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Mientras se bombardean barrios civiles en una ciudad de 9 millones de habitantes, la Casa Blanca difunde vídeos celebratorios y el coste de la guerra alcanza mil millones de dólares al día.
La escena parece salida de una distopía grotesca, pero es real. Teherán, una ciudad de aproximadamente 9 millones de habitantes, está siendo bombardeada por Estados Unidos e Israel. No hablamos de combates entre ejércitos ni de ofensivas contra bases militares estratégicas. Los misiles están cayendo sobre barrios residenciales, sobre edificios donde viven trabajadoras y trabajadores, sobre calles donde no hay defensas antiaéreas ni cuarteles.
El objetivo no parece militar. El objetivo es el impacto psicológico de la destrucción. El terror como herramienta política.
Durante años se nos ha repetido que Occidente libra guerras “quirúrgicas”, que las bombas inteligentes distinguen entre combatientes y civiles, que los daños colaterales son inevitables pero accidentales. Sin embargo, lo que estamos viendo en los últimos días apunta a algo distinto: ataques sobre zonas urbanas densamente pobladas cuya consecuencia inevitable es la muerte masiva de población civil.
Y lo más inquietante no es solo la violencia. Es la celebración pública de esa violencia.
Uno de los vídeos difundidos desde canales oficiales estadounidenses muestra imágenes de los bombardeos acompañadas por la canción La Macarena, del dúo español Los del Río. La escena no busca informar ni justificar. Busca espectáculo. Convierte la guerra en contenido viral. La muerte en entretenimiento.
En ese contexto, el discurso oficial ya ni siquiera intenta esconder el lenguaje bélico detrás de eufemismos diplomáticos. La lógica preventiva se ha convertido en argumento absoluto: atacar primero, justificar después.
La guerra deja de ser una excepción para convertirse en un gesto de poder.
LA GUERRA PERMANENTE COMO PROYECTO POLÍTICO
Durante la campaña electoral de 2024, Donald Trump prometió que bajo su mandato Estados Unidos no iniciaría nuevas guerras. Era uno de los pilares de su discurso político: la idea de que el país debía abandonar las aventuras militares y centrarse en sus problemas internos.
Los hechos han seguido otro camino.
En apenas 14 meses de mandato, la política exterior estadounidense ha acumulado operaciones militares, ataques aéreos y escaladas regionales que han terminado desembocando en una guerra abierta contra Irán.
La dimensión económica de esta ofensiva también resulta reveladora. Según información publicada por The Atlantic, el Pentágono estima que la guerra contra Irán está costando alrededor de mil millones de dólares diarios.
Mil millones cada día.
Ese flujo constante de dinero hacia la maquinaria militar contrasta con la realidad social dentro del propio país. Estados Unidos sigue siendo la única gran potencia industrial sin un sistema universal de sanidad pública. Millones de personas carecen de cobertura médica adecuada, mientras las infraestructuras públicas envejecen y la desigualdad alcanza niveles que organismos como el Economic Policy Institute llevan años documentando.
El presupuesto militar crece sin límite mientras los derechos sociales se reducen o se privatizan.
La lógica es conocida: la guerra no es solo una herramienta geopolítica. También es un motor económico para el complejo militar-industrial, ese entramado de contratistas, fabricantes de armamento y corporaciones tecnológicas cuya influencia sobre la política estadounidense fue denunciada ya en 1961 por el presidente Dwight D. Eisenhower.
La guerra se convierte así en negocio.
Un negocio gigantesco.
LA ESCALADA REGIONAL Y LA NORMALIZACIÓN DE LA VIOLENCIA
Mientras tanto, Israel ha ampliado su ofensiva militar más allá de Gaza. Los ataques han alcanzado también Líbano, con bombardeos nocturnos en Beirut que han destruido edificios residenciales completos. En muchos de esos ataques no existían objetivos militares identificados en las inmediaciones.
Son bloques de apartamentos.
Familias durmiendo.
Ciudades que se convierten en campos de ruinas.
El patrón recuerda peligrosamente a otras campañas recientes en Oriente Medio: ataques intensivos sobre infraestructuras urbanas con el argumento de eliminar amenazas potenciales, aunque el coste humano sea devastador.
En paralelo, responsables del gobierno israelí han afirmado públicamente que cualquier líder iraní puede convertirse en objetivo de asesinato. La lógica de la guerra preventiva se extiende así hacia un modelo de conflicto permanente, donde la violencia se justifica como una necesidad estratégica constante.
La normalización de esta dinámica es uno de los aspectos más alarmantes del momento actual.
Cuando las potencias nucleares convierten el bombardeo de ciudades en rutina política, el mensaje que envían al mundo es devastador: las reglas del derecho internacional pueden suspenderse cuando el poder militar lo permite.
El resultado es un orden internacional cada vez más inestable, donde la fuerza sustituye al derecho y la propaganda sustituye al debate público.
Un mundo en el que los bombardeos pueden celebrarse con música pop mientras millones de personas observan desde la pantalla de su teléfono.
Y en el que la pregunta ya no es quién va a detener esta espiral de violencia.
La pregunta es cuántas ciudades más tendrán que arder antes de que alguien lo intente.
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Jorge Luis Bulos Salem