14 Jul 2026

Categoría: INTERNACIONAL

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Trump insulta a España y Rutte agacha la cabeza: la OTAN como patio trasero de la Casa Blanca 

Donald Trump volvió a hacer lo que mejor sabe hacer cuando se sienta ante las cámaras: humillar, amenazar y llamar liderazgo a una mezcla bastante vulgar de matonismo y negocio militar. Esta vez fue en el Despacho Oval, el 24 de junio, con Mark Rutte al lado, secretario general de la OTAN, mirando como quien presencia un atropello diplomático y decide que lo prudente es no molestar al conductor.

El presidente de Estados Unidos cargó contra Italia, Reino Unido, Alemania, Francia y España. No con una discrepancia política. No con una crítica razonada. Con desprecio. “Me ha decepcionado Italia”, dijo. “Me ha decepcionado el Reino Unido. Nos ha decepcionado Alemania y Francia. Nos han decepcionado la mayoría de ellos. España es un auténtico desastre. España es terrible, no quieren pagar nada”. Así habla el supuesto líder del “mundo libre” cuando sus socios no aplauden lo bastante rápido una guerra ilegal.

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El estanque podrido de Trump: 2.028 pies de ego, chapuza y poder 

Donald Trump quería una imagen. Otra. Porque su política, muchas veces, funciona así: primero la imagen, luego el relato, después la amenaza y, si todo sale mal, la culpa siempre es de alguien más. El Reflecting Pool del Lincoln Memorial, ese espejo de agua que une simbólicamente el Monumento a Washington con la estatua de Abraham Lincoln, debía convertirse en una exhibición de mando, limpieza, grandeza nacional y pintura azul “American flag”. Una postal para vender gestión. Una piscina ideológica.

Pero el agua no obedeció.

El análisis publicado por The Guardian el 23 de junio describe una escena casi demasiado perfecta para ser real: el estanque, de 2.028 pies, convertido en una masa verde por una floración de algas, con olor desagradable, turistas haciendo fotos, equipos de televisión entrevistando a visitantes y la obra de 14,7 millones de dólares reducida a espectáculo de fracaso público. No es una anécdota menor. Es una maqueta del poder cuando se cree constructor y solo sabe posar junto a los escombros.

Trump había prometido limpiar, embellecer y reforzar el Reflecting Pool. Dijo que estaba deteriorado por la dejadez de presidentes anteriores. Muy suyo. La culpa siempre viene heredada, incluso cuando la chapuza lleva su firma fresca. Según el artículo, adjudicó el contrato sin concurso a una empresa que, de acuerdo con su propia explicación, ya había trabajado en piscinas de uno de sus clubs de golf. El Estado como extensión del resort privado. La democracia como mantenimiento de club.

La rehabilitación debía estar lista para el 250 aniversario de la independencia de Estados Unidos, el 4 de julio. Todo muy solemne, todo muy bandera, todo muy azul imperial. Pero en cuestión de semanas, el supuesto símbolo renovado acabó cubierto de algas. El viernes anterior al reportaje, se observó incluso una pieza de unos 4 pies del nuevo revestimiento azul oscuro flotando parcialmente en el agua. El decorado se despegaba. Literalmente.

Y aquí aparece la parte más trumpista de todas. Ante la humillación, el presidente no asumió el ridículo. Denunció sabotaje. Afirmó que vándalos habían causado un corte de 300 pies en el estanque, que lo habían contaminado ilegalmente con productos químicos y que habían marcado un “86 47” gigante en el césped cercano, una referencia usada como jerga para deshacerse de Trump. Según el propio relato, al menos 5 personas fueron arrestadas, entre ellas el ex piragüista olímpico David Hearn, que negó públicamente los cargos. Trump amenazó con 10 años de cárcel.

Diez años por tocar la pintura que se cae. Ahí está el país que vende libertad mientras convierte una chapuza estética en asunto policial. Cuando el poder no puede tapar su incompetencia, criminaliza a quien la señala.

