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Connolly representa esa izquierda que no se vende como “moderna” ni “posideológica”, sino profundamente humana.
Por Javier F. Ferrero
En un continente donde la izquierda parece hablar un idioma que la gente ya no entiende, Irlanda acaba de ofrecer una lección de sintaxis política. Catherine Connolly, nueva presidenta, no ha ganado por gritar más fuerte, sino por decir lo que tantos sentían y nadie articulaba: que la política debe volver a parecerse a la ética.
Mientras buena parte de la izquierda europea se diluye entre tecnicismos y consensos, Irlanda ha leído el pulso popular con una lucidez que otros perdieron. Frente al ruido ideológico, Connolly ha encarnado una sencillez que no renuncia a la profundidad: antimilitarismo sin ingenuidad, soberanía y dignidad sin demagogia. Ha ganado sin traicionar el lenguaje de los comunes, sin disfrazar la palabra “justicia” de “eficiencia” y sin pedir perdón por hablar de igualdad.
Europa asiste a una paradoja: los partidos que se dicen progresistas gestionan el orden neoliberal mientras la extrema derecha captura la rabia que debería ser nuestra. Alemania endurece su discurso migratorio, Francia legisla al ritmo de Le Pen, España se tropieza en su propio laberinto de egos y coaliciones tácticas, Italia se resigna al populismo reaccionario. Todos compiten por el centro, como si el centro no fuera precisamente el lugar donde se congelan las convicciones.
Irlanda, en cambio, eligió templanza con contenido. Una presidenta sin aparato, sin ambición de trono, sin lemas vacíos de campaña. Lo suyo no fue un marketing de esperanza, sino una pedagogía de la corrección: demostrar que el poder también puede ejercerse con límites, que el liderazgo no consiste en imponerse sino en sostener el sentido. Connolly representa esa izquierda que no se vende como “moderna” ni “posideológica”, sino profundamente humana.
El gesto es simbólico, pero no menor. Irlanda, durante décadas, fue el escaparate del milagro neoliberal europeo. Privatizó su futuro, entregó su soberanía fiscal a las multinacionales, aceptó la servidumbre económica con sonrisa verde y promesa de prosperidad. Hoy, en ese mismo país, una mujer sin partido toma posesión apelando a la justicia social, a la autonomía política y al cuidado mutuo. Es, en cierto modo, una rectificación histórica.
No se trata de una revolución, sino de algo más difícil: un cambio de tono. Europa necesita menos épica y más templanza, menos tecnocracia y más ética. Connolly ha entendido lo que tantas izquierdas olvidaron: que el pueblo no quiere gestores del sufrimiento, sino representantes de su dignidad. Que la austeridad moral no se combate con retórica, sino con coherencia. Que ser de izquierdas no es recitar consignas, sino vivirlas con humildad y coraje.
Quizá por eso su victoria es tan importante: porque no promete el fin del neoliberalismo, pero sí su desmitificación; porque no propone un nuevo dogma, sino una recuperación del sentido común. Irlanda no ha votado por la rabia ni por la resignación. Ha votado por la decencia.
Y mientras Europa sigue girando en torno a su propio cinismo, Irlanda marca el camino: el de la corrección frente a la corrupción, el de la dignidad frente al cálculo, el de la política como ética pública. Un país pequeño recordando a un continente entero que todavía se puede elegir bien.
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