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El cierre del Estrecho de Ormuz, aprobado por el Parlamento iraní tras los bombardeos
estadounidenses, es algo más que un giro táctico en un conflicto regional. Es una advertencia brutal sobre cómo hemos diseñado el mundo: vulnerable, dependiente y gobernado por los pulsos de un barril de petróleo.
NO ES UNA CRISIS ENERGÉTICA: ES UNA CRISIS POLÍTICA
Por el Estrecho de Ormuz circulan más de 20 millones de barriles de crudo al día, según la EIA de EE.UU. (fuente oficial). Eso representa casi una quinta parte del consumo mundial. Pero lo importante no es solo la cantidad, sino lo que revela: la arquitectura global sigue construida sobre combustibles fósiles, dictaduras petroleras y chantajes militares.
Este cierre, si se ejecuta con el aval del Consejo de Seguridad iraní, no será una sorpresa estratégica, sino el resultado lógico de décadas de diplomacia ausente. Porque no estamos aquí por accidente. Estamos aquí porque las grandes potencias han renunciado sistemáticamente al multilateralismo para privilegiar el misil sobre la mesa de negociación. Porque se firmaron tratados solo para romperlos cuando el mercado lo pidió. Porque la guerra sigue siendo rentable.
Mientras Irán cierra el grifo, los mercados tiemblan y los especuladores brindan. La cotización del barril de Brent ha pasado de 60 dólares a mediados de mayo a más de 75 tras el ataque de EE.UU. (datos del 20 de junio). Pero lo que debería preocuparnos no es el coste del litro, sino la naturalidad con la que asumimos esta dinámica: bombardeas, sube el petróleo, inviertes, ganas.
¿Qué clase de mundo hemos fabricado en el que la paz se negocia con torpedos?
NO ES UN CONFLICTO REGIONAL: ES UN MODELO GLOBAL QUE HACE AGUA
Europa y Estados Unidos apenas importan petróleo por Ormuz —0,5 millones de barriles al día en el caso europeo, el 3,4% del total—, pero no por convicción ecológica, sino porque han diversificado su pillaje. Hoy, la presión la sufre Asia: China, India, Japón y Corea del Sur son quienes dependen masivamente del crudo que fluye por ese estrecho. Y esa dependencia los convierte en rehenes.
¿Cómo se explica que el 27% del petróleo que pasa por Ormuz vaya a China si no es por una geopolítica que sigue basada en la extracción, la exportación y el sometimiento? La diplomacia del siglo XXI no se negocia en Naciones Unidas, sino en los contratos energéticos. Y esos contratos son las verdaderas armas de destrucción masiva.
Arabia Saudí, Iraq, Irán, Emiratos y Kuwait también perderán miles de millones si el estrecho se cierra. Pero eso es solo la mitad del cálculo. La otra mitad es la doctrina del “daño compartido”: si tú me bombardeas, yo te asfixio a través del crudo. Ese es el nuevo orden mundial: un campo minado de interdependencias diseñadas no para la cooperación, sino para la extorsión mutua.
Mientras tanto, Europa presume de tener las reservas de gas al 55%, como si eso fuera una estrategia y no un parche. España, al 73%, se considera segura porque importa principalmente de EE.UU., Argelia y Nigeria (Boletín de Enagás). Pero ¿cuánto durará esa seguridad cuando la guerra dispare los precios, incluso para quienes no compran directamente por Ormuz?
Las economías del Norte global han convertido la energía en su punto débil más oculto. Dependientes, inestables, adictas al mismo petróleo que dicen querer sustituir. Y cada crisis como esta lo revela con más claridad: el chantaje energético funciona porque lo diseñamos para que funcionara.
EL VERDADERO CIERRE NO ES EL DE ORMUZ: ES EL DEL FUTURO
Este nuevo episodio del eterno retorno geopolítico nos enfrenta a una paradoja letal: la tecnología avanza, pero la política retrocede. Tenemos capacidad técnica para transitar a un modelo pospetróleo, pero no voluntad política. La transición energética no se retrasa por falta de innovación, sino por exceso de cobardía.
Seguimos financiando dictaduras a cambio de crudo, legitimando guerras por oleoductos y normalizando que cada barril tenga un coste en vidas humanas. Lo hizo Bush con Irak. Lo hizo Obama con Libia. Lo hizo Trump con Siria. Lo hace Biden en silencio, mientras Israel intensifica su ofensiva. Y ahora lo repite Trump con Irán, como si el mundo fuera una grabación en bucle.
No habrá salida si no se rompe esta lógica. No bastan las energías renovables si no desmontamos también el sistema que las encapsula en una economía de guerra. No bastan los acuerdos si los firmantes son los mismos que diseñan los próximos bombardeos. No bastan los gestos si seguimos permitiendo que el petróleo dicte quién vive, quién muere y quién manda.
El problema no es que cierren Ormuz. El problema es que llevamos décadas sin abrir los ojos.
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