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El rechazo a la ofensiva de Trump y Netanyahu es mayoritario en España, pero los datos revelan algo más incómodo: una parte significativa de la sociedad sigue aceptando la lógica de la guerra.
La guerra vuelve a instalarse en el debate público europeo con una mezcla conocida de propaganda, miedo y cinismo político. Esta vez el escenario es Irán y los protagonistas son Donald Trump y Benjamin Netanyahu, que han decidido abrir un nuevo frente bélico en Oriente Próximo. La reacción social en España, al menos en apariencia, parece clara: el 68,2% de la población rechaza la guerra, según un sondeo flash realizado el 6 de marzo de 2026 por la consultora 40dB para EL PAÍS y la Cadena SER.
Pero detrás de ese dato tranquilizador se esconde otro mucho más inquietante. Un 23,2% de las personas encuestadas apoya la intervención militar de Estados Unidos e Israel contra Irán. Es decir, casi una de cada cuatro personas en España ve con buenos ojos una nueva guerra internacional. Si se suman quienes se declaran “bastante de acuerdo” (15,2%) y “muy de acuerdo” (8%), el resultado es un bloque social que acepta la violencia como herramienta política incluso después de décadas de fracasos militares occidentales.
No se trata de una minoría residual. Estamos hablando de millones de personas.
Y eso obliga a hacerse una pregunta incómoda: ¿cómo es posible que, después de Irak, Afganistán, Libia o Siria, todavía haya una parte significativa de la sociedad que no se oponga frontalmente a otra guerra?
LA NORMALIZACIÓN DE LA GUERRA EN EL DISCURSO POLÍTICO
Uno de los factores que explican esta tolerancia social es la progresiva normalización del lenguaje bélico en el debate político y mediático. Durante años, las guerras occidentales han sido presentadas como operaciones quirúrgicas, intervenciones humanitarias o campañas contra dictaduras. El resultado ha sido una narrativa que disfraza la destrucción masiva como una forma de seguridad internacional.
Los datos de la encuesta reflejan bien esa fractura ideológica. Entre el electorado de Vox, el apoyo a la guerra alcanza el 52,8%, mientras que entre votantes del Partido Popular se sitúa en el 36,2%. En cambio, entre los electorados del PSOE y Sumar el rechazo ronda el 90%.
Este reparto no es casual. La derecha política lleva años legitimando la política exterior de Washington como si fuera una extensión natural de la seguridad occidental, incluso cuando esa política se basa en invasiones preventivas, bombardeos masivos o sanciones económicas devastadoras.
La paradoja es evidente. El respaldo a Donald Trump en España es mínimo, apenas un 12,7%, y el de Benjamin Netanyahu aún menor, un 11%. Sin embargo, una parte relevante de la población sigue asumiendo la lógica militar que ambos representan.
Es el efecto de décadas de propaganda geopolítica.
Se condena al líder, pero se acepta su guerra.
EL FANTASMA DE IRAK Y LA MEMORIA SELECTIVA
El Gobierno español ha intentado vincular el rechazo actual a la guerra con el recuerdo de 2003, cuando millones de personas salieron a las calles contra la invasión de Irak. Aquella movilización fue una de las mayores protestas de la historia democrática española y logró que el rechazo a la guerra superara el 90% de la población.
La diferencia con 2026 es significativa.
Hoy el rechazo sigue siendo mayoritario, pero ya no es abrumador. El 68,2% que se opone a la intervención contra Irán refleja un país crítico, pero también más acostumbrado a convivir con la guerra como un fenómeno permanente.
Las emociones que describe la encuesta ayudan a entender ese cambio. El sentimiento predominante ante el conflicto es la preocupación (36,5%), seguido de la indignación (18,3%), la incertidumbre (16,7%), el miedo (12,6%) y la tristeza (8,7%).
La indignación existe, pero ya no domina.
Lo que domina es la sensación de inevitabilidad.
Ese clima emocional es precisamente el terreno perfecto para la maquinaria militar. Cuando la guerra deja de provocar rabia y empieza a producir resignación, el poder ya ha ganado la batalla cultural.

EL VIEJO REFLEJO ATLÁNTICO
El sondeo también revela otro fenómeno significativo: el apoyo mayoritario a varias decisiones del Gobierno español que buscan mantener cierta distancia con la ofensiva militar.
Un 56,9% respalda la decisión de no apoyar militarmente a Estados Unidos e Israel, mientras que un 53,2% aprueba impedir que Washington utilice las bases de Morón y Rota para operaciones relacionadas con el conflicto. Incluso el envío de una fragata española a Chipre dentro de un despliegue defensivo europeo obtiene el respaldo del 61,5% de las personas encuestadas.

En términos políticos, estas cifras reflejan una sociedad que rechaza implicarse directamente en la guerra pero acepta el marco militar que la sostiene.
Es una postura ambigua que recuerda al viejo reflejo atlántico de la política española. Desde la entrada en la OTAN en 1982, España ha oscilado entre el rechazo social a las guerras y la integración estratégica en las estructuras militares occidentales.
La encuesta también deja mal parado al líder de la oposición. La respuesta de Alberto Núñez Feijóo solo recibe el respaldo del 18,7%, mientras que Pedro Sánchez obtiene un 42,2% de aprobación en su gestión de la crisis. Incluso entre votantes del PP apenas alcanza el 49,7%.

Pero el problema de fondo no está en los liderazgos políticos. Está en algo más profundo.
Una sociedad que todavía debate si una guerra injustificable merece o no oposición frontal es una sociedad que ha empezado a aceptar la violencia imperial como parte del paisaje político.
Y cuando eso ocurre, las bombas dejan de caer primero en los mapas. Empiezan cayendo en la conciencia colectiva.
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