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La exclusión deliberada de Líbano del alto el fuego revela una estrategia que convierte la destrucción en política sistemática
La supuesta tregua anunciada entre Estados Unidos e Irán ha durado lo que tarda en caer una bomba sobre un barrio civil. Mientras se vendía una desescalada en Oriente Medio, Israel dejaba claro desde el primer momento que Líbano no formaba parte de ese acuerdo. La ambigüedad inicial no fue un error, sino una oportunidad: en cuestión de horas, el ejército israelí lanzó la mayor ofensiva sobre territorio libanés desde el inicio de la actual escalada a principios de marzo.
El resultado ha sido inmediato y devastador. Más de 250 personas asesinadas y 1.160 heridas en una sola noche, tras un ataque coordinado de apenas 10 minutos que golpeó más de 100 objetivos en todo el país. Beirut volvió a convertirse en un mapa de escombros, con equipos de emergencia buscando cuerpos entre edificios derruidos el 8 de abril. No se trata de un episodio aislado, sino de la consolidación de una doctrina: convertir la destrucción masiva en herramienta política.
Tal y como recoge el análisis sobre la ofensiva israelí que ha desplazado a más de 1,2 millones de personas en Líbano, el patrón es reconocible. Se repite el mismo esquema aplicado en Gaza: bombardeos intensivos, órdenes de evacuación masivas y colapso deliberado de infraestructuras civiles. El objetivo no es únicamente militar. Es territorial, demográfico y psicológico.
Mientras tanto, Donald Trump ha respaldado explícitamente la decisión de excluir a Líbano del alto el fuego, consolidando una posición que deja a la población civil fuera de cualquier marco de protección. La diplomacia se convierte así en una herramienta selectiva: se negocia donde conviene y se bombardea donde no molesta.
LA NORMALIZACIÓN DE LA GUERRA CONTRA CIVILES
Desde el 2 de marzo, Israel ha matado a más de 1.500 personas en Líbano, incluyendo al menos 130 niños y niñas. Estas cifras no incluyen la última ofensiva, lo que evidencia una escalada constante que no distingue entre objetivos militares y población civil. La excusa oficial apunta a la presencia de Hizbulá, pero los impactos sobre barrios densamente poblados, mercados y zonas residenciales muestran otra realidad: la guerra se libra sobre la vida cotidiana de las y los civiles.
El propio ejército israelí ha reconocido que no alertó previamente a la población en los ataques más recientes, alegando que “el factor sorpresa es relevante”. Esta afirmación revela una lógica militar que prioriza la eficacia destructiva sobre cualquier principio humanitario. No es una anomalía. Es una decisión consciente.
En hospitales como el de Tiro, las escenas se repiten. Personal sanitario desbordado, cuerpos mutilados, familias enteras heridas tras regresar a sus hogares creyendo que la tregua ofrecía una mínima seguridad. Una doctora de Médicos Sin Fronteras relató el caso de una niña de 7 años con heridas abiertas en la cara y el cráneo, llamando a sus padres entre lágrimas. No hay retórica que pueda maquillar esa imagen.
El sistema sanitario libanés, ya debilitado por semanas de bombardeos, se encuentra al borde del colapso. Decenas de centros han sido alcanzados, especialmente en el sur del país, donde Israel mantiene órdenes de evacuación que afectan a unas 600.000 personas. La estrategia es clara: vaciar el territorio de población civil para facilitar su control militar.
UNA ESTRATEGIA REGIONAL BASADA EN EL CAOS
La ofensiva no solo golpea a Líbano. Amenaza con dinamitar cualquier intento de estabilidad en toda la región. Irán ya ha advertido que considera estos ataques una violación del alto el fuego, y ha dejado claro que la respuesta está sobre la mesa. El mensaje es directo: no puede haber tregua parcial en un conflicto interconectado.
Desde Egipto hasta Naciones Unidas, las voces internacionales coinciden en señalar que Israel está saboteando activamente los esfuerzos diplomáticos. Se habla de una “intención premeditada” de frustrar la desescalada. Pero más allá de las declaraciones, la realidad es otra: no existe ningún mecanismo efectivo para frenar esta dinámica.
El Gobierno libanés ha denunciado que las violaciones del alto el fuego firmado en noviembre de 2024 han sido constantes, sin consecuencias para Israel. Durante 15 meses, el acuerdo ha sido ignorado sistemáticamente. La ofensiva actual no rompe una tregua sólida, sino que confirma que nunca existió una voluntad real de respetarla.
En paralelo, Israel ha anunciado su intención de ocupar una amplia franja del sur del país para crear una “zona de seguridad”. En la práctica, esto implica la expulsión masiva de población y la destrucción de sus medios de vida. Es el mismo modelo aplicado en Gaza, ahora exportado a Líbano sin disimulo.
Para entender hasta qué punto esta lógica se ha normalizado, basta con observar el discurso oficial: el ministro de Defensa israelí ha reconocido abiertamente que se está aplicando el “modelo de Gaza”. Es decir, la devastación sistemática como método de control territorial.
En este contexto, el relato de la tregua se convierte en una ficción útil. Sirve para tranquilizar a la opinión pública internacional mientras la violencia se desplaza geográficamente. No se detiene. Se redistribuye.
El resultado es un escenario en el que más de 1,2 millones de personas desplazadas quedan atrapadas entre promesas diplomáticas vacías y bombardeos constantes. Una guerra que no se declara como tal, pero que se ejecuta con precisión.
El vídeo Alto el fuego… ¿y Líbano? resume esa contradicción con crudeza: se anuncia la paz mientras se amplía el campo de batalla.
No es un fallo del sistema, es el sistema funcionando exactamente como fue diseñado.
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