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El aumento histórico del gasto militar contrasta con una sociedad cada vez más ambigua ante los conflictos armados
Durante años, el “no a la guerra” parecía un consenso social difícil de romper. Una especie de reflejo colectivo. Pero algo se ha movido. No de golpe, no con ruido. Más bien como una grieta que se ensancha poco a poco. Y ahora ya se nota. Según los datos sobre la percepción social ante un posible conflicto con Irán, uno de cada tres españoles no se opondría a una guerra. No es una mayoría, pero tampoco es un margen cómodo. Es una señal.
Al mismo tiempo, los gobiernos no parecen tener dudas. O al menos no actúan como si las tuvieran. El gasto militar mundial alcanzó en 2025 los 2,887 billones de dólares. Una cifra récord. Otro año más. Ya van once seguidos de incremento. El Instituto Internacional de Investigación para la Paz de Estocolmo, el SIPRI, lo resume sin rodeos: el mundo se rearma. Y lo hace en todas partes, salvo en el continente americano.
Europa empuja con fuerza. Un aumento del 14% en un solo año, hasta los 864.000 millones de dólares. No es un ajuste. Es una tendencia. Y dentro de esa tendencia, España ya no es un actor secundario.
España entra en la liga del gasto militar
Por primera vez, España se cuela entre los quince países del mundo con mayor inversión en defensa. Lo hace en el puesto 15. Pero lo más relevante no es la posición. Es la velocidad. Un incremento del 50% respecto a 2024, hasta alcanzar los 40.200 millones de dólares. El mayor aumento de todo el ranking.
Hace apenas una década, en 2016, el gasto militar representaba el 1,1% del PIB. Hoy está en el 2,1%. Se ha duplicado. Sin demasiado debate público. Sin grandes titulares durante meses. Pero ahí está.
Parte de ese salto se explica por el Plan Industrial y Tecnológico para la Seguridad y la Defensa, lanzado en abril de 2025, con una asignación de 11.800 millones de dólares en ese mismo año. Una apuesta clara. Una hoja de ruta. Y una decisión política.
Mientras tanto, el relato sigue hablando de seguridad, de amenazas, de equilibrio geopolítico. Palabras grandes. A veces abstractas. Pero las cifras son muy concretas. Y tienen consecuencias.
En paralelo, el gasto de los miembros de la OTAN alcanzó los 1,581 billones de dólares, el 55% del total mundial. Estados Unidos sigue liderando con 954.000 millones, aunque redujo su inversión un 7,5% en 2025. Una bajada puntual. Porque las previsiones apuntan a otra subida: más de 1 billón en 2026, con posibilidad de llegar a 1,5 billones en 2027 si se aprueba el nuevo presupuesto.
No es una excepción. Es el patrón.
Más armas, menos certezas
Hay algo que se repite en los datos del SIPRI. Una correlación incómoda. Los países que más han aumentado su gasto militar suelen ser los mismos que están en guerra o se preparan para estarlo. Y, al contrario, los que menos gastan son, en muchos casos, los más pacíficos. Islandia, Suiza, Irlanda, Austria o Nueva Zelanda aparecen como ejemplos claros.
No es una casualidad. Tampoco una ley matemática. Pero invita a pensar.
En Europa, el rearme tiene una explicación evidente: la guerra en Ucrania y la incertidumbre sobre el papel de Estados Unidos. El gasto de Rusia creció un 5,9% hasta los 190.000 millones, mientras Ucrania lo elevó un 20% hasta los 84.100 millones. En su caso, eso representa el 40% del PIB. Casi la mitad de su economía dedicada a sostener la guerra.
A su alrededor, el resto se prepara. Alemania sube un 24% hasta los 114.000 millones. Polonia un 23%. Italia y Ucrania, cada una, un 20%. Son cifras que no se veían desde la Guerra Fría. Y, en algunos casos, ni siquiera entonces.
En Asia y Oceanía, la dinámica es similar. China alcanza los 336.000 millones tras crecer un 7,4%. Japón sube un 9,7% hasta los 62.200 millones, su nivel más alto desde 1958. Taiwán aumenta un 14%. Todos mirando a todos. Todos ajustando sus presupuestos.
El resultado global es una carga militar del 2,5% del PIB mundial, el nivel más alto desde 2009. Y subiendo.
En este contexto, el debate social en España adquiere otra dimensión. Porque ya no se trata solo de cifras o de alianzas internacionales. Se trata de cómo se normaliza todo esto. De cómo una parte creciente de la población deja de rechazar frontalmente la guerra. De cómo el discurso cambia.
Y eso ocurre al mismo tiempo que el gasto se dispara.
Quizá el problema no sea solo cuánto se invierte en armas. Quizá sea que cada vez cuesta más escuchar un “no” rotundo cuando se habla de guerra.
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