Israel ataca de nuevo a la flotilla solidaria en Túnez: drones contra barcos que llevan ayuda a Gaza
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El genocidio no se detiene en Palestina: ahora exporta fuego a puertos extranjeros.
ATAQUES REPETIDOS CONTRA LA SOLIDARIDAD INTERNACIONAL
La madrugada del 10 de septiembre de 2025 quedará marcada como una prueba más de la impunidad con la que Israel actúa dentro y fuera de sus fronteras. El barco Alma de la Flotilla de la Libertad fue alcanzado por un ataque con dron cuando se encontraba atracado en el puerto de Túnez. El proyectil impactó en la cubierta y provocó un incendio que, por suerte, pudo sofocarse en apenas dos minutos. Varias personas se encontraban a bordo y, aunque no hubo víctimas, el mensaje quedó grabado a fuego.
El ataque no es un hecho aislado. Veinticuatro horas antes, la embarcación Family ya había sido golpeada con idéntico modus operandi, con un proyectil sobre su cubierta. En ese barco viajan los organizadores principales de la Global Sumud Flotilla, entre ellos Greta Thunberg o Ada Colau. Que Israel se atreva a lanzar drones contra un buque en el que se encuentran figuras reconocidas internacionalmente deja claro que la estrategia es la de la intimidación absoluta. Si ni siquiera la presencia de rostros mediáticos protege, nadie está a salvo.
La policía tunecina se ha desplegado en la zona tras los ataques. Testigos en el puerto aseguran haber visto otros drones sobrevolando el área, lo que acrecienta la tensión y la sensación de vulnerabilidad. El temor a nuevos ataques durante la noche es real, y los organizadores se han visto obligados a reforzar la vigilancia.
🇵🇸 En apenas 24 horas los dos principales barcos de la #GlobalSumudFlotilla han sido atacados en Túnez.
— Néstor (@nestorpa99) September 10, 2025
Mismo patrón. Un dron sobrevuela el barco y lanza una sustancia incendiaria que ha generado daños materiales a las embarcaciones.
Los vídeos no dejan lugar a duda. pic.twitter.com/weux2r5TBc
EL FUEGO SE EXTIENDE MÁS ALLÁ DE GAZA
Estos bombardeos no se entienden únicamente como incidentes puntuales. Son un salto cualitativo: Israel está dispuesto a atacar en territorio extranjero. Túnez no es Gaza, no es Cisjordania, no es siquiera el Mediterráneo oriental. Es un país soberano del Magreb que se ha visto convertido en escenario de una agresión directa sin precedentes. Eso significa que la maquinaria militar israelí ya no se limita a castigar a la población palestina, sino que extiende el radio de su violencia a quienes se solidarizan con ella.
La lógica es clara. Los drones no solo buscan destruir material o provocar incendios. Su verdadero objetivo es sembrar miedo. El mensaje que se lanza a los activistas es inequívoco: si continúan, sufrirán consecuencias más graves. Se trata de un aviso calculado para que quienes se embarcan en la flotilla duden, retrocedan o incluso renuncien a zarpar. No es un ataque militar en sentido estricto, es un ataque psicológico, una guerra del terror contra quienes defienden el derecho básico de un pueblo a recibir alimentos y medicinas.
Pero el interrogante es todavía más inquietante. Si Israel se atreve a atacar en un puerto extranjero, a plena luz del día y con presencia policial en las inmediaciones, qué hará cuando estas embarcaciones lleguen a las aguas bloqueadas de Gaza, donde no hay cámaras, ni corresponsales, ni instituciones que puedan frenar su violencia. Ese escenario es aún más sombrío: ahí ya no se trataría de incendios controlados en dos minutos, sino de un ataque frontal contra barcos cargados de ayuda humanitaria.
INTERNACIONALIZACIÓN DEL BLOQUEO
Lo que estamos presenciando no es únicamente un episodio aislado de hostigamiento. Es la confirmación de un fenómeno más amplio: la internacionalización del bloqueo a Gaza. Israel no solo encierra a la población palestina bajo bombardeos y hambre, también intenta impedir que nadie desde fuera pueda romper esa muralla de muerte. Se trata de un asedio global, en el que incluso la solidaridad internacional es tratada como un crimen.
La flotilla transporta medicinas, alimentos y material básico para una población cercada desde hace más de un año. Nada de eso constituye un peligro militar. Al contrario, es la única línea de vida que puede aliviar mínimamente el sufrimiento de cientos de miles de personas. Y, sin embargo, se convierte en objetivo. No es casualidad: la política israelí consiste en criminalizar la ayuda humanitaria para que la población palestina no tenga más horizonte que la rendición o la muerte.
Ante esta realidad, la pasividad de la comunidad internacional se transforma en complicidad. Ninguna institución europea ha condenado todavía los ataques en Túnez. La ONU apenas consigue emitir comunicados genéricos. Los gobiernos occidentales callan, porque su silencio es parte del engranaje que sostiene al Estado israelí. Cada dron que sobrevuela un puerto extranjero lleva también el sello de quienes financian y protegen a Israel.
Los ataques a la flotilla no son una anécdota. Son la prueba de que la represión se globaliza, que el genocidio necesita expandirse más allá de Gaza para garantizar que ninguna grieta de solidaridad pueda prosperar. Si se normaliza que Israel ataque barcos en Túnez, mañana será en Italia, en España o en cualquier lugar donde la sociedad civil intente romper el muro de impunidad.
El fuego contra la flotilla no es solo un ataque a unos barcos, es un ataque al derecho a la solidaridad y a la dignidad de toda la humanidad.
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