EL ESTANQUE QUE REFLEJA DEMASIADO

El Reflecting Pool no es cualquier estanque. Es el lugar desde el que multitudes escucharon a Martin Luther King pronunciar “I have a dream”. Es un espacio cargado de memoria democrática, lucha civil, dignidad colectiva. Y ahora, bajo la mirada de Lincoln, aparece como un charco turbio de propaganda mal ejecutada, residuos flotantes y hojas atrapadas en una esquina. Un pato muerto llegó a hacerse viral en redes, según recoge el análisis. La imagen es brutal porque no necesita editorial. Se explica sola.

No es que el estanque sea el mayor problema de Estados Unidos. El propio texto lo sitúa junto a asuntos mucho más graves: la negociación para acabar la guerra en Irán, la inflación elevada y unas elecciones de medio mandato en el horizonte. Pero precisamente por eso funciona como símbolo. Porque el trumpismo no es solo la gran amenaza autoritaria en discursos inflamados. También es esto: una obra pública convertida en capricho personal, un contrato discutible, una estética patriótica pegada con prisa, una crisis inventada para ocultar la crisis real.

George Derek Musgrove, historiador y coautor de Chocolate City: A History of Race and Democracy in the Nation’s Capital, lo resume con dureza: Trump quiso usar el estanque para avergonzar a la administración Obama, desviar la atención de la guerra en Irán y abrazar su identidad de constructor. Pero al imponer una solución que no resolvía el problema de las algas y entregar un contrato sin concurso a una empresa cuestionada por su experiencia, el asunto empezó a oler a corrupción. No solo a agua estancada. A régimen.

La empresa responsable, Atlantic Industrial Coatings, defendió que las zonas necesitadas de reparación eran “una parte muy pequeña” del proyecto total de 7 acres, es decir, 2,83 hectáreas, y que no demostraban un fallo del revestimiento. Es la defensa habitual de la chapuza: no miren el desastre completo, miren solo el porcentaje. Pero la política no se mide únicamente en metros cuadrados dañados. Se mide en lo que revela. Y esto revela mucho.

Trump ha querido rehacer Washington a su imagen. Derribó el Ala Este de la Casa Blanca para abrir paso a un salón de baile, tomó el control del John F. Kennedy Center for the Performing Arts, aunque después su nombre fue retirado de la fachada, y presentó planes para un arco triunfal. Monumentos, mármol, salones, nombres dorados. La pulsión imperial de quien confunde gobernar con marcar territorio.

Sidney Blumenthal, biógrafo de Lincoln y antiguo asesor de Bill y Hillary Clinton, lo formuló de manera demoledora: Trump quería un monumento para sí mismo en Washington y por fin lo tiene. Es este estanque. Una metáfora perfecta de cleptocracia, fracaso, incompetencia y desastre ante el Lincoln Memorial.

Y quizá ahí esté la clave. El Reflecting Pool ya no refleja a Lincoln ni a la nación que quiso contarse a sí misma una historia de emancipación imperfecta. Refleja otra cosa. Refleja a un poder obsesionado con el brillo, incapaz de gestionar el barro, dispuesto a llamar vandalismo a su propia torpeza y justicia a la intimidación policial. Refleja el capitalismo de la apariencia: millones para barnizar una postal mientras el fondo se pudre.

Trump quería un espejo azul patriótico. Ha conseguido un charco verde que devuelve exactamente lo que es.

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Tucker Carlson rompe con Trump: cuando el monstruo descubre que el imperio también lo devora 

ucker Carlson no se ha vuelto progresista. Conviene dejarlo claro desde la primera línea para no caer en entusiasmos baratos. Tucker Carlson sigue siendo Tucker Carlson: un comunicador reaccionario, una figura central de la derecha dura estadounidense, un propagador de bulos, un arquitecto televisivo del resentimiento blanco y una de las voces que más ayudó a normalizar el trumpismo como espectáculo político. Pero que alguien así rompa con los republicanos dice mucho del nivel de descomposición interna del monstruo.

