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Bruselas prefiere mirar hacia otro lado mientras Trump reactiva su agenda expansionista y desafía la soberanía danesa.
El silencio es ensordecedor. Mientras Donald Trump, presidente electo de Estados Unidos, amenaza con tomar Groenlandia por la fuerza si Dinamarca no accede a venderla, la Unión Europea (UE) se refugia en la tibieza de sus comunicados. “No vemos necesidad de ir más allá”, repiten las y los portavoces de la Comisión Europea, como si un amague de invasión militar pudiera descartarse con un par de frases anodinas.
La amenaza no es nueva. Trump ya había mostrado interés en Groenlandia durante su primer mandato, pero ahora su discurso es más agresivo y se apoya en la urgencia de controlar un territorio estratégico, rico en recursos minerales críticos. Bajo el pretexto de la seguridad nacional, Estados Unidos podría consumar una anexión forzada, y la UE parece seguir atada a la narrativa de una alianza transatlántica irrompible.
Lo preocupante no es solo la amenaza de Trump, sino la incapacidad europea de reaccionar con firmeza. Desde Bruselas se limitan a recordar principios genéricos de soberanía e integridad territorial, pero eluden cualquier plan concreto de respuesta. Mientras tanto, Francia y Alemania ya han dado un paso al frente: Macron ha calificado el discurso de Trump como «una forma de imperialismo», y Scholz, a pocas semanas de unas elecciones clave en Alemania, advierte sobre los peligros de una política exterior basada en la fuerza.
Sin embargo, la UE apenas contempla como opción el artículo 42.7 de su tratado, que obliga a los Estados miembros a ayudar a cualquier país atacado. Pero Groenlandia, a pesar de ser parte del Reino de Dinamarca, no es miembro de la UE desde su salida en 1985. Además, esta cláusula es un instrumento débil y ambiguo, muy lejos del paraguas militar que ofrece la OTAN. La defensa colectiva sigue siendo una quimera sin la presencia de potencias como Estados Unidos o Reino Unido.
La pasividad de Bruselas es peligrosa. En un contexto de guerra abierta en Ucrania y tras el derrumbe de los principios de derecho internacional en Gaza, este tipo de amenazas solo refuerzan la sensación de impunidad en los líderes que apuestan por la violencia.
UN SEGUNDO MANDATO MÁS PELIGROSO Y VENGATIVO
El Trump que retorna a la Casa Blanca en 2025 no es el mismo que llegó en 2017 con promesas populistas y un discurso agresivo. Este «Trump 2.0» cuenta con más experiencia geopolítica y un respaldo reforzado por la extrema derecha internacional. La lección que ha aprendido es que las amenazas sin consecuencias reales no hacen más que legitimar sus políticas beligerantes.
Desde su regreso, Trump ha reactivado su retórica incendiaria: califica de «genio» a Putin y alienta a Rusia a desafiar los compromisos de la OTAN. Sus simpatías con los regímenes autoritarios son más que conocidas, y su estrategia sigue siendo la misma: debilitar a las instituciones multilaterales y ensanchar el poder de su alianza de ultraderecha.
Europa, por otro lado, continúa postergando su despertar estratégico. La guerra en Ucrania puso de manifiesto que el continente sigue siendo un rehén militar de la OTAN. Pero la OTAN no es sinónimo de defensa europea, y los recortes en gasto militar de muchos países, entre ellos España, evidencian una contradicción flagrante entre los discursos y los hechos.
El caso de Groenlandia es un síntoma más de la erosión de un orden internacional ya en ruinas. Si Bruselas sigue sin posicionarse, ¿qué mensaje envía al resto del mundo? La sombra de Trump volverá a sobrevolar cada conflicto global mientras Europa siga pretendiendo que las amenazas son «hipotéticas».
El verdadero problema es que, tras años de advertencias ignoradas, la UE se ha convertido en espectadora de su propia irrelevancia. La ley del más fuerte se impone con una crueldad que no deja lugar a dudas.
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