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Cuando el arte incomoda al poder, la respuesta es siempre la misma: silencio impuesto, contratos cancelados y censura disfrazada de programación cultural.
EL PRECIO DE DECIR LO QUE PIENSAS
Nacho Duato, uno de los coreógrafos más reconocidos internacionalmente, no habla de metáforas teatrales, habla de censura. Nueve espectáculos cancelados en apenas unas semanas. Cinco en Madrid, dos en Murcia y dos en Castellón. No hay excusas técnicas, no hay falta de público. Lo que hay son represalias políticas. Su delito: haber comparado a la ultraderecha y al Partido Popular con ratas de cloaca. Palabras duras, sí. Pero palabras. Y la reacción del poder ha sido la de siempre: cerrar el grifo de los escenarios.
Duato lo ha dicho claro en un vídeo en Instagram: “Me han cancelado más de siete espectáculos desde que me meto con Ayuso”. La presidenta madrileña, Isabel Díaz Ayuso, insiste en que política y cultura no deben mezclarse. Sin embargo, la censura que denuncia Duato prueba lo contrario. El mensaje es simple: puedes bailar, pero no puedes hablar. Puedes ser artista, pero no puedes ser ciudadano.
El caso de Duato no es un episodio aislado. Responde a una tendencia: usar los teatros y auditorios como instrumentos de disciplina ideológica. No importa la trayectoria, no importa el prestigio. Lo único que se vigila es la sumisión. Y quien se atreve a alzar la voz contra la derecha gobernante, paga con el silencio.
CUANDO EL PODER SE ASUSTA DEL ARTE
El enfrentamiento de Duato con Ayuso se agudizó tras sus declaraciones sobre La Vuelta a España. El coreógrafo respondió a la presidenta, que había calificado de “mala imagen” los boicots contra el equipo ciclista Israel–Premier Tech. Su réplica fue demoledora: “¿Sabe quién da mala imagen? Usted, que tiene más muertos encima que la ETA”. La frase estalló en un contexto de protestas masivas contra el genocidio en Gaza, reprimidas por un despliegue policial desproporcionado y criminalizadas desde las instituciones.
El arte nunca ha sido inocente. Cuando un artista incomoda al poder, la maquinaria se activa para borrarlo. Duato se lo ha recordado a quienes aún creen que los escenarios están al margen de la política. Porque no se trata de opiniones dispersas. Se trata de un sistema cultural sometido a chantaje ideológico: “Si no te callas, no actúas”.
No es la primera vez que Ayuso, Abascal y compañía cargan contra voces críticas. Antes fueron actrices y actores, músicas y músicos, escritoras y escritores. Ahora, un coreógrafo de talla mundial. El patrón es siempre idéntico: convertir el espacio cultural en un brazo propagandístico, expulsando cualquier disidencia.
La derecha sabe que un teatro lleno puede ser más peligroso que un parlamento vacío. La censura, aunque intente disfrazarse de criterios artísticos, es siempre miedo. Y el miedo al arte revela una verdad incómoda: que un bailarín, con un solo gesto o una sola palabra, puede desnudar más al poder que un centenar de tertulias compradas.
El escenario vacío es el monumento más obsceno al autoritarismo.
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