En el PP todo el mundo sabe qué ocurre cuando alguien cuestiona el poder sanitario y político de Ayuso. Casado fue el aviso. Feijóo es la advertencia silenciosa.
EL MIEDO A AYUSO Y EL RIGOR QUE NADIE SE ATREVE A MIRAR DE FRENTE
El escándalo del 4 de diciembre dejó pocas dudas. Un audio interno revelaba a Pablo Gallart, CEO de Ribera Salud en el Hospital de Torrejón, ordenando aumentar las listas de espera, reducir cirugías y rechazar pacientes no rentables para mejorar beneficios. La rentabilidad por encima de la salud, dicho con claridad por quien dirige un hospital público gestionado de forma privada. La consecuencia lógica de un modelo que se vende como eficiente mientras precariza la atención.
Entonces apareció Alberto Núñez Feijóo, pidiendo una auditoría “con absoluto rigor”. Pero su gesto tenía un temblor antiguo. Cada vez que Feijóo sugiere que algo huele mal en la sanidad madrileña, se le dibuja la sombra de Pablo Casado, el único dirigente del PP que se atrevió a cuestionar públicamente a Ayuso. Su carrera duró exactamente un día después de hacerlo.
Ese recuerdo funciona en el partido como doctrina interna. Quien señala el negocio sanitario madrileño no pierde un debate, pierde su futuro. Casado no cayó por un error, cayó por tocar el nudo que sostiene el poder de Ayuso. Y Feijóo conoce esa historia demasiado bien como para repetirla. Por eso critica sin rozar. Insinúa sin acusar. Exige rigor sin nombrar a quien controla el modelo que produce estas prácticas.
Mientras advierte de potencial “responsabilidad penal” del CEO, Feijóo aclara que sus “compañeros” madrileños gestionan todo “con rigor”. Es el equilibrio que el PP se ha impuesto desde aquella purga interna: condenar la evidencia sin molestar al origen. El partido se indigna ante un síntoma y protege a quien diseña la enfermedad.
La Consejería de Sanidad repite su libreto habitual. Pide reuniones, promete controles y evita cualquier autocrítica. Un protocolo político tan automático como las listas de espera que crecen al ritmo marcado por las empresas. Madrid opera como un laboratorio donde la privatización se confundió con ideología y la ideología con impunidad.
EL MODELO QUE SE LUCRA DE LA ESPERA Y QUE EL PP TEME NOMBRAR
La dimisión pactada de Gallart pretende cerrar el escándalo con una puerta administrativa. Ribera Salud asegura que actúa por “ética” mientras se audita a sí misma. La escena es tan transparente que apenas necesita interpretación: un grupo que mueve 2.747 millones de euros en 2024 y que controla 69 sociedades sanitarias no cae por un audio, solo se reorganiza.
Su capacidad de expansión explica el silencio de tantas administraciones. Centros comprados en Zaragoza, Gijón, A Coruña o Valencia muestran que el negocio de la salud privada no solo está vivo, sino blindado. El incentivo empresarial es la lista de espera. El beneficio nace del deterioro público. Y Madrid ha convertido esa lógica en su seña de identidad.
Cuando Feijóo exige rigor, no está denunciando un exceso. Está intentando contener un incendio sin señalar a quien juega con cerillas. La cara de Casado reaparece porque Casado fue el último en decir lo obvio: que el poder de Ayuso no admite auditoría política.
El resultado es este. Un líder que habla como si quisiera arreglar algo, pero lo hace con la prudencia de quien conoce el coste de cruzar el umbral prohibido. Un partido que amaga con investigar sin tocar el origen del problema. Y una presidenta que ve cómo todo se sacrifica antes que cuestionar su modelo.
En el PP el negocio sanitario no se discute. Se acata. Y quienes olvidan esa norma suelen descubrirlo demasiado tarde.
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