La ruptura se hizo oficial en una entrevista grabada el 18 de junio en el pódcast Can’t Be Censored. Allí, el antiguo comunicador estrella de Fox News lo dijo sin demasiada vuelta: “No voy a apoyarlos. No hay ninguna posibilidad de que lo haga”. No hablaba de los demócratas. No anunciaba una epifanía democrática. Hablaba del Partido Republicano, el mismo bloque político al que dice haber apoyado durante 35 años, el mismo aparato que lo convirtió en altavoz, símbolo y agitador.

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Irán aprende la lección de la guerra: más Estado duro, más China y menos cuentos occidentales 

Más de 100 días de guerra no pasan gratis por un país. No pasan por sus calles, por sus cuerpos, por sus cárceles, por sus hospitales, ni por los despachos donde las élites deciden cuánto dolor puede soportar la gente antes de llamar estabilidad a la obediencia. Irán sale ahora del choque con EEUU con una pregunta encima de la mesa: qué han aprendido sus nuevos dirigentes. La respuesta, por ahora, no invita a celebrar nada. Los primeros indicios apuntan a un liderazgo más autoritario, más pegado a la Guardia Revolucionaria y más dispuesto a mirar hacia China como tabla de salvación.

La pregunta nuclear sigue ahí, claro. Si las negociaciones entre Teherán y Washington acaban en un acuerdo verificable que impida el desarrollo de un arma nuclear, Oriente Medio puede entrar en otra fase. Pero reducirlo todo al expediente atómico es una trampa cómoda. Lo que está en juego no es solo una centrifugadora. Es el modelo de poder que va a imponerse sobre millones de personas iraníes después de la guerra.

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Alemania quiere que trabajes hasta los 70: la jubilación convertida en castigo 

Alemania acaba de poner negro sobre blanco una idea que lleva años rondando los despachos donde nunca se ficha a las seis de la mañana: si la gente vive más, que trabaje más. Así de simple. Así de brutal. El nuevo diseño de las pensiones que prepara el Gobierno de Friedrich Merz plantea ligar la edad de jubilación a la esperanza de vida, llevarla a los 67 años en 2030, situarla en torno a los 67,5 años a comienzos de la década de 2040 y empujarla hasta los 70 años en 2090.

No es una reforma técnica. Es una declaración ideológica. La vida se alarga, dicen. Pero no preguntan cómo se vive. No preguntan quién llega con la espalda destrozada, con ansiedad, con turnos partidos, con contratos precarios, con décadas levantando peso, limpiando habitaciones, conduciendo, cuidando, soldando, programando bajo presión o sosteniendo servicios públicos que otros recortan desde un despacho.

El problema nunca es que falte dinero. El problema es a quién se le exige siempre pagar la factura.

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Vox y sus patriotas de Bruselas: mucho gritar contra Europa y luego tocar la caja 

La ultraderecha europea tiene un problema muy serio con el dinero público. Lo odia en los discursos, lo demoniza en campaña, lo llama despilfarro cuando sostiene derechos sociales, lo convierte en “chiringuito” cuando financia políticas feministas, climáticas o de memoria democrática. Pero luego llega Bruselas, aparecen las auditorías, se levantan las alfombras y la patria empieza a tener forma de factura, contrato opaco y subvención irregular.

El grupo Patriots for Europe, donde está inscrito Vox, tendrá que devolver 276.967 euros de fondos de la Unión Europea utilizados de forma indebida en 2024, según una auditoría del departamento financiero del Parlamento Europeo difundida por Politico y recogida por elDiario.es. No hablamos de un matiz administrativo perdido en la letra pequeña. Hablamos de donaciones impropias, incumplimientos de contratación pública y contratos concedidos mediante procedimientos irregulares.

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Lo que se viene en Colombia: ultraderecha, cárcel y petróleo 

Colombia acaba de asomarse a una etapa peligrosísima. No a un giro moderado. No a una corrección de rumbo. A una entrada de la ultraderecha por la puerta grande, con estética de salvador nacional, discurso de guerra interna y programa económico hecho a medida de quienes siempre confunden patria con propiedad privada. Abelardo De La Espriella, abogado, empresario, millonario, cantante de vallenato, ciudadano de Colombia, Estados Unidos e Italia, se proclama vencedor tras la segunda vuelta del 21 de junio, según el preconteo. Tiene 47 años, cuatro hijos, barba de catálogo, relojes de lujo y un apodo construido para el mitin: “El Tigre”.

