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El antiguo aliado mediático del trumpismo acusa a los republicanos de servir a Israel antes que a la ciudadanía estadounidense, a menos de cinco meses de las elecciones de medio mandato del 3 de noviembre.
LA GRIETA EN EL CORAZÓN DEL TRUMPISMO
Tucker Carlson no se ha vuelto progresista. Conviene dejarlo claro desde la primera línea para no caer en entusiasmos baratos. Tucker Carlson sigue siendo Tucker Carlson: un comunicador reaccionario, una figura central de la derecha dura estadounidense, un propagador de bulos, un arquitecto televisivo del resentimiento blanco y una de las voces que más ayudó a normalizar el trumpismo como espectáculo político. Pero que alguien así rompa con los republicanos dice mucho del nivel de descomposición interna del monstruo.
La ruptura se hizo oficial en una entrevista grabada el 18 de junio en el pódcast Can’t Be Censored. Allí, el antiguo comunicador estrella de Fox News lo dijo sin demasiada vuelta: “No voy a apoyarlos. No hay ninguna posibilidad de que lo haga”. No hablaba de los demócratas. No anunciaba una epifanía democrática. Hablaba del Partido Republicano, el mismo bloque político al que dice haber apoyado durante 35 años, el mismo aparato que lo convirtió en altavoz, símbolo y agitador.
Y luego fue al punto que más duele en la mitología conservadora estadounidense: el patriotismo. Carlson acusó a los republicanos de no ser leales a Estados Unidos. La frase es una bomba interna porque el trumpismo ha vivido de llamar traidor a todo el mundo. Migrantes, periodistas, jueces y juezas, activistas, estudiantes, feministas, sindicalistas, docentes. Todo lo que no oliera a bandera, frontera y obediencia era vendido como antipatria. Ahora uno de sus grandes sacerdotes les devuelve el insulto desde dentro.
La derecha que convirtió la palabra “patria” en un arma empieza a descubrir que también puede cortarse con ella.
El motivo de la ruptura es Israel. Carlson acusa al Gobierno estadounidense de colocar los intereses de Benjamín Netanyahu por encima de los intereses de su propia ciudadanía. Según él, Estados Unidos fue empujado a la guerra contra Irán por las presiones del primer ministro israelí. Y remató con una idea demoledora para el ecosistema MAGA: Washington habría ido a una guerra que “está perdiendo” y que, según sus palabras, “ya ha perdido de hecho”.
El dato central no es solo lo que dice Carlson. Es cuándo lo dice. Lo hace a menos de cinco meses de las elecciones de medio mandato del 3 de noviembre, cuando los republicanos necesitan disciplina, unidad y relato. Justo ahí, uno de sus comunicadores más influyentes decide romper el escaparate. No por humanidad. No por pacifismo. No por respeto al derecho internacional. Rompe porque una parte del trumpismo considera que el imperio está gastando demasiada sangre, dinero y legitimidad en una guerra ajena.
Esa es la contradicción. Y es bastante sucia.
NO ES PACIFISMO, ES NACIONALISMO HERIDO
Hay que tener cuidado con convertir esta ruptura en una historia bonita. No lo es. Carlson no denuncia el militarismo estadounidense desde una posición antimperialista. No cuestiona las décadas de intervenciones, golpes, sanciones, bases militares, drones y guerras preventivas que han destrozado países enteros. No está hablando desde el internacionalismo ni desde la defensa de los pueblos. Habla desde el “Estados Unidos primero”, que en su versión más cruda significa una cosa muy sencilla: que el imperio debe matar solo cuando le conviene directamente.
La pelea dentro de la derecha estadounidense enfrenta dos almas feas. Por un lado, el sector aislacionista del MAGA, primero bajo el lema “Estados Unidos primero” y después bajo la idea todavía más cerrada de “Estados Unidos solo”. Por otro, los viejos halcones conservadores, convencidos de que Washington tiene derecho a rehacer el mapa mundial según sus intereses, sus empresas, sus bases militares y sus aliados estratégicos. En esa segunda corriente, Israel ocupa un lugar privilegiado. Siempre. Incluso cuando el coste político empieza a pudrir el discurso interno.
No estamos ante una rebelión ética. Estamos ante una disputa por quién manda dentro del negocio de la guerra.
La fecha clave es el 28 de febrero, cuando Estados Unidos e Israel decidieron ir a la guerra contra Irán, según el relato recogido en la información original. Desde entonces, la fractura se ha hecho más visible. Carlson no ha sido el único caso. Marjorie Taylor Greene, antigua aliada feroz de Trump, también ha pasado de ser parte del santoral MAGA a recibir insultos del propio expresidente y actual presidente. La maquinaria devora a quienes dejan de aplaudir en el momento exacto.
Y aquí aparece una paradoja amarga. La extrema derecha vendió durante años una fantasía de rebeldía contra las élites. Decía combatir el poder globalista, los medios tradicionales, las guerras eternas y la corrupción de Washington. Luego llegó al poder y siguió haciendo lo de siempre: obedecer al complejo militar, proteger a los multimillonarios, alimentar la industria armamentística y subordinar la política exterior a los aliados que importan. Mucho grito contra el sistema. Mucha gorra roja. Mucha épica de supermercado. Al final, el viejo imperio con otra música.
Carlson, por supuesto, tampoco llega limpio a esta escena. Fue despedido de Fox News en abril de 2023, después de que la cadena cerrara un acuerdo extrajudicial con Dominion para evitar un juicio por difamación. Fue uno de los presentadores que difundió el bulo del supuesto amaño electoral en las presidenciales de 2020. Las comunicaciones internas mostraron que presentadores, presentadoras y ejecutivos de Fox no creían la mentira que estaban vendiendo a millones de personas. La vendieron igual. Porque en la televisión de la extrema derecha la verdad no es un deber: es un obstáculo de audiencia.
Tras su salida, Carlson no desapareció. Se recicló. Conservó una base fiel. Se volvió todavía más útil para quienes prefieren consumir propaganda sin filtros, sin edición incómoda y sin el mínimo pudor institucional. Esa es la dimensión real del golpe: no habla un disidente marginal, sino una figura con capacidad de erosionar al Partido Republicano por su derecha, justo antes de una cita electoral crucial.
El problema no es que Carlson haya descubierto ahora que el Gobierno estadounidense puede actuar contra su propia ciudadanía. Eso lo saben desde hace décadas las y los trabajadores abandonados por la desindustrialización, las familias arruinadas por la sanidad privada, las comunidades racializadas vigiladas por la policía, las madres que entierran hijos por la violencia armada, las y los jóvenes endeudados de por vida, y los pueblos bombardeados en nombre de la libertad. El problema es que una parte del trumpismo solo parece escandalizarse cuando el precio del imperio ya no encaja con su bandera.
La ruptura de Carlson deja una fotografía incómoda: el trumpismo no se descompone porque haya dejado de ser brutal, sino porque sus distintas brutalidades ya no caben bajo el mismo techo. Unos quieren seguir mandando el mundo a cañonazos. Otros quieren reservar los cañonazos para casa, frontera y beneficio propio. Mientras tanto, las guerras siguen teniendo víctimas, las empresas siguen teniendo contratos y la palabra patria sigue sirviendo para tapar cadáveres.
Cuando hasta los propagandistas del monstruo empiezan a llamarlo traidor, no estamos ante una crisis moral: estamos ante una pelea de buitres por el cadáver del imperio.
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