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El éxodo de Timothy Snyder, Marci Shore y Jason Stanley denuncia el silencio cobarde de las universidades estadounidenses ante el autoritarismo de Trump
A partir del otoño de 2025, tres de las voces más lúcidas y combativas del ámbito académico estadounidense abandonarán Yale y el país. No es un movimiento profesional cualquiera. El matrimonio formado por las y los historiadores Timothy Snyder y Marci Shore, junto al filósofo Jason Stanley, cruzan la frontera hacia el norte para unirse al Munk School of Global Affairs and Public Policy de la Universidad de Toronto. El motivo no es académico ni económico: es el miedo. El miedo al fascismo.
Stanley no ha dejado lugar a la interpretación. En declaraciones al Daily Nous y The Guardian, afirmó que su marcha es “enteramente por el clima político en Estados Unidos”. El detonante: la capitulación de la Universidad de Columbia ante las amenazas de la administración Trump, que incluyeron la revocación de 400 millones de dólares en fondos de investigación y la amenaza de deportación a dos estudiantes por protestar. Columbia cedió: cambios en sus políticas de protesta y vigilancia externa sobre su departamento de estudios de Oriente Medio.
Esta rendición no ha sido respondida con una defensa colectiva por parte del resto de universidades. Yale, como otras, ha optado por el silencio. Mientras los tentáculos del trumpismo estrangulan el pensamiento libre, las y los rectores se aferran a una estrategia suicida: negociar a puerta cerrada con quienes quieren destruir la autonomía universitaria. La decana de Yale, Maurie McInnis, ha preferido “luchar por los intereses de Yale en Washington” antes que levantar la voz.
Jason Stanley, autor del libro “How Fascism Works”, ha sido durante años un faro filosófico para quienes intentan entender los mecanismos autoritarios. En 2021, co-enseñó con Snyder un curso titulado “Encierro masivo en la Unión Soviética y en Estados Unidos”. No era una provocación: era un espejo. El presente estadounidense, marcado por represión y propaganda, encuentra ecos en las distopías del pasado.
EL DESGARRO DE QUIENES SE QUEDAN Y LA LUCIDEZ DE QUIENES SE VAN
Shore y Snyder llevaban dos años recibiendo ofertas de Toronto. La reelección de Trump en noviembre de 2024 y la creciente persecución a disidencias, estudiantes y profesorado aceleraron la decisión. Shore lo dijo sin rodeos: la deriva de Estados Unidos es una “descenso al fascismo”.
Aunque un portavoz de Snyder ha matizado que su salida es “personal” y que “no deseaba abandonar el país”, sus trabajos —y su propia biografía— contradicen ese tono conciliador. Ambos han dedicado sus carreras a estudiar el autoritarismo en Europa del Este, y no han dudado en trazar paralelismos con la situación actual en su país. Sus hijas e hijos también han influido en la decisión, lo cual dice más que mil comunicados institucionales: nadie quiere criar a sus criaturas en un régimen que criminaliza la disidencia académica.
Las consecuencias para Yale son devastadoras. Pierde a dos de las figuras más importantes en historia europea y a un referente mundial en filosofía política. El director del departamento de filosofía, Paul Franks, lo reconocía con resignación: Stanley es un “intelectual público raro” y un “pionero”.
El vacío es intelectual, pero también moral. Como recordó Olha Tytarenko, profesora de lengua ucraniana, Snyder y Shore eran pilares del activismo pro-ucraniano en el campus. Desde la guerra en Ucrania hasta la represión en Bielorrusia, sus voces articulaban una respuesta ética y crítica. El disidente bielorruso Andrei Kureichik ha descrito su marcha como una “gran pérdida para Yale y para la educación estadounidense”.
La profesora Molly Brunson lo dijo aún más claro: su trabajo en defensa de los estudios de Europa del Este ha sido “incansable”. Quienes los conocieron de cerca, como el investigador Yevhenii Monastyrskyi, hablan de una entrega absoluta al alumnado: “Snyder ayuda a pensar en la gran escala; Shore, a escribir con belleza y claridad”.
Esta fuga no es un fenómeno aislado. Es un síntoma. Shore augura que muchas y muchos colegas seguirán su camino. Porque ya no confían en que las universidades estadounidenses puedan o quieran proteger a su gente. Y tienen razón.
En lugar de garantizar espacios seguros para el pensamiento libre, se ha optado por negociar con quienes usan el poder estatal para imponer censura, castigo y vigilancia. En lugar de levantar una barrera común frente al fascismo, cada universidad parece decidida a salvar su pellejo aunque eso signifique dejar a otras caer.
Y mientras tanto, la Universidad de Toronto se convierte en refugio para quienes aún creen en la universidad como bastión democrático. No huyen de Estados Unidos por cobardía, sino por coherencia. Porque quedarse calladas y callados sería complicidad. Porque quedarse sería asumir la farsa de una libertad académica que ya no existe.
La historia no perdona a las instituciones que claudican.
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