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La 70 edición arranca en Viena el 12 de mayo con RTVE fuera por primera vez en 64 años, cinco países retirados y una UER incapaz de poner límites políticos al blanqueamiento de Israel.
EL FESTIVAL QUE PREFIRIÓ PROTEGER A ISRAEL ANTES QUE PROTEGER SU CREDIBILIDAD
Eurovisión arranca este 12 de mayo en Viena con su 70 edición convertida en una postal incómoda de Europa. No por la música. No por las canciones. Ni siquiera por esa liturgia de banderas, votos cruzados y sonrisas televisadas que durante décadas se vendió como una celebración cultural. El problema es otro. El problema es que Israel vuelve a tener escenario mientras Gaza sigue siendo tratada como un daño colateral asumible por las instituciones europeas.
La UER ha decidido que el espectáculo continúa. Y continúa con Israel dentro, pese a las protestas, pese a las denuncias, pese a la evidencia de que el festival se ha convertido en un artefacto político bastante más sucio de lo que sus responsables admiten. La primera semifinal se celebra el 12 de mayo, la segunda el 14 de mayo y la final el 16 de mayo. RTVE no emitirá ninguna. España tampoco participará. Es la primera ausencia española tras 64 años de presencia ininterrumpida, una ruptura histórica que no nace de un capricho, sino de una posición política elemental: no se puede cantar sobre unidad mientras se normaliza a un Estado acusado de arrasar Gaza.
España anunció su retirada el 4 de diciembre, después de una Asamblea General de la UER marcada por una maniobra difícil de maquillar. RTVE, junto a otros 7 países, pidió una votación secreta y específica sobre la presencia de Israel. La presidencia de la UER la rechazó. En lugar de decidir democráticamente si Israel debía seguir o no, se aprobó un paquete de nuevas normas que, en la práctica, dejaba el camino abierto a su continuidad. Así se hace la política cuando se quiere esconder debajo de una alfombra turquesa: se evita la pregunta importante y luego se presume de procedimiento.
A España se sumaron Islandia, Irlanda, Países Bajos y Eslovenia. Cinco países fuera por la permisividad con Israel. La UER intentó tapar el agujero recuperando a Bulgaria, Rumanía y Moldavia, pero el dato queda ahí, terco: Viena 2026 será la edición con menor participación desde 2003. Es un fracaso político envuelto en luces LED. Y aun así, pretenden venderlo como normalidad. Como si no pasara nada. Como si el ruido viniera de quienes protestan y no de quienes han convertido un festival musical en una plataforma de propaganda tolerada.
La contradicción es obscena. Rusia fue expulsada en 2022 tras invadir Ucrania. Israel, en cambio, sigue desfilando. La UER habla de neutralidad, pero esa neutralidad tiene una dirección muy concreta. Cuando el poder occidental necesita sancionar, sanciona. Cuando necesita mirar hacia otro lado, inventa matices. Ahí está el verdadero reglamento no escrito de Eurovisión: las normas pesan más o menos según quién las incumpla.
RTVE FUERA, EL TELEVOTO BAJO SOSPECHA Y UNA ALFOMBRA TURQUESA CON GUARDAESPALDAS
La ausencia española no afecta solo a la competición. También rompe la emisión. RTVE confirmó que no ofrecerá ni las semifinales del 12 y 14 de mayo ni la final del 16 de mayo. La 1 se queda fuera. No habrá comentarios de Tony Aguilar y Julia Varela. Desde España, el festival solo podrá verse por YouTube, en la señal internacional y sin retransmisión televisiva estatal. No hay sanción para RTVE por no emitir, porque los países que no participan no están obligados a retransmitir. Quienes sí quieran hacerlo, como Países Bajos e Islandia, pueden pagar los derechos. Es decir: hasta la protesta tiene factura.
España deja también en suspenso su posición en el Big Five. Al no concursar, el grupo queda reducido a un Big Four con Alemania, Italia, Francia y Reino Unido. Si RTVE vuelve algún día, podría recuperar ese lugar, como hizo Italia tras 13 años fuera y su regreso en 2011. Pero la cuestión no es técnica. Es política. Sergio Calderón, director de TVE, ya ha dejado claro que la corporación estudiará desde el 17 de mayo, un día después de la final, un posible regreso solo “si se dan las condiciones para participar en el futuro”. Traducción sencilla: España no debería volver mientras Eurovisión siga funcionando como escaparate de impunidad.
El televoto es otra herida abierta. La propia dirección del festival ha reconocido que no fue lo bastante estricta con la adulteración del voto vinculada a campañas promovidas desde Israel en ediciones anteriores. Y ahora la UER ha tenido que advertir de nuevo a la KAN, la televisión pública israelí, por nuevas campañas de voto masivo que no encajan con las reglas ni con el espíritu del concurso. La misma historia, otra vez. Se les avisa, se les protege, se les deja pasar. Luego se pide al público que crea en la limpieza del resultado. Hay que tener bastante fe. O bastante cinismo.
La crisis ya se nota en los datos. Según el análisis citado por verTele, las canciones de esta edición interesan un 45% menos que en las mismas fechas de 2025. La caída no es pequeña: supone prácticamente la mitad del interés. También se apunta que hacía cinco años que los temas de Eurovisión no se escuchaban tan poco a una semana de la final. La música paga el precio de la cobardía institucional. Las y los artistas concursan en un escenario agujereado por decisiones que no tomaron, pero que les arrastran. Y el público, que no es idiota, empieza a desconectar.
La alfombra inaugural del domingo dejó una imagen muy difícil de esconder. El representante israelí, Noam Bettan, desfiló con una seguridad reforzada, escoltas, controles corporales, prohibición de bolsos y mochilas, presencia policial y hasta protección con maletines y paraguas antibalas, como ya ocurrió en 2025 con Israel y Ucrania. En medio de ese blindaje, una persona desplegó una gran bandera palestina y gritó “libertad para Palestina”. Los agentes se colocaron delante. La escena fue breve, pero lo dijo todo. Cuando un festival necesita tapar una bandera palestina para que no estropee la fiesta, la fiesta ya está podrida.
La asistencia tampoco parece haber acompañado. Medios locales cifraron la afluencia a la alfombra turquesa entre 3.000 y 5.000 personas, por debajo de las expectativas. No es solo una cuestión de números. Es el síntoma de una edición que llega con menos entusiasmo, más vigilancia y una incomodidad que ni la producción televisiva puede disimular. La UER quería un espectáculo. Ha conseguido un escaparate de sus propias contradicciones.
RTVE, mientras tanto, ocupará la noche del 16 de mayo, Día Internacional de la Convivencia en Paz, con un especial de La casa de la música presentado por Jesús Vázquez y con más de 20 artistas, entre ellos Raphael, Manuel Carrasco y Guitarricadelafuente. El Benidorm Fest seguirá como certamen propio, al margen de la incertidumbre europea, después de repartir este año 100.000 euros para artistas y 50.000 euros para las y los compositores del tema ganador. La música seguirá. Lo que no puede seguir igual es el blanqueamiento.
Eurovisión quería vender unidad y ha terminado enseñando el precio moral de mirar hacia otro lado ante un genocidio.
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