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Austria y Alemania amenazan con romper el festival si se expulsa a Israel, pero guardan silencio ante miles de menores asesinados.
EUROPA ENTRE LA MÚSICA Y EL CÓMPLICE SILENCIO
La Unión Europea de Radiodifusión (UER) se enfrenta en noviembre a una votación que puede decidir el futuro de Eurovisión 2026. Sobre la mesa está una cuestión que debería ser moral, pero que Europa ha convertido en un cálculo diplomático: mantener a Israel en el festival mientras bombardea hospitales, arrasa escuelas y encierra a activistas humanitarios.
Austria, país anfitrión, ha amenazado con renunciar a la organización del evento si Israel es expulsado. El canciller Christian Stocker y su secretario de Estado, Alexander Pröll, han maniobrado con la radiotelevisión pública ORF y el Ayuntamiento de Viena para blindar la presencia israelí. “Es inaceptable prohibir a un artista judío venir a Viena”, dijo Stocker, reduciendo una cuestión de crímenes de guerra a un falso debate identitario.
El discurso se repite en Alemania. Friedrich Merz, canciller de la mayor potencia europea, ha calificado de “escándalo” que se discuta siquiera la exclusión de Israel. Y lo hace mientras su gobierno vende armas al mismo ejército que pulveriza barrios enteros en Gaza. Berlín, con su “responsabilidad histórica” mal entendida, se ha convertido en la principal línea de defensa diplomática de un Estado que viola a diario el derecho internacional.
Esa es la paradoja europea: la memoria del Holocausto usada para justificar otro genocidio. Un continente que persiguió judíos en el siglo XX y hoy persigue palestinos en nombre de la culpa.
Mientras tanto, países como España, Irlanda, Islandia, Países Bajos o Eslovenia han anunciado que se retirarán del certamen si Israel participa. RTVE fue clara: el festival ha dejado de ser un espacio de encuentro cultural para convertirse en una maquinaria de propaganda. La división en el seno de la UER es total. Y lo que está en juego ya no es una canción, sino la conciencia de Europa.
EL MITO DE LA CULTURA APOLÍTICA
Desde su creación, Eurovisión se ha vendido como una celebración de la diversidad y la hermandad. Pero cada vez que la política entra en escena, la hipocresía se hace visible. Rusia fue expulsada en 2022 tras invadir Ucrania. Bielorrusia fue vetada por censurar a sus artistas. Sin embargo, Israel —que acumula más de 40.000 personas asesinadas en Gaza, entre ellas más de 15.000 menores según la ONU— sigue siendo bienvenida en nombre de la “unidad”.
La cultura europea solo es apolítica cuando sirve al poder.
Cuando un artista alza la voz por Palestina, se le censura. Cuando un país denuncia el genocidio, se le acusa de antisemitismo. Pero cuando Israel bombardea un hospital infantil, la UER pide “diálogo y empatía”.
El alcalde de Viena, Michael Ludwig, ha advertido que excluir a Israel sería un “error diplomático de gran magnitud”. Lo que en realidad teme su Ayuntamiento es perder los 40 millones de euros que mueve el evento. La ética no cotiza en bolsa, pero el turismo sí. Y en Europa, la dignidad se mide en euros.
La televisión pública ORF, que debería garantizar independencia editorial, actúa como portavoz del Ejecutivo. Su presidente, Roland Weissmann, ha amenazado con una multa de 26 millones de euros al Gobierno si renuncia a organizar el certamen. Austria no defiende a Israel por convicción, sino por contrato.
Mientras, Alemania juega al guardián moral de Occidente. Merz habla de “escándalo”, pero olvida que su país se niega a suspender la exportación de armamento a Tel Aviv, a pesar de las resoluciones de Naciones Unidas y de las denuncias de organizaciones como Human Rights Watch o Amnistía Internacional.
Europa se ha convertido en un coro afinado para encubrir crímenes. Un coro que canta sobre escenarios de luces y pantallas LED, mientras en Gaza el sonido que domina es el de los drones.
UNA MÚSICA QUE SILENCIA
En esta crisis, el arte ha dejado de ser refugio. Lo que ocurre con Eurovisión no es una disputa cultural, sino el síntoma de un continente que ha perdido el sentido moral. Los gobiernos que se declaran defensores de la libertad cultural son los mismos que criminalizan el activismo, encarcelan manifestantes y censuran a quienes denuncian la barbarie.
“No mezclemos la política con la música”, dicen. Pero fue Europa quien convirtió la música en arma política al expulsar a unos y proteger a otros según su interés económico y geoestratégico.
Lo que está ocurriendo en la UER no es una excepción: es una réplica de la Unión Europea que se indigna con Ucrania y se encoge con Palestina. Que arma a Israel mientras habla de derechos humanos. Que condena la censura solo cuando le conviene.
Los países que aún mantienen su retiro del festival —España, Irlanda, Islandia, Países Bajos y Eslovenia— no están rompiendo la unidad europea: la están devolviendo a la decencia.
Porque un continente que justifica el genocidio en nombre de la memoria no es civilización, es decadencia.
Europa no canta.
Europa tapa los gritos.
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