Este medio se sostiene gracias a su comunidad. APOYA EL PERIODISMO INDEPENDIENTE .
Te dejo una versión más dura, con el mensaje intacto y el tono afilado.La actriz responde a quienes convierten la libertad femenina en un tribunal permanente: se puede ser feminista, perrear y no pedir permiso
EL PROBLEMA NO ES EL PERREO, ES QUIÉN SE CREE CON DERECHO A VIGILARLO
Ester Expósito se sentó el 24 de junio en el sofá de Henar Álvarez, en Al cielo con ella, y no fue precisamente para esquivar el asunto. La actriz abordó la polémica de la Casita de Bad Bunny, esa parte del escenario del cantante puertorriqueño en la que apareció bailando y que, por lo visto, ha servido para que media España descubra una nueva emergencia nacional: una mujer joven moviéndose como le da la gana.
Antes de entrar al barro, Expósito hizo algo bastante más honesto que muchas de las personas que la han señalado. Aclaró que la demanda de diversidad le parece necesaria. “Que se pida diversidad y cuerpos distintos de mujeres me parece maravilloso y estoy totalmente de acuerdo”, vino a decir. Queremos ver la realidad. Mujeres distintas, cuerpos distintos. Hasta ahí, ningún problema. El problema empieza cuando esa reivindicación se utiliza como coartada para montar otro juicio moral contra una mujer concreta. Otra vez. Siempre otra vez.
Porque una cosa es exigir que los escenarios, la publicidad, la música, la televisión y la cultura dejen de vender un único modelo de cuerpo femenino. Y otra muy distinta es convertir a una actriz en culpable porque baila reguetón. Ahí aparece el viejo mecanismo de siempre, maquillado de modernidad: el control sobre el cuerpo de las mujeres presentado como preocupación ética. La derecha moralista lo hace con sotana, tertulia y bandera. Cierta superioridad cultural lo hace con lenguaje de seminario. El resultado se parece demasiado.
Expósito lo dijo sin rodeos: “Todo el puritanismo este rancio… ¿Qué es?”. La frase no es menor. Es una pregunta política. Porque lo que se ha desatado alrededor de su perreo no habla solo de Bad Bunny, ni de la Casita, ni de una coreografía. Habla de una pulsión profundamente reaccionaria: la necesidad de decirle a una mujer qué puede disfrutar, cómo puede bailar, qué música puede gustarle, cuánto deseo puede mostrar y en qué condiciones se le permite seguir siendo considerada “buena feminista”.
Y aquí conviene ser claros. Se puede ser feminista y disfrutar del reguetón. Se puede ser feminista y perrear hasta el suelo. Se puede ser feminista y no vivir sometida al examen de pureza de nadie. Lo contrario no es emancipación. Es vigilancia. Es otro uniforme, solo que con palabras aparentemente más limpias.
La actriz lo resumió con una claridad incómoda: es “un debate muy antiguo” que pensaba que ya estaba superado. Y esa es la parte más agotadora. Que haya que seguir explicando en 2026 que la libertad de las mujeres no consiste en cambiar de amo, ni de cura, ni de censor. Que el feminismo no nació para sustituir una jaula por otra con mejor argumentario. Que la liberación no puede convertirse en una lista de conductas autorizadas por guardianes y guardianas de la virtud.
CUANDO LOS ANTIFEMINISTAS DAN LECCIONES DE FEMINISMO, HUELE A TRAMPA
La parte más obscena de la polémica no está solo en la crítica. Está en quién critica y desde dónde. Ester Expósito señaló algo que debería bastar para cerrar muchas bocas: “Lecciones de feminismo del señor, o de quien sea, que se pasa el año negando la violencia de género y llamándonos feminazis, las justas”. Las justas. O menos.
Porque hay una hipocresía demasiado visible en esa operación. Quienes niegan la violencia machista, quienes ridiculizan a las mujeres organizadas, quienes usan “feminazi” como insulto de sobremesa, quienes llevan años intentando dinamitar cualquier avance en derechos, ahora aparecen preocupadísimos por la dignidad femenina porque una actriz ha bailado reguetón. Qué casualidad. Qué repentina sensibilidad. Qué manera tan burda de intentar colarse en una conversación que siempre han despreciado.
