Cuando el Estado convierte la persecución en política y la violencia en método
Estados Unidos asiste a una deriva que ya no se disimula con eufemismos. La agencia de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) se ha transformado, bajo la presidencia de Donald Trump, en un dispositivo de intimidación interna. No es una exageración retórica. Es la consecuencia lógica de una política que ha decidido señalar a un enemigo doméstico, deshumanizarlo y habilitar a fuerzas armadas del Estado para actuar con impunidad. El asesinato de Renée Good, 37 años, madre de tres criaturas, abatida de un disparo en el rostro por un agente de ICE en enero de 2026, ha cristalizado una violencia que llevaba años incubándose.
La escena, registrada en varios vídeos que circularon de inmediato, no deja margen a la interpretación complaciente. Un control migratorio, un intento de esquivar el bloqueo, un disparo a quemarropa y una frase pronunciada después del tiro que hiela la sangre. El país entero vio cómo una mujer desarmada era ejecutada por una agencia creada en 2003, tras el 11-S, con la coartada de la “seguridad nacional”. Veintitrés años después, ICE ya no persigue amenazas externas. Persigue personas pobres, racializadas y, cada vez más, a cualquiera que ose cuestionar el orden impuesto.
El discurso oficial insiste en que se trata de proteger a la población de “criminales”, “violadores” y “terroristas”. Las cifras desmontan esa narrativa. Diversas investigaciones periodísticas y de organizaciones de derechos civiles muestran que la mayoría de las personas detenidas por ICE no tienen antecedentes penales graves. Aun así, se normalizan redadas en barrios obreros, detenciones sin orden judicial, deportaciones exprés y centros de internamiento que funcionan como cárceles opacas. El miedo es la política pública.
EL ENEMIGO INTERNO COMO PROYECTO DE PODER
Trump no ha inventado la lógica del enemigo. La ha refinado y la ha dirigido hacia dentro. A diferencia de otras presidencias que canalizaron la violencia hacia guerras exteriores (Corea, Vietnam, Irak o Afganistán), la actual administración ha declarado que la amenaza está en casa. En las ciudades que no votaron como debían. En los llamados “santuarios”. En Minneapolis, donde vivía Renée Good. La frontera se ha desplazado al interior de las ciudades.
Aquí es donde surge la comparación incómoda. ¿Es ICE la Gestapo de Trump? El debate se enreda a menudo en la literalidad histórica. No, Estados Unidos no es la Alemania de 1933. Pero la analogía no pretende equiparar contextos, sino señalar mecanismos: identificación del enemigo, deshumanización sistemática, uso de fuerzas especiales sin control efectivo, culto a la impunidad y movilización del resentimiento social como combustible político. El autoritarismo no llega de golpe. Se administra por dosis.
Trump ha entendido algo esencial: no necesita convencer a toda la sociedad. Le basta con activar el odio de una base movilizada y disciplinar al resto mediante el miedo. Cuando el presidente afirma que los inmigrantes “envenenan la sangre del país”, no está improvisando. Está legitimando una práctica. Cuando agentes actúan encapuchados, sin identificación visible, no es un exceso: es un mensaje. Y cuando quienes protestan son tratados como cómplices del enemigo, la democracia entra en fase terminal.
LA NORMALIZACIÓN DE LA CRUELDAD
El asesinato de Renée Good no es un accidente. Es un síntoma. En los últimos años se han documentado decenas de muertes vinculadas a operativos de ICE, además de palizas, secuestros de facto y deportaciones que separan familias. La maquinaria sigue funcionando porque cuenta con respaldo político y cobertura mediática parcial. Quien se indigna es acusado de “radical”. Quien exige responsabilidades es señalado como antipatriota.
La reacción del vicepresidente JD Vance tras el asesinato fue reveladora. Redujo la tragedia a una supuesta “radicalización izquierdista” de la víctima. Culpar a la asesinada para absolver al Estado. Frente a ello, la activista y ex candidata presidencial Marianne Williamson rescató las palabras de la viuda de Renée, Becca Good, que habló de educación, paz y compasión incluso en medio del duelo. El contraste es obsceno.
Este es el punto exacto en el que se libra la batalla política. No entre derecha e izquierda, sino entre humanidad y deshumanización. Trump ofrece a sus seguidores una promesa clara: un mundo sin corrección política, sin límites éticos, donde el racismo y el machismo no solo se toleran, sino que se celebran. Un país redefinido por exclusión. ICE es la herramienta perfecta para ese proyecto: una policía política encubierta por el lenguaje burocrático de la seguridad.
Queda la pregunta incómoda. Cómo se frena una deriva que ya está en marcha. No hay respuestas sencillas. Pero sí un punto de partida irrenunciable. Cada vida cuenta. No como consigna vacía, sino como límite político. Cuando ese principio se pierde, cuando se acepta que algunas muertes son asumibles, el resto es cuestión de tiempo. El autoritarismo empieza cuando mirar hacia otro lado parece más cómodo que defender a quien no conoces.
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