Conviene decirlo sin anestesia: esto no es derecha clásica, es ultraderecha latinoamericana con perfume caro y agenda de castigo social.

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El escrutinio oficial: la última esperanza para la democracia en Colombia 

Cepeda ha reconocido el resultado preliminar. Conviene subrayarlo, porque la derecha mediática ya habrá empezado con su máquina habitual: “no aceptan perder”, “quieren incendiar el país”, “son enemigos de la democracia”. Mentira vieja con traje nuevo. Reconocer un preconteo no significa renunciar al escrutinio legal. Y en Colombia, como en cualquier democracia que todavía pretenda llamarse así sin sonrojarse, el resultado preliminar no tiene el mismo valor que el escrutinio oficial. El preconteo informa. El escrutinio decide.

La diferencia, según el propio Cepeda, sería la más estrecha registrada en una segunda vuelta en la historia electoral colombiana. Esa frase debería bastar para frenar la euforia de los poderosos, la ansiedad de los mercados y el griterío de quienes ya quieren coronar al ultraderechista De la Espriella como si la ley fuera una molestia menor. Pero no. En estos tiempos, cuando gana la ultraderecha, todo debe cerrarse deprisa. Muy deprisa. Primero se celebra, luego se bendice, después se exige silencio. La democracia reducida a trámite. La duda convertida en delito moral.

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Trump amenaza, Irán se levanta de la mesa y la diplomacia vuelve a quedar secuestrada por el matón de siempre 

Irán interrumpió este domingo 21 de junio las conversaciones con Estados Unidos en Suiza después de que Donald Trump volviera a hacer lo que mejor sabe hacer: convertir una negociación internacional en una demostración de chulería imperial. La delegación iraní abandonó el lugar de las reuniones en Bürgenstock, según informó la agencia oficial IRNA, después de reunirse con el intermediario qatarí. Las conversaciones se desarrollaban con mediación de Qatar y Pakistán. No hablamos de un malentendido protocolario. Hablamos de una potencia nuclear amenazando públicamente a otro Estado mientras sus representantes siguen sentados en una mesa que, supuestamente, debía servir para desescalar.

El mensaje de Trump en Truth Social fue una pieza clásica del manual mafioso de Washington: si Irán no detiene a sus “proxies pagados” y evita que “causen problemas”, Estados Unidos volverá a golpear “muy fuerte”, incluso “más fuerte” que la semana anterior. La frase no es diplomacia. Es amenaza. Es ruido de botas. Es la forma obscena en que el poder estadounidense pretende seguir dictando al mundo quién puede defenderse, quién debe arrodillarse y quién tiene derecho a existir sin pedir permiso.

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Starmer se va hoy y deja al Reino Unido mirando al abismo ultra 

Keir Starmer llega a este lunes 22 de junio al borde de anunciar su dimisión como primer ministro del Reino Unido, según The Guardian, The Observer y elDiario.es. No han pasado ni dos años desde aquella mayoría absoluta histórica que vendieron como regreso de la sensatez, del orden institucional, de la política adulta. Y ya está. Otra vez Downing Street convertido en sala de espera. Otra vez el país viendo desfilar primeros ministros como quien cambia fusibles en una casa que se cae.

La diferencia es importante. Starmer no se va arrastrado por una fiesta ilegal en pandemia, como Boris Johnson, ni por haber incendiado la economía en cuestión de días, como Liz Truss. No hay un gran caso de corrupción personal que explique la caída. Ese es precisamente el problema. Starmer no cae por un escándalo: cae por haber convertido la esperanza en gestión gris del derrumbe. Prometió reparar un país golpeado por 14 años de gobiernos conservadores, recortes, privatizaciones y Brexit. Pero ha gobernado como si bastara con administrar las ruinas con tono serio y cara de notario.