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El memorando de 14 puntos promete cerrar la guerra, abrir Ormuz y levantar sanciones, pero también deja claro quién puso la pistola sobre la mesa antes de hablar de diplomacia.
UN ALTO EL FUEGO CON LA FACTURA YA PREPARADA
El Gobierno de Donald Trump ha decidido enseñar su versión del acuerdo con Irán antes de que Teherán diga oficialmente esta boca es mía. Lo hizo el 17 de junio, a través de un alto cargo de la Administración estadounidense, que recitó en rueda de prensa los 14 puntos del Memorando de Entendimiento con el que Washington pretende presentar el final de la guerra como una victoria de la diplomacia. Qué casualidad. Primero se bloquea, se amenaza, se asfixia, se coloca al mundo al borde de una crisis energética y luego se comparece con tono solemne para decir que se ha evitado el desastre.
El acuerdo debe ratificarse presencialmente este viernes en Suiza, es decir, el 19 de junio, y hasta ahora Irán no se ha pronunciado oficialmente sobre la publicación estadounidense. Ese silencio importa. Importa porque no estamos ante un tratado cerrado, limpio y firmado con luz natural, sino ante un texto provisional, difundido desde la Casa Blanca, con versiones previas filtradas por Bloomberg y CNN que, según el propio relato periodístico, coinciden en lo esencial pero difieren en detalles. La paz, cuando la narra solo una de las partes, también puede ser propaganda.
El primer punto declara el cese inmediato y definitivo de las operaciones militares en todos los frentes, incluido Líbano. Estados Unidos, Irán y sus aliados se comprometen a no iniciar nuevas guerras ni operaciones militares entre sí, a renunciar a la amenaza o al uso de la fuerza y a garantizar la soberanía e integridad territorial libanesa. Suena impecable. Pero conviene no tragarse la escenografía entera. Que haga falta escribir que dos Estados no deben amenazarse militarmente dice bastante sobre el mundo que han construido quienes luego se hacen fotos hablando de estabilidad.
El segundo punto habla de respetar la soberanía y la integridad territorial de la otra parte, sin interferir en asuntos internos. Aquí el cinismo casi pide silla propia. Estados Unidos lleva décadas convirtiendo la soberanía ajena en una molestia administrativa cuando no encaja con sus intereses. Ahora promete no interferir. Bien. Llegan tarde. Muy tarde.
El tercer punto fija un plazo máximo de 60 días, prorrogable por acuerdo mutuo, para negociar el acuerdo definitivo. Es decir, lo que se ha vendido como paz todavía es una antesala. Una tregua con calendario. Un pasillo estrecho donde cualquier desacuerdo puede devolver la región al incendio.
LOS 14 PUNTOS, UNO A UNO, SIN CONFETI
El cuarto punto obliga a Estados Unidos a comenzar inmediatamente el levantamiento del bloqueo naval y cualquier obstáculo contra Irán, con fin completo en 30 días. También contempla la retirada de fuerzas estadounidenses de las proximidades de Irán en otros 30 días tras el acuerdo definitivo. Aquí está una de las claves: si había que levantar un bloqueo, es porque el bloqueo existía. Si había que retirar fuerzas, es porque estaban allí. Washington no concede paz: retira parte de la presión que él mismo ayudó a construir.
El quinto punto sitúa a Irán ante su parte del trato: garantizar durante 60 días el paso seguro y gratuito de buques comerciales entre el golfo Pérsico y el mar de Omán. El tráfico marítimo empezaría de inmediato y quedaría restablecido en 30 días, tras retirar obstáculos técnicos y militares y completar tareas de desminado. También se abre un diálogo con Omán y otros Estados ribereños para definir la futura administración del estrecho de Ormuz. Traducido: el comercio global necesitaba respirar y la paz se ha acelerado cuando el petróleo ha empezado a preocupar más que las personas muertas.
El sexto punto compromete a Estados Unidos y sus socios regionales a elaborar un plan de reconstrucción y desarrollo económico para Irán dotado con al menos 300.000 millones de dólares. La cifra es enorme. También es reveladora. Porque cuando una guerra acaba con una promesa de reconstrucción multimillonaria, alguien debería preguntar quién destruyó, quién ganó con la destrucción y quién cobrará por reconstruir. El capitalismo de guerra siempre encuentra una segunda caja registradora.
El séptimo punto habla del levantamiento de todas las sanciones contra Irán: resoluciones del Consejo de Seguridad de la ONU, decisiones de la Junta de Gobernadores del OIEA y sanciones unilaterales estadounidenses, primarias y secundarias. Todo según un calendario que deberá acordarse en el pacto definitivo. No se levanta el castigo de golpe. Se administra. Se dosifica. Las sanciones aparecen como moneda de cambio, aunque durante años hayan golpeado a la población civil mucho más que a las élites.
El octavo punto entra en el núcleo nuclear: Irán reafirma que no adquirirá ni desarrollará armas nucleares. Las existencias de material enriquecido se gestionarán mediante un mecanismo pactado, con dilución mínima in situ y supervisión del OIEA. También se debatirá el enriquecimiento y las necesidades nucleares iraníes en el acuerdo definitivo. Es el lenguaje de siempre: técnico, frío, quirúrgico. Pero detrás hay una verdad incómoda. Las potencias nucleares siguen dando lecciones de contención mientras conservan sus arsenales y reparten certificados de obediencia.
El noveno punto congela el escenario hasta el acuerdo definitivo: Irán mantiene el statu quo de su programa nuclear y Estados Unidos no impondrá nuevas sanciones ni desplegará más fuerzas en la región. Parece equilibrio. En realidad, es una tregua vigilada, con los dedos todavía cerca del gatillo.
El décimo punto permite al Departamento del Tesoro estadounidense conceder exenciones para exportaciones de crudo, productos petrolíferos y derivados iraníes, incluidos servicios bancarios, seguros y transporte. De repente, el petróleo encuentra carriles diplomáticos veloces. La humanidad no suele tener tanta suerte.
El undécimo punto libera fondos y activos iraníes congelados o restringidos, con procedimientos pactados durante las negociaciones. El Banco Central iraní podrá designar beneficiarios finales y Estados Unidos expedirá licencias y autorizaciones. Dinero retenido, dinero desbloqueado, dinero usado como herramienta política. La palabra paz queda bonita, pero el mecanismo se parece mucho a una caja fuerte con dueño imperial.
El duodécimo punto crea un mecanismo ejecutivo para supervisar la aplicación del memorando y del futuro acuerdo definitivo. El decimotercero limita el inicio de las negociaciones definitivas a que empiecen a aplicarse los apartados 1, 4, 5, 10 y 11. Es decir: alto el fuego, fin del bloqueo, paso por Ormuz, petróleo y activos. Ahí está el esqueleto real del pacto.
El punto 14 remata la arquitectura: el acuerdo definitivo deberá ratificarse mediante una resolución vinculante del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. La ONU, tantas veces ignorada cuando molesta, aparece aquí como sello final cuando conviene vestir de legalidad lo que antes se empujó con portaaviones, sanciones y miedo.
Esto puede evitar una escalada mayor. Puede frenar muertes. Puede abrir una salida. Ojalá. Pero no hace falta aplaudir el teatro entero. Cuando la paz llega después del bloqueo, la amenaza y la asfixia económica, no estamos ante un milagro diplomático: estamos ante el manual de instrucciones del poder.
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