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La victoria de Bally Bagayoko en Saint-Denis ha desatado el pánico de una derecha francesa incapaz de aceptar que la Francia real ya no es blanca, rica y heredera del colonialismo
El retrato de Emmanuel Macron apoyado contra la pared. Sin colgar. Mirando al suelo. Y al lado, un cartel escrito a mano: “Aquí empieza la nueva Francia”. La escena ocurre en el despacho del nuevo alcalde de Saint-Denis, una ciudad de 115.000 habitantes situada en el departamento de Seine-Saint-Denis, la provincia más pobre y con más inmigración de Francia. También una de las más jóvenes. Y quizá una de las que mejor explica hacia dónde va el país, aunque buena parte de sus élites mediáticas y políticas sigan empeñadas en vivir atrapadas en una fantasía colonial.
El hombre sentado en ese despacho azul eléctrico se llama Bally Bagayoko. Tiene 52 años, es hijo de una familia de origen maliense, miembro de La France Insoumise y acaba de convertirse en el primer alcalde negro y musulmán de una gran ciudad francesa de más de 100.000 habitantes. Ganó en la primera vuelta de las elecciones municipales de marzo con un contundente 50,77% de los votos. Arrasó. Y eso, en determinados platós y redacciones francesas, ha provocado algo parecido a un cortocircuito identitario.
Porque el problema para cierta derecha francesa no es la corrupción, ni la desigualdad, ni el precio de la vivienda. El problema es que un hombre negro gobierne una ciudad simbólica de la periferia parisina sin pedir perdón por existir.
EL RACISMO COMO REFLEJO DE UNA REPÚBLICA QUE NUNCA ROMPIÓ CON SU PASADO COLONIAL
La reacción fue inmediata. Insultos. Correos anónimos. Llamadas intimidatorias. Comentaristas conservadores llamándolo “mono”. Bulos grotescos difundidos en televisión y redes sociales. Uno de ellos afirmaba que Bagayoko había dicho que Saint-Denis era “una ciudad de negros” y no “de reyes”, aprovechando la similitud fonética entre “noirs” y “rois” en francés. La vieja maquinaria racista funcionando a pleno rendimiento. Nada nuevo.
Cuando las élites pierden el monopolio del poder simbólico, recurren al odio. Siempre.
Bagayoko lo dice sin dramatismo. Casi con ironía. Explica que ya esperaban ataques. Que el alcalde saliente llegó a insinuar que su candidatura estaba apoyada por narcotraficantes. El manual de siempre: asociar barrios populares, migración y delincuencia para deshumanizar políticamente a quienes vienen de abajo.
Y ahí está el núcleo del asunto. Porque el ascenso de Bagayoko no representa únicamente un cambio electoral. Representa una ruptura psicológica para una parte de Francia que todavía se cree propietaria exclusiva de la República. Una República blanca. Católica aunque se diga laica. Burguesa. Centralista. Colonial hasta la médula aunque finja haber superado esa etapa.
Saint-Denis concentra precisamente todo lo que esa Francia teme mirar de frente. Comercios halal. Mezquitas. Mujeres con velo. Familias llegadas del Magreb o de África occidental. Juventud mestiza. Trabajadoras y trabajadores precarizados. Hijas e hijos de inmigrantes que crecieron escuchando que nunca serían completamente franceses.
Y aun así están aquí. Han estudiado. Trabajan. Forman familias. Son médicos, abogados, periodistas, educadoras y educadores sociales. Votan. Se presentan a elecciones. Ganan.
Eso es lo que realmente irrita a la derecha mediática francesa: que las periferias ya no aceptan ser únicamente mano de obra barata o carne de cañón policial.
Durante años, la banlieue solo aparecía en televisión para hablar de disturbios, incendios o “guetos islamistas”. Ahora aparece porque produce liderazgo político. Y eso cambia el relato entero.
LA NUEVA FRANCIA QUE ATERRORIZA A LA EXTREMA DERECHA
El departamento de Seine-Saint-Denis, conocido popularmente como “el 93”, lleva décadas funcionando como laboratorio social de la Francia contemporánea. Allí viven muchas de las familias que sostienen diariamente París mientras soportan alquileres imposibles, servicios públicos degradados y discriminación estructural.
Las y los jóvenes que protagonizaron las revueltas urbanas de comienzos de los años 2000 hoy tienen 30 o 40 años. Ya no son adolescentes perseguidos por la policía. Son madres, padres, profesionales y votantes. Y exigen reconocimiento político.
El filósofo Olivier Roy lo resumía hace unos días de manera bastante precisa: la clase media musulmana francesa ha dejado de estar confinada a los trabajos históricamente asignados a la inmigración. Ese ascenso social parcial está transformando también la representación política.
Bagayoko encarna exactamente esa mutación. Sigue entrenando equipos infantiles de baloncesto los martes y los sábados. Sigue hablando como alguien del barrio. Pero al mismo tiempo es una pieza clave de la estrategia de implantación territorial de La Francia Insumisa en las periferias urbanas.
No es casualidad. Jean-Luc Mélenchon y su espacio político entendieron antes que muchos que el viejo proletariado industrial francés ya no explica por sí solo el país. La Francia trabajadora actual también es negra, árabe, musulmana, migrante o hija de migrantes. Va en RER cada mañana a limpiar oficinas, cuidar ancianos o sostener hospitales. Y está cansada de ser tratada como una amenaza cultural permanente.
Por eso la victoria de Bagayoko tiene una dimensión nacional. Saint-Denis ya no es solo una alcaldía. Es un símbolo. Un anticipo de la batalla presidencial de 2027.
La extrema derecha francesa lo sabe. Y por eso responde con histeria racial. Porque cuando llaman “mono” a un alcalde elegido democráticamente no están insultando solo a una persona. Están enviando un mensaje a millones de francesas y franceses racializados: “podéis trabajar aquí, pero no gobernar”.
El problema para ellos es que esa puerta ya se abrió. Y no parece que vaya a cerrarse.
La nueva Francia ya existe. Lo único que queda por decidir es cuánto odio desplegarán quienes se niegan a aceptar que el viejo imperio colonial se les está desmoronando delante de los ojos.
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