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La victoria del SDP y el desplome del Partido de los Finlandeses evidencian el hartazgo popular con el austericidio y el odio institucionalizado
Finlandia fue este 13 de abril el escenario de un revés político sonoro que deja en evidencia las grietas de un gobierno ahogado por su propia agenda antisocial. En unas elecciones municipales y de condado donde se eligieron a miles de representantes locales, el Partido Socialdemócrata (SDP) logró el 22,5% de los votos, avanzando 3,2 puntos respecto a 2022, mientras que el ultraderechista Partido de los Finlandeses se desplomó con un humillante 7,8%, perdiendo 3,3 puntos y casi la mitad de su apoyo en algunas localidades.
Una paliza electoral que no solo refleja el rechazo a las políticas del actual Ejecutivo conservador, sino también la crisis interna de una ultraderecha agotada, deslegitimada y atrapada en su propia retórica de odio, incapaz de gestionar cuando llega al poder.
La participación se mantuvo en cifras aceptables para un doble proceso electoral: el 54,2% en municipales y el 51,7% en condado. El recuento, más lento de lo habitual, puso aún más en evidencia el contraste entre unas regiones que votaban desde la esperanza y otras desde el castigo.
Mientras la socialdemocracia celebraba haber superado sus últimos reveses electorales, la líder del Partido de los Finlandeses y actual ministra de Finanzas, Riikka Purra, admitía el fracaso sin matices: “Los números son terribles, y no hay forma de justificarlo”.
El SDP no solo venció en la mayoría de municipios, sino que también lideró las elecciones de los 21 consejos regionales que gestionan la sanidad y los servicios sociales fuera de Helsinki, los sectores más amenazados por los recortes del gobierno. En ciudades como Tampere, los votantes eligieron por primera vez a un alcalde socialdemócrata, Ilmari Nurminen, arrebatando el poder al Partido de la Coalición Nacional (NCP), del primer ministro Petteri Orpo.
EL AUSTERICIDIO NO SALE GRATIS: UNA COALICIÓN EN RUINAS
Las cifras no engañan. El NCP cae al 20,4% (-1,2 puntos) y, aunque mantiene un segundo puesto simbólico, pierde feudos clave como Turku o Helsinki frente a un bloque progresista que resiste y se reorganiza. Mientras, los socios de gobierno se hunden uno tras otro: el Partido de los Finlandeses se desploma, los Demócratas Cristianos se quedan en un 4,8% y el Partido Popular Sueco apenas mantiene un 5%.
Las razones son tan claras como evitables. La derecha gobernante ha optado por una agenda de recortes sanitarios, recentralización y desprecio por las periferias que ha castigado a las clases trabajadoras. En muchos municipios donde el voto a los ultras había sido fuerte, la eliminación de servicios hospitalarios y el abandono de los servicios públicos han sido la puntilla. El castigo popular ha sido directo, inequívoco, democrático.
Mientras los portavoces conservadores hablaban de “resultados sólidos”, la izquierda avanzaba con paso firme y sin maquillaje. La Alianza de Izquierda subió al 9,1% (+1,1) y su líder, Minja Koskela, no dudó en señalar la responsabilidad directa del Ejecutivo: “No han hecho nada que genere confianza. Solo hemos visto bloqueos, sabotaje institucional y espectáculo ideológico”.
Por su parte, Los Verdes también lograron mejorar sus previsiones más pesimistas y alcanzaron el 9,1% (+1,7). Para su líder, Sofia Virta, no hay duda de que se trata de “una victoria defensiva” en un contexto hostil para el ecologismo europeo.
El centro, representado por el Partido del Centro de Finlandia (19,4%, +0,2), ha logrado sacar rédito a su base rural. Su líder, Antti Kaikkonen, se apresuró a prometer que protegerán los servicios de atención a mayores. La gran pregunta es: ¿a qué precio pactarán si se ven llamados a apuntalar un gobierno en decadencia?
Esta elección ha fracturado el relato triunfalista de una derecha que se creía invencible y ha puesto en evidencia la desconexión entre el discurso neoliberal de los despachos y las necesidades reales de los pueblos y barrios.
El modelo fallido de los recortes, los pactos con la extrema derecha y el abandono de los servicios esenciales ya no cuela. Ni siquiera en un país como Finlandia, históricamente ejemplo de consenso y estabilidad institucional, se puede sostener un proyecto que erosiona lo público, excluye a la población migrante y hace bandera del miedo y la división.
En palabras de Lindtman, líder del SDP: “El resultado es algo que no me habría atrevido a soñar”. Y sin embargo, no es un sueño: es una señal de que el viento gira. De que el castigo electoral es posible. De que hay alternativas. De que se puede vencer.
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