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Una ganga nunca es una ganga cuando lo que se subvenciona es el colapso social, ecológico y cultural de un país entero.
EL COSTE QUE NO APARECE EN NINGÚN BILLETE
El algoritmo me ofrece un vuelo de Iberia por 110 euros entre Estados Unidos y España. Un precio diseñado para tentar a cualquiera. Pero detrás de esa cifra hay un modelo económico que se sostiene sobre subsidios públicos, precarización laboral y un consumo energético incompatible con la vida en común. Lo barato, en aviación, no es un milagro: es un agujero negro que alguien tiene que rellenar.
Las aerolíneas sobreviven gracias a ayudas estatales, a combustibles subvencionados y a salarios que no compensan la intensidad ni la temporalidad del trabajo. Las y los trabajadores cargan con la factura que las compañías convierten en gangas. Una operación quirúrgica para que el pasaje pague menos mientras el sector público y las plantillas pagan más.
El espejismo encaja perfectamente en la España del verano de 2025, año en que el Estado recibió casi 100 millones de turistas internacionales. Cifra récord, pero también gasolina para un movimiento local que se ha hartado de aguantar un país que ya no vive: se alquila por temporadas. España se ha convertido en un escaparate global con barrios enteros convertidos en decorado, precios disparados y una identidad doblada para acomodar visitantes. El turismo masivo no derrama riqueza: la derrama fuera, mientras exprime a quien vive dentro.
El trabajo que sostiene toda esta estructura es, en su mayoría, precario. Contratos temporales, sueldos que oscilan como una montaña rusa y un acceso cada vez más limitado a derechos sociales. La realidad turística habla de supervivencia estacional. Las y los trabajadores aguantan el verano, y después llega el invierno: los ingresos se desmoronan, pero el alquiler no baja. Ahí aparecen los efectos más duros del modelo: desigualdad creciente, expulsión residencial, aumento de la ocupación por necesidad y una élite que multiplica beneficios sin pisar el país salvo para firmar escrituras.
Culturalmente, la erosión es silenciosa pero profunda. Los carteles se anglicanizan. Las siestas, que eran una forma de vida, se reconfiguran para no molestar a quien viene a consumir. Los turistas desconocen, o ignoran, las luchas históricas por derechos laborales y normalizan prácticas importadas, como el sobreprecio convertido en propina obligatoria. El ruido, la espectacularización y la falta de códigos de convivencia hacen el resto. No es que las comunidades reciban a turistas, es que los turistas reformatean a las comunidades.
EL PLANTATIONOCENO: EL TURISMO COMO RÉGIMEN EXTRACTIVO
El impacto ambiental es devastador. No solo por el carbono de un vuelo transatlántico: por el conjunto de infraestructuras, energías y transformaciones que exige sostener a millones de visitantes temporales. España consume hoy tres veces su capacidad biológica. Cada año se aleja más de un equilibrio posible. Y la crisis energética del 28 de abril, cuando un apagón dejó en evidencia un sistema eléctrico tensionado hasta el límite, mostró que el país no puede crecer indefinidamente a este ritmo. A nadie se le ocurre señalar lo obvio: el problema no es la falta de energía, es el exceso de demanda.
A esto se suma el avance del hormigón sobre plazas, parques, costas y montes. Los llamados “terceros espacios” —lugares informales de encuentro, cultura y vida comunitaria— desaparecen bajo la fiebre del ladrillo turístico. En el campo, hoteles y urbanizaciones colonizan ecosistemas enteros, desplazando fauna, destruyendo ciclos naturales y sustituyendo biodiversidad por escenografías artificiales. El dato lo confirma: según un estudio publicado en Nature en 2020, la masa producida por humanos está a punto de superar toda la biomasa viva del planeta. El turismo masivo no mira paisajes: los consume.
En las ciencias ambientales ya circula un concepto que lo resume todo: Plantationoceno. No se trata solo de una era geológica, sino de un modelo económico basado en la extracción total. Llegar, agotar, marcharse. Dejar atrás un territorio devastado y pasar al siguiente. Las plantaciones monocultivo ya no son solo agrícolas: son destinos turísticos que se popularizan, se saturan y se desploman.
De Barcelona a Venecia. De Tokio a Porto. De México DF a Islandia. De Tailandia a la Patagonia. La historia se repite: explotación masiva, colapso ambiental, expulsión vecinal, deterioro cultural, ruina futura. Cada vuelo barato es una ficha más en un dominó global que se cae siempre sobre la misma gente.
El capitalismo se sostiene sobre siete engranajes de abaratamiento: naturaleza, dinero, trabajo, cuidados, comida, energía y vidas. Todo debe ser barato para que alguien más se enriquezca. Nada es casual. Nada es inocente. La baratura es un arma política, no un beneficio social.
Y ahí es donde la pregunta se vuelve incómoda. Si un vuelo cuesta 110 euros, ¿quién está asumiendo la diