hace siglos, la autodeterminación africana siempre ha sido respondida con pólvora, silencio o sabotaje. Y esta vez, puede que no sea distinto.
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África libre!
El redactor ha hecho un brillante resumen del neocolonialismo moderno.
Gracias por este artículo. Ya era hora de que alguien explicara en qué consiste el neocolonialismo…tan bien como tú lo has hecho.
Fuera los saqueadores y vividores a costillas de otras naciones