23 May 2022
DESTACADA

Vacaciones por la paz 

El proyecto de vacaciones en paz permite a niños ser los embajadores del pueblo saharaui.

Por Salamu Hamudi Bachri, periodista saharaui

El 26 de febrero de 1976 salió el último soldado español del territorio de la entonces provincia 53 del Estado español. Llovió y mucho, desde aquella fecha en la que el Sahara Occidental pasó de ser una parte histórica y geográfica española, a convertirse en un asunto espinoso y difícil de digerir para la clase política, militar y empresarial de este país. Sin embargo, las huellas españolas en el desierto aún persisten. Ni el abandono, ni la descolonización inconclusa, ni el olvido, ni la inclemencia del tiempo, han podido borrar esa presencia. Pero sobre todo, ese vínculo ha perdurado gracias a las relaciones humanas; a las personas ajenas a las decisiones políticas y militares que se firmaron hace ahora 46 años. 

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© Ricard Jiménez

Pero esos nexos casi fraternales, entre los colonos y los autóctonos, superaron el tiempo. Durante los años más difíciles, algunos saharauis recibían, a través de periodistas o comisiones médicas, cartas de sus excompañeros del Tercio; o del Colegio de La Paz de El Aaiún; o de exnovias. Hubo quienes se esforzaron en no romper esa amistad. Y gracias a ese empeño y perseverancia, nació uno de los proyectos de solidaridad más bello y humano: Vacaciones en Paz. Un programa donde los hijos y nietos de aquellos, pudieron continuar ese hilo amical entre dos pueblos. 

Desde mediados de los años ochenta, cientos de niños y niñas saharauis son acogidos durante los meses de verano en casas de familias españolas solidarias. Y conforme pasaban los años, los contactos se reavivaron con más intensidad. Y volvieron los abrazos y los recuerdos de quienes compartieron vivencias, vasos de té e inolvidables veladas en las dunas. Pero esta vez, los reencuentros sucedieron en un desierto diferente, en un exilio: en unos campamentos de refugiados. Y hubo muchas ausencias. Algunos murieron en el frente de batalla contra Marruecos; otros desaparecieron. Pero los recuerdos seguían ahí. Y el Programa Vacaciones en Paz continuó, siendo una experiencia sin precedentes a nivel mundial. 

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© Ricard Jiménez

Cuando los niños saharauis regresaban de sus vacaciones, habiendo cumplido su misión de embajadores de su causa, si se juntaban en una misma jaima, si uno afinaba un poco el oído, podía adivinar, en qué región española habían estado esos muchachos. Una preciosa amalgama de ceceo, de agur, de bico; invadía la inocente conversación de quienes se habían beneficiado de esa solidaridad. La pena es que muchos de ellos, convertidos ahora en hombres, desde el pasado 13 de noviembre de 2020, tuvieron que empuñar de nuevo el fusil. Se reanudó la guerra. 

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© Ricard Jiménez

Y desde que comenzó el conflicto armado, muchos jóvenes de la comunidad saharaui en España se unieron a las filas del ejército saharaui. Una comunidad que siempre ha sentido ese aliento, cariño y empatía de la mayor parte de la sociedad española. Muchos de ellos regularizaron su situación, o han podido alquilar una casa, o que han tenido un empleo, gracias precisamente a personas que aman a los saharauis, y sienten una indescriptible indignación con lo que han hecho sus sucesivos gobiernos con los saharauis. No hay sitio donde hables del Sahara, que no encuentres a alguien, cuyo abuelo, primo, o él mismo, no haya hecho la mili en aquel Sahara español, o que al menos, le suene esa remota historia. Y que ese cordón umbilical perviva por mucho tiempo.