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Un documento filtrado revela cursos militares sobre propaganda, guerra psicológica, desinformación y manipulación digital coordinados bajo las directrices del Gobierno israelí
LA PROPAGANDA COMO DOCTRINA DE ESTADO
Israel lleva años denunciando cualquier crítica internacional como “desinformación”, “antisemitismo” o “guerra narrativa”. Ahora sabemos algo más incómodo. Mucho más incómodo. Mientras el Gobierno israelí exige credibilidad absoluta para sus portavoces, su propio Ministerio de Defensa llevaba al menos desde julio de 2025 organizando un programa sistemático para entrenar soldados y personal de seguridad en operaciones psicológicas destinadas a “influir en la conciencia pública” tanto dentro de Israel como en el extranjero.
No es una teoría conspirativa. No es una filtración anónima en Telegram. Es una licitación oficial obtenida por el medio israelí The Hottest Place in Hell y publicada junto a +972 Magazine. Un documento burocrático. Frío. Preciso. El tipo de documento que solo redacta un Estado cuando ya considera normal convertir la manipulación masiva en una política pública más.
El programa incluía cursos sobre propaganda, guerra psicológica, recopilación de inteligencia para campañas de influencia, segmentación de audiencias y entrenamiento de influencers. Sí, influencers. Porque en 2026 la propaganda ya no se parece a los viejos carteles de guerra. Ahora lleva filtros de Instagram, subtítulos virales y apariencia de periodismo neutral.
Y lo más grave quizá no sea eso. Lo más grave es el enfoque ofensivo del programa. El propio documento distingue entre operaciones defensivas y operaciones destinadas activamente a alterar comportamientos, percepciones y creencias de poblaciones objetivo. Manipular. Esa es la palabra. Aunque en los despachos militares prefieran envolverla en expresiones clínicas.
Uno de los cursos enseñaba técnicas “Black Hat”, un término asociado normalmente a actividades que esquivan normas digitales y protocolos contra ciberdelitos. El documento describe el objetivo con bastante claridad: “distribuir y promocionar contenido ilegítimo usando herramientas tecnológicas que eludan Facebook y Google”. Ni siquiera intentan disimular demasiado. Hablan directamente de saltarse controles de plataformas para amplificar contenidos manipulados.
Mientras tanto, gran parte de la prensa occidental sigue repitiendo que Israel es “la única democracia de Oriente Medio”. Como si una democracia sana necesitara formar especialistas en operaciones psicológicas internacionales coordinadas desde el aparato militar.
El plan contemplaba ocho cursos anuales, con capacidad para unas 320 personas expertas en influencia cada año. No hablamos de una iniciativa improvisada durante una crisis puntual. Hablamos de estructura. De continuidad. De institucionalización. De convertir la manipulación informativa en una rama más del aparato de seguridad nacional.
DEEPFAKES, “FACT-CHECKING” Y GUERRA CULTURAL
El programa iba todavía más lejos. Mucho más. Los cursos incluían módulos sobre “fundamentos de guerra psicológica, propaganda, engaño, legitimidad y diplomacia pública”. También sobre deepfakes, narrativas, imágenes de impacto y análisis cultural de audiencias extranjeras. El objetivo era estudiar códigos sociales, sensibilidades políticas y contextos culturales para fabricar mensajes más eficaces y penetrantes.
Es decir: no solo quieren influir. Quieren aprender exactamente cómo hacerlo según el país, la cultura y la sensibilidad de cada sociedad.
Todo esto bajo las “expectativas y consideraciones” del poder político israelí. El propio documento lo especifica varias veces. Las operaciones se desarrollan siguiendo las directrices del Gobierno. Del Gobierno. No de una empresa privada descontrolada. No de cuatro ultras en internet. Del Estado.
Y aquí aparece otra cuestión especialmente turbia: la colaboración académica. La licitación estaba abierta a universidades acreditadas por el Consejo de Educación Superior israelí. Los docentes debían tener doctorados o experiencia profesional en influencia, seguridad, terrorismo, comunicación de masas o comunicación digital. La frontera entre academia, inteligencia y propaganda cada vez parece más difusa. Más contaminada.
Algunas formaciones se impartían en inglés para “socios extranjeros” cuya identidad no aparece en el documento. Eso debería disparar todas las alarmas democráticas posibles. Porque significa que Israel no solo exporta armas, software de espionaje o tecnología militar. También exporta metodologías de manipulación política y psicológica.
El Ministerio decidió que los cursos fueran oficialmente “no clasificados” para permitir la participación de entidades extranjeras. Pero incluso así imponía fuertes medidas de confidencialidad: los profesores civiles no podían conocer la identidad completa del alumnado ni sus vínculos con inteligencia militar. Apenas recibirían nombres de pila. Como si hasta ellos mismos supieran que lo que estaban construyendo necesitaba compartimentos estancos.
El documento también revela cómo estas operaciones se integran directamente con sistemas de inteligencia militar. La lógica es brutal. Primero recopilan datos sobre una población. Después diseñan mensajes adaptados a sus emociones, miedos y códigos culturales. Luego miden en tiempo real si la manipulación funciona. Y si no funciona, reajustan el mensaje.
Un circuito cerrado de ingeniería social alimentado por inteligencia militar.
La respuesta oficial del ejército israelí fue casi insultante por su cinismo. Un portavoz aseguró que se trata simplemente de un “curso académico” orientado al “enriquecimiento personal” de quienes trabajan en tareas de influencia y conciencia dentro de las Fuerzas Armadas. Enriquecimiento personal. Como si enseñar técnicas para eludir plataformas digitales y distribuir contenido ilegítimo fuera comparable a hacer un máster de marketing.
El problema es que ya existen antecedentes documentados. Una investigación previa de The Hottest Place in Hell reveló que entre octubre de 2023 y diciembre de 2024 la unidad de portavocía del ejército israelí llevó a cabo una operación psicológica disfrazada de organización periodística de fact-checking sobre la guerra en Gaza. Se publicaron vídeos favorables al ejército sin transparencia sobre su origen y se movilizó a influencers israelíes e internacionales para repetir mensajes diseñados directamente por el aparato militar.
Ahora entendemos que aquello no era una excepción. Era el ensayo visible de una maquinaria mucho más grande.
Y quizá esa sea la parte más peligrosa de toda esta historia: que la propaganda ya no se limita a ocultar bombas o justificar masacres. Ahora busca colonizar el propio concepto de realidad. Convertir la manipulación en rutina. Hacer que millones de personas duden incluso de sus propios ojos mientras las guerras se retransmiten en directo.
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