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Dos hermanos con un trauma de infancia, un puñado de perros clonados y un discurso incendiario que acabó convertido en un proyecto de gobierno. Argentina como experimento neoliberal y terreno de saqueo.
1. CONVERTIR EL TRAUMA EN DOGMA
Los Milei no nacieron en cuna de oro ni en la militancia política, sino en un hogar donde el padre repetía al hijo que “no servía para nada” y la madre callaba. Ese resentimiento marcó la biografía de Javier y Karina. De la humillación doméstica surgió una obsesión: demostrar que el Estado, la institución que protege a los débiles, no sirve para nada.
Javier estudió economía con furia: primero para refutar el keynesianismo que le enseñaban en la universidad, después para abrazar a la escuela austríaca y a Rothbard, Friedman y Hayek como profetas. Karina acumuló cursos de protocolo, ceremonial y hasta tarot. Cuando se marcharon de la casa paterna, lo hicieron con una idea fija: sobrevivir desconfiando de toda autoridad. Ese esquema personal lo convirtieron en modelo político.
El dogma del mileísmo nace de un trauma: donde hubo necesidad de cuidados, ellos sembraron la exaltación del ego y la demolición del Estado.
2. TRANSFORMAR EL SHOW EN POLÍTICA
La política de Milei no empezó en el Congreso, sino en los platós de televisión. Primero fue cantante de rock con rutinas de striptease, después panelista televisivo que gritaba contra la “casta” vestido con trajes de feria. El show fue la incubadora de su poder.
Karina entendió antes que nadie que Javier era un “producto”. Se ocupó de su agenda, de monetizar su fama, de blindarlo ante periodistas y de convertir cada aparición en espectáculo. En 2019 montaron “El consultorio de Milei”, una obra de teatro que ridiculizaba al psicoanálisis mientras ya exhibía la serpiente amarilla libertaria como fetiche.
Twitter hizo el resto: insultos a periodistas, académicos y funcionarios convertidos en performance viral. Cada exabrupto generaba risa, y esa risa se transformó en fanatismo. El mileísmo fue primero un fenómeno de entretenimiento; cuando los medios creyeron que solo era rating, incubaban a un monstruo político.
3. DE TUITERO A PRESIDENTE
El salto de Milei fue tan fulminante como irresponsable. En 2021 ya estaba en el Congreso con el 17% de los votos porteños; en 2023 alcanzó la presidencia con el 55,6% en balotaje. No tenía partido real, ni gobernadores, ni alcaldes: solo un club de fans sostenido por el odio al Estado.
El búnker no era una sede política, sino un hotel de lujo propiedad de un empresario ligado a los grandes negocios inmobiliarios y religiosos. Karina se convirtió en “El Jefe”, la guardiana del acceso al nuevo presidente.
Pero la economía lo desnudó: salarios hundidos, dólar disparado y la $Libra, moneda paralela presentada como emblema de “estabilidad”, se desplomó en semanas, convertida en estafa especulativa. El populismo de mercado mostró su rostro: precarización, recortes sociales y un país arrodillado ante la volatilidad financiera. La motosierra no cortó privilegios: cortó derechos.
4. VENDER EL PAÍS COMO BOTÍN
Milei prometía soberanía individual, pero entregó soberanía nacional. En cuanto asumió, convirtió la Casa Rosada en sala de recepción de millonarios de Silicon Valley. Elon Musk llegó a negociar litio barato, Peter Thiel buscó ventajas fiscales y Zuckerberg mandó videos promocionando la inteligencia artificial.
La Ley Bases y el RIGI fueron la consagración del saqueo: exenciones impositivas, privilegios aduaneros y blindaje jurídico para las multinacionales extractivas. Argentina reducida a un paraíso de inversión para corporaciones extranjeras, y a un infierno social para su pueblo.
El litio de la Puna, rebautizado “oro blanco”, se convirtió en símbolo de la entrega: un recurso estratégico entregado a cambio de aplausos en Wall Street.
5. CONFUNDIR FANATISMO CON GOBIERNO
El mileísmo no gobierna: predica. Javier invoca a sus perros clonados y a pasajes bíblicos para justificar su relación con Karina, a quien describe como “Moisés”. Ella, desde la Secretaría General de la Presidencia, se encarga de lo demás: decidir despidos, disciplinar ministros, repartir favores y ejercer un poder sin controles.
Ese fanatismo ideológico se tradujo en recortes feroces: eliminación de pensiones no contributivas, hachazo a las ayudas a personas con dependencia, reducción drástica en programas de discapacidad, recortes en becas, subsidios básicos, salud pública y educación. El ajuste se aplicó sobre los sectores más vulnerables mientras los privilegios de las élites económicas quedaron intactos.
A la motosierra la acompañó la corrupción. La última filtración destapó presuntos sobornos que implican directamente a Karina Milei y a Lule Menem: hasta 800.000 dólares al mes en pagos vinculados al negocio de medicamentos destinados a personas con discapacidad. Un saqueo doblemente criminal, porque mientras recortaban la asistencia a quienes más la necesitan, en paralelo se lucraban con sus tratamientos.
El resultado: un Estado vaciado, una sociedad desprotegida y una cúpula de poder que funciona como secta familiar y como máquina de negocios. Fanatismo y corrupción, juntos, como motor de un gobierno que prometió libertad y entregó abandono y saqueo.
Así se destroza un país en cinco pasos. Argentina ya lo está viviendo.
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