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Mientras la extrema derecha buscaba convertir un brote sanitario en gasolina xenófoba, España activó protocolos, coordinación internacional y aislamiento real. Eso se llama salud pública. Lo otro se llama propaganda.
LO QUE FUNCIONÓ FUE EL SISTEMA PÚBLICO, NO EL RUIDO
El caso del MV Hondius ha servido para ver dos países dentro del mismo país. Uno, el que trabaja con epidemiólogas, sanitarios, protocolos, coordinación internacional y prudencia. Otro, el que ve un virus y corre a buscar una patera imaginaria para colocar su discurso de siempre. La diferencia es sencilla. La salud pública salva vidas. El racismo solo fabrica miedo.
España hizo lo que tenía que hacer. No porque fuese fácil. No porque no hubiese riesgo. Lo hizo porque había 149 personas de 23 nacionalidades atrapadas en un buque vinculado a un brote de hantavirus Andes, una variante poco habitual fuera de Sudamérica y con capacidad documentada de transmisión entre personas en contactos estrechos y prolongados. El 2 de mayo, la OMS fue informada de un grupo de pasajeros con enfermedad respiratoria grave a bordo. El 8 de mayo, el balance recogido por la propia OMS era de 8 casos, 6 confirmados por laboratorio y 3 muertes, con una letalidad del 38% en ese brote concreto. No era una anécdota. Tampoco era el apocalipsis. Era una emergencia sanitaria. Y las emergencias sanitarias se gestionan, no se agitan en redes como quien reparte panfletos en una cloaca.
La respuesta española fue técnica. El 8 de mayo, la Comisión de Salud Pública, con el Ministerio de Sanidad y las comunidades autónomas, aprobó un protocolo específico para las personas desembarcadas del MV Hondius. Ese protocolo no salió de una tertulia ni de una ocurrencia de despacho. Fue acordado tras el trabajo del Sistema de Alerta Precoz y Respuesta Rápida y se basó en criterios de la OMS. Estableció cuarentena obligatoria, vigilancia activa, PCR a la llegada, nueva PCR a los 7 días, control de temperatura dos veces al día, habitaciones individuales y sin visitas. Eso es Estado. Eso es planificación. Eso es lo que la derecha llama burocracia hasta que necesita que alguien le salve el pellejo.
Los 14 pasajeros españoles fueron trasladados al Hospital Central de la Defensa Gómez Ulla, en Madrid. No se les dejó pulular por aeropuertos, hoteles o pasillos. Fueron evacuados con medidas de aislamiento. El desembarco se organizó para que las personas fueran directamente desde el barco a la pista del aeropuerto de Tenerife Sur, por grupos de nacionalidad y sin contacto con residentes, incluso estando asintomáticas. Luego, avión militar medicalizado hasta Torrejón de Ardoz y traslado al hospital mediante circuitos separados. No hubo improvisación de bar. Hubo operativo.
El 11 de mayo, uno de esos 14 españoles dio positivo provisional en la primera PCR. Sin síntomas. En buen estado. A la espera de confirmación. ¿Qué hizo el sistema? Lo previsto. Lo trasladó a una Unidad de Aislamiento y Tratamiento de Alto Nivel, con presión negativa, doble esclusa, circuitos diferenciados y controles estrictos. Los otros 13 dieron negativo, pero siguieron en cuarentena. La cuarentena empezó a contar desde el 6 de mayo y podía extenderse hasta 42 días, hasta el 17 de junio, con reevaluación continua. La diferencia entre una política sanitaria seria y una campaña de miedo está justo ahí: actuar antes de que el problema se descontrole, sin mentir y sin montar un circo.
LA ULTRADERECHA QUERÍA UNA PATERA, PERO HABÍA UN CRUCERO DE LUJO
Y entonces apareció Vox. Como siempre. No para ayudar. No para informar. No para pedir más medios sanitarios, más personal, más coordinación o más recursos para Canarias. Apareció para hacer lo único que sabe hacer con cualquier crisis: señalar a las personas migrantes. Samuel Vázquez, portavoz nacional de Inmigración, Interior y Seguridad de Vox, comparó la llegada del crucero con hantavirus a Canarias con la entrada de migrantes. “Como si no llegaran todos los días”, vino a decir. Ahí está el truco miserable. Un crucero de expedición, con pasajeros internacionales, una ruta vinculada a Argentina y una emergencia coordinada con la OMS, convertido en excusa para hablar de inmigración. No era epidemiología. Era basura ideológica con mascarilla.
El detalle tiene veneno. El barco no era una patera. No era una embarcación de personas empobrecidas huyendo de guerras, hambre o expolio. Era un crucero. Un crucero. De esos que el capitalismo vende como aventura exclusiva por mares remotos mientras externaliza riesgos, presume de experiencia salvaje y luego llama a los Estados cuando la realidad entra por la escotilla. Pero la extrema derecha no apuntó al turismo de lujo, ni a la industria de los cruceros, ni a la globalización de élite que convierte el planeta en parque temático para quien puede pagarlo. Apuntó abajo. Siempre abajo.
La OMS evaluó el riesgo para la población global como bajo y el riesgo para pasajeros y tripulación como moderado. El ECDC fue incluso más claro: el virus Andes no se transmite fácilmente, la transmisión persona a persona se ha documentado en contactos estrechos y prolongados, y el riesgo de propagación a la población general de la UE/EEE desde este brote era muy bajo si se aplicaban medidas de prevención y control. También recordó un dato importante: el reservorio natural del virus Andes no está presente en Europa, por lo que no se esperaba una introducción en roedores europeos. Traducido: no había base sanitaria para el pánico racista. Había base sanitaria para la vigilancia.
España actuó mejor cuando escuchó a quienes saben. A las epidemiólogas y epidemiólogos. A las y los profesionales sanitarios. A las autoridades de salud pública. A quienes llevan años sosteniendo sistemas que luego son recortados, despreciados y usados como decorado electoral por quienes solo creen en lo público cuando necesitan una UCI. Y conviene decirlo alto: este tipo de respuesta no sale de la nada. Sale de tener hospitales, unidades de aislamiento, coordinación estatal, personal formado, laboratorios, protocolos y memoria sanitaria. Sale de haber aprendido, también, de crisis anteriores.
Lo que se hizo bien desde España fue no abandonar a esas personas en el mar. Fue no esconder el riesgo. Fue no vender calma falsa ni alimentar alarma. Fue aceptar una obligación humanitaria y legal. Fue separar política sanitaria de propaganda racista. Fue organizar cuarentenas, pruebas, traslados, aislamiento y seguimiento. Fue coordinar con la OMS, el ECDC y las comunidades autónomas. Fue proteger a Canarias sin convertir Canarias en un plató de histeria. Fue tratar una emergencia como una emergencia, no como un mitin.
La derecha gritó “miedo”. La salud pública respondió con protocolos. Y menos mal que, esta vez, mandaron los protocolos y no los buitres.
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