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En el fondo, el episodio de Paiporta refleja una dinámica peligrosa: una monarquía parlamentaria que opera bajo lógicas propias y un Ejecutivo que, por razones de Estado, opta por la complicidad silenciosa.
Las recientes escenas de tensión en Paiporta, donde el presidente Pedro Sánchez fue agredido y las instituciones sufrieron un ataque coordinado, no son meras anécdotas de una sociedad fragmentada. Los incidentes que presenciamos no fueron espontáneos; fueron la culminación de un proceso orquestado, una exhibición de la antipolítica y la violencia ultraderechista que algunos sectores se empeñan en normalizar. La ultraderecha ha aprendido a camuflarse tras un supuesto clamor popular, instrumentalizando el malestar social para su propio beneficio ideológico.
La Zarzuela, en su insistencia por llevar a cabo una visita de alto riesgo, demuestra cómo las instituciones pueden desconectarse de la realidad que viven las y los ciudadanos. En un contexto donde la precariedad, la desesperanza y la indignación son el pan de cada día, una visita protocolaria como la realizada en Paiporta no solo parece un gesto vacío, sino también una provocación. Diversas fuentes gubernamentales han dejado claro que La Moncloa no solo desaconsejó la visita, sino que esta fue ideada y ejecutada casi en su totalidad por La Zarzuela. La imagen del Rey intentando calmar a un joven que vestía un símbolo de la División Azul no es anecdótica, es la metáfora de un Estado que dialoga con su pasado mientras la ultraderecha azuza las llamas del presente.
La Moncloa admite que la coordinación es parte del protocolo, pero no disimula su frustración con la cúpula monárquica. En un sistema donde el Rey no gobierna, es irónico que sea esta institución la que marque los ritmos y escenarios de la política de alto riesgo. En el fondo, el episodio de Paiporta refleja una dinámica peligrosa: una monarquía parlamentaria que opera bajo lógicas propias y un Ejecutivo que, por razones de Estado, opta por la complicidad silenciosa.
Ultraderecha, antipolítica y estrategia del caos
El auge de la antipolítica no es casual, es una estrategia meticulosamente elaborada. Lo que vimos en Paiporta —con el lanzamiento de barro e insultos a las máximas autoridades del país— no es solo un acto de protesta, sino un mensaje deliberado de un movimiento que se nutre del descontento y la desesperanza. Las redes sociales amplifican este odio, normalizan la violencia y difunden un discurso que busca minar la confianza en las instituciones democráticas.
Los grupos que protagonizaron los episodios violentos no son un elemento marginal; son piezas de un engranaje mayor que abarca desde colectivos como Democracia Nacional hasta plataformas que promueven la retórica del “estado fallido”. En este ambiente, la antipolítica se convierte en una herramienta eficaz para deslegitimar a cualquier gobierno que trate de mantener el orden y la justicia social. La antipolítica es el refugio de quienes, incapaces de ofrecer soluciones, prefieren dinamitar las estructuras existentes y sembrar el caos.
El Gobierno de Sánchez, pese a los errores de gestión y las críticas fundadas, se encuentra luchando en un escenario donde cada paso en falso es aprovechado por los extremos. La negativa a apartar la gestión de la crisis de la Generalitat de Carlos Mazón revela una postura que prioriza la estabilidad sobre la confrontación. Sin embargo, la estrategia de evitar el choque directo con el Partido Popular mientras se enfrenta al incendio de la ultraderecha es arriesgada y puede resultar contraproducente.
El apoyo inquebrantable a la Generalitat y la coordinación entre administraciones es loable, pero insuficiente frente a una narrativa que se alimenta de la falta de respuestas contundentes. El pueblo no espera retórica, espera acciones que demuestren que el Estado no se arrodilla ante la violencia ni permite que el miedo se convierta en una herramienta de disuasorión.
En este tablero donde la ultraderecha ensaya sus tácticas de asedio, las y los demócratas deben recordar que ceder ante la antipolítica no es una opción; es el primer paso hacia su propia desaparición.
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Desde el.primer momento,con las imágenes pixeladas( ¿casualidad)me di cuenta,quién voxmitaba,lanzaba barro,y otros objetos.Fué,bien organizado,y el 6º,»dando el do de pecho»,se le ve la pluma…
No hay que consentir,éstas algarabias,voxmitadas,que buscando derribar el gobierno.