No están defendiendo a las mujeres. Están usando palabras del feminismo para devolver a las mujeres al sitio de siempre. Y eso es exactamente lo que denunció Expósito cuando habló de “el colmo de la hipocresía”: apropiarse del discurso, apropiarse de las palabras, pero no para ampliar libertades, sino para recortarlas. Para decir cómo ser buenas mujeres. Para dictar qué debe gustarles. Para decidir cómo deben bailar. Para marcar los límites del deseo femenino desde fuera.
Esto no va de una canción. Va de poder. Va de esa obsesión política, mediática y cultural por administrar la libertad ajena. Especialmente la libertad de las mujeres. El capitalismo vende cuerpos cuando le conviene, el puritanismo los castiga cuando se salen del guion, y entre ambos montan una pinza bastante vieja: primero convierten el cuerpo femenino en mercancía, luego culpan a las mujeres por habitarlo con deseo propio.
Ahí está la trampa. Si una mujer no baila, es fría. Si baila, es vulgar. Si se tapa, está reprimida. Si se muestra, está vendida. Si cobra menos, es víctima de un sistema desigual. Si cobra más, molesta. La propia Expósito, en el mismo programa, dejó otra frase significativa: “Me gusta ganar más que mis compañeros porque significa que las cosas están cambiando”. Y claro que molesta. Molesta que una mujer gane, baile, opine, se contradiga, se divierta y no pida perdón por existir fuera del molde.
La actriz citó a la jurista y politóloga Alejandra Martínez Velasco para poner el dedo en la llaga: lo que incomoda es que las mujeres habiten espacios de contradicción, que sean feministas combativas y críticas, pero también tengan derecho a perrear, gozar y gestionar su placer como les dé la gana. Esa frase debería estar pegada en la puerta de más de una redacción, de más de una tertulia y de más de una cuenta de señor indignado con demasiado tiempo libre.
Y como parece que todavía escuece que las mujeres bailen, Ester Expósito y Henar Álvarez hicieron lo más lógico: responder bailando. Montaron su propia fiesta del perreo en el plató de Al cielo con ella, acompañadas de bailarines y al ritmo de “Dónde Están las Gatas”, de Alex Gárgolas, Daddy Yankee y Nicky Jam. Una respuesta bastante más inteligente que cualquier sermón. Porque a veces no hace falta escribir un manifiesto. Basta con mover el cuerpo delante de quienes querían volver a convertirlo en propiedad pública.
El programa, emitido cada martes tras La Revuelta en La 1 y RTVE Play, dejó algo bastante evidente: la polémica no era una polémica sobre música, ni sobre diversidad, ni sobre representación. Era otra batalla por el control. Y Ester Expósito, con más calma que sus censores, recordó lo básico: ninguna libertad real nace de pedir permiso a quienes llevan años llamando “feminazis” a las mujeres libres.
Este periodismo no lo financian bancos ni partidos
Lo sostienen personas como tú. En un contexto de ruido, propaganda y desinformación, hacer periodismo crítico, independiente y sin miedo tiene un coste.
Si este artículo te ha servido, te ha informado o te ha hecho pensar, puedes ayudarnos a seguir publicando.
Cada aportación cuenta. Sin intermediarios. Sin líneas rojas impuestas. Solo periodismo sostenido por su comunidad.
Related posts
SÍGUENOS
Más de medio millón de personas ya han visto nuestro vídeo sobre cómo los centros de datos de la IA nos están dejando sin agua
Más de medio millón de personas han visto ya nuestro vídeo sobre el verdadero coste de los centros de datos de la inteligencia artificial. Más de medio millón. Y no lo han visto porque el asunto sea una curiosidad tecnológica ni porque les interese saber cómo funciona un servidor. Lo han visto porque cada vez más gente entiende que esa cosa aparentemente abstracta llamada IA tiene una existencia muy física: edificios gigantescos, subestaciones eléctricas, tuberías, kilómetros de cableado y millones de litros de agua desapareciendo dentro de sistemas de refrigeración.
La respuesta al vídeo confirma algo que las grandes tecnológicas preferirían seguir escondiendo detrás de anuncios llenos de palabras como innovación, progreso y futuro. La preocupación es real. La gente sabe que no estamos hablando de una nube mágica flotando sobre nuestras cabezas, sino de una industria pesada que quiere apropiarse de recursos públicos para alimentar negocios privados. Y quiere hacerlo deprisa, antes de que las comunidades entiendan qué les están plantando al lado de casa.
