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Ni la sangre, ni los muertos, ni el colapso económico. Lo único que importa sigue siendo el barril.
LA RUTA DEL CRUDO, LA MENTIRA DE LA SEGURIDAD
Otra vez el petróleo. Otra vez la guerra. Otra vez la excusa.
El ataque de Estados Unidos a las instalaciones nucleares iraníes y la posterior respuesta del Parlamento de Irán —con el voto a favor del cierre del Estrecho de Ormuz, por donde transita el 20% del crudo mundial— activan una alarma que no es nueva, pero sí cada vez más impune.
El estrecho, una franja de apenas 33 kilómetros de ancho entre Omán e Irán, se convierte de nuevo en el eje de la geopolítica global. Según la Agencia de Información Energética de EE.UU. (EIA), más de 20 millones de barriles diarios atravesaron ese paso en el primer trimestre de 2025. Sin él, no hay petróleo barato. Sin él, los mercados tiemblan. Y con él cerrado, se abre la puerta a la justificación perfecta para matar sin pestañear.
Pero no hay novedad aquí. El libre tránsito de hidrocarburos siempre ha sido la excusa dorada para despliegues militares, sanciones, ocupaciones y bombardeos. Se invoca la “seguridad energética” como si fuera un derecho divino, cuando no es más que el disfraz moral del saqueo moderno.
Las guerras por petróleo no se explican con ideologías, sino con mapas logísticos y cotizaciones bursátiles. Si el barril sube, la violencia se normaliza. Si los flujos se alteran, los generales sonríen.
EL NEGOCIO DE LA DESTRUCCIÓN
Cada vez que se bombardea una refinería, sube Wall Street. Cada vez que se cierra un estrecho, florece el Nasdaq. Cada vez que se mata por petróleo, alguien cobra un bono.
Mientras los medios de comunicación repiten el mantra de los «ataques quirúrgicos», el crimen se consolida como norma. El asesinato masivo se disfraza de estabilidad. Y todo se reviste de una retórica tan sofisticada como vacía: “prevención”, “disuasión”, “equilibrio”.
Lo llaman defensa. Es saqueo. Lo llaman intervención. Es pillaje. Lo llaman civilización. Es el crimen más rentable del capitalismo global.
Según Reuters, la aprobación del Parlamento iraní todavía necesita el respaldo del Consejo Supremo de Seguridad. Pero poco importa el trámite. La amenaza ya es moneda de cambio. La tensión está servida. Y los mercados, como siempre, reaccionan con subidas de precio. En menos de un mes, el barril ha pasado de 60 a más de 75 dólares, sin que haya estallado aún un conflicto abierto. Solo basta el miedo.
El 90% del petróleo que cruza el estrecho no va ni a Europa ni a Estados Unidos. China, India, Corea del Sur y Japón son los principales destinatarios. Pero Washington reacciona como si se le escapara el alma. ¿Por qué? Porque aunque no reciba los barriles, los controla. Y quien controla la llave del crudo, impone su ley al mundo entero.
Lo decía Kissinger con brutal honestidad: “Si controlas el petróleo, controlas naciones”. Lo que no dijo es que ese control se consigue con bombas, no con urnas.
Y mientras tanto, Europa calla. No porque no sepa, sino porque forma parte de la arquitectura del silencio. Mientras Alemania almacena gas y España presume de reservas al 73%, la maquinaria se prepara para justificar lo injustificable. Otra vez. Como si Libia, Irak, Siria o Venezuela no hubieran existido. Como si los millones de cadáveres fueran estadísticas pasajeras.
Ya no hace falta ni mentir con esmero. Basta un titular ambiguo, una rueda de prensa con corbata y una excusa vieja. Porque la guerra por petróleo se ha convertido en una rutina de despacho, en un crimen perfecto sin culpables, sin duelo y sin memoria.
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