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El festival en Basilea intenta borrar los símbolos de la diversidad mientras blanquea la ocupación militar de Palestina. La “neutralidad” se convierte en mordaza.
Eurovisión lleva años jugando al equívoco. Mientras se presenta como una celebración de la diversidad, una fiesta para la comunidad LGTBIQ+ y una explosión de pluralidad estética y política, sus organizadores han decidido en 2025 quitarse la máscara. Esta edición, celebrada en Basilea, ha endurecido las normas sobre la exhibición de banderas. Lo que parecía una medida de orden es, en realidad, una medida de orden moral: se permiten solo banderas oficiales de Estados. Quedan fuera las banderas LGTBIQ+, trans, intersex, las de movimientos sociales, la palestina, la mapuche, la kurda o cualquier otra que no tenga un asiento en la ONU. En cambio, la de Israel ondea sin problemas.
Este tipo de censura simbólica no es neutral. Lo que la Unión Europea de Radiodifusión (UER) llama «normativa de apoliticidad» es un ejercicio de represión estética que borra a quienes no tienen representación estatal o son víctimas de un orden internacional profundamente desigual. Porque no se trata de evitar «conflictos», sino de decidir cuáles sí se pueden mostrar y cuáles no. Y en esa elección, el mensaje es nítido: los crímenes de un Estado con capacidad militar y lobby internacional caben en el escenario. Los derechos de millones de personas sin un ejército que los respalde, no.
Israel llega a esta edición con las manos manchadas de sangre tras más de seis meses de bombardeos sobre Gaza, con más de 50.000 personas asesinadas, hospitales arrasados, periodistas ejecutados y un cerco de hambre como arma de guerra. Nada de esto ha impedido su participación. Ni siquiera que la canción original, “October Rain”, contuviera referencias explícitas al ataque del 7 de octubre —instrumentalizado para justificar un genocidio televisado— y tuviera que ser modificada para cumplir formalmente el reglamento. Tras el cambio cosmético, el contenido se diluyó, pero la propaganda siguió intacta: una artista, Yuval Raphael, envuelta en la bandera israelí, protegida por cuerpos diplomáticos, aplaudida por gobiernos cómplices y blindada por una organización que considera “demasiado política” una bandera arcoíris pero no la de un Estado acusado de crímenes de guerra.
REPRESIÓN SIMBÓLICA, CENSURA POLÍTICA
Lo que está ocurriendo en Eurovisión 2025 no es anecdótico, es estructural. Es el reflejo de una Europa que ya no se avergüenza de su hipocresía. En los últimos años, el festival ha sido blanco de ataques de la extrema derecha por considerarlo “demasiado woke” o “satanista”. Le han exigido menos provocación, menos drags, menos plumas, menos maricas. Y la UER ha cedido. Lo que parecía impensable hace una década hoy es real: se impide a una artista mostrar la bandera trans en su actuación, pero se permite a un país en plena campaña militar sobre una población civil presentarse como si nada.
La política está en cada gesto. En lo que se deja entrar al escenario y en lo que se queda fuera. En quién puede representar a su pueblo y quién no tiene ni siquiera derecho a existir simbólicamente. Y mientras tanto, las y los eurofans LGTBIQ+, que durante años han sido el motor, la audiencia fiel y el sostén económico y cultural del festival, ahora ven cómo su existencia es tachada de “provocación política”. Se criminaliza su identidad para no incomodar a gobiernos autoritarios o aliados militares.
En paralelo, se han intensificado las protestas. En Basilea, cientos de personas se han manifestado contra la participación de Israel. Se han desplegado pancartas en apoyo a Palestina, se han repartido octavillas denunciando la complicidad europea y se han lanzado campañas masivas en redes. Más de 70 antiguos participantes de Eurovisión han firmado una carta solicitando la exclusión de Israel del certamen. Delegaciones como las de Islandia o Irlanda han mostrado públicamente su rechazo a esta participación blanqueadora. Incluso medios conservadores en algunos países han tenido que hacerse eco del creciente malestar dentro y fuera del festival.
Pero ni la UER ni las televisiones públicas parecen escuchar. Eurovisión es ya, para muchos, un espacio roto. Porque lo que antes era celebración, hoy es simulacro. Lo que antes era desafío, hoy es sumisión. Lo que antes era irreverencia, hoy es obediencia estética al orden establecido. La bandera arcoíris, símbolo de vida, de resistencia, de deseo y de dignidad, ha sido expulsada del escenario en nombre de una “neutralidad” que solo sirve para proteger a los fuertes y silenciar a las víctimas.
Eurovisión 2025 ha dejado claro que la música también se censura, que la alegría también se regula y que la diversidad se permite solo si no incomoda a los Estados asesinos.
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