Nuestro vídeo reúne las advertencias de Erin Brockovich, la primera ministra de Dinamarca, Mette Frederiksen, un exboxeador estadounidense, Alexandria Ocasio-Cortez y Naciones Unidas. Personas con trayectorias, ideologías y responsabilidades muy distintas. Todas están mirando hacia el mismo lugar. Todas están viendo cómo la expansión descontrolada de los centros de datos amenaza el agua, dispara el consumo eléctrico y concentra todavía más poder en manos de un puñado de corporaciones.
Xbox despide a 3.200 personas: el riesgo era de los jefes, la factura es de la plantilla
Xbox acaba de confirmar la mayor reestructuración de su historia. El 6 de julio, Asha Sharma comunicó a la plantilla que la división reducirá aproximadamente 3.200 puestos durante el año fiscal 2027, con 1.600 despidos inmediatos y cuatro estudios saliendo de Xbox hacia nueva gestión. Microsoft, en paralelo, recorta unos 4.800 empleos en total, alrededor del 2% de su plantilla global. No es una anécdota. Es una purga empresarial envuelta en lenguaje de consultora.
La frase oficial es casi una confesión: “nuestro negocio hoy no es saludable”. La dirección reconoce márgenes entre 3 y 10 veces inferiores a los de negocios comparables, una base instalada menor, costes más altos y una apuesta por Game Pass, el modelo multiplataforma y una cartera más amplia de contenidos que “no creció al ritmo esperado”. Dicho sin barniz corporativo: los jefes imaginaron una máquina de crecimiento infinito, compraron estudios, multiplicaron equipos, alargaron inversiones y ahora explican que se equivocaron. Pero quienes salen por la puerta no son quienes vendieron la fantasía. Son trabajadoras y trabajadores que hicieron exactamente lo que les dijeron.
Sony quiere matar el disco: juegos digitales para ricos y propiedad de mentira
Sony ya ha puesto fecha al entierro del formato físico. En su propia web de PlayStation avisa de que, desde enero de 2028, los nuevos juegos lanzados para PlayStation se podrán comprar en PlayStation Store y en tiendas, pero solo en formato digital. Los discos de juegos publicados antes de esa fecha seguirán funcionando, sí. Ese matiz importa. Pero el camino está marcado: el futuro que Sony quiere vender no cabe en una estantería, cabe en una cuenta, en una contraseña, en un servidor y en unas condiciones de uso que casi nadie lee porque están escritas precisamente para que casi nadie las lea.
La compañía lo presenta como adaptación al consumo. Reuters informó el 1 de julio de que Sony dejará de producir discos físicos para los nuevos lanzamientos de PlayStation desde enero de 2028, en un giro que llega después de que cerca del 80% de sus ventas completas de juegos en el año fiscal 2025 fueran digitales. La cifra parece aplastante. Lo digital ya domina. Pero una cosa es que millones de personas compren digital porque es cómodo, porque hay rebajas puntuales o porque las empresas empujan el mercado hacia ahí; otra muy distinta es convertir esa tendencia en una jaula.
15.000 personas ya han visto cómo la fe se convierte en poder
El último ReportajeSR analiza cómo determinados sectores del evangelismo conservador dejaron de limitarse a los templos para convertirse en una maquinaria política al servicio de la extrema derecha. De Trump a Bolsonaro, de Milei a Vox: redes comunitarias, guerras culturales, dinero, medios y religión convertidos en infraestructura electoral.
Presentado por Léa Gugelmann, el reportaje ya ha superado las 15.000 visualizaciones desde su estreno. Porque para entender el auge de la extrema derecha no basta con mirar a sus candidatos: también hay que observar quién construye sus discursos, moviliza sus bases y presenta el autoritarismo como una misión divina.
Vídeo | Sadismo en primera persona
Un turista graba el encierro de San Fermín como si estuviera en una atracción. Adrenalina, golpes, risas y animales convertidos en decorado para conseguir un vídeo viral. No está viviendo una tradición: está consumiendo sufrimiento como entretenimiento.
Además, corre con una cámara cuando está prohibido hacerlo, poniendo en peligro a quienes tiene alrededor. La turistificación añade otra capa de irresponsabilidad a una barbaridad ya normalizada: venir, beber, molestar, jugar con la vida ajena y marcharse con unos cuantos clics. El sadismo también se graba en primera persona.
Seguir
Seguir
Seguir
Subscribe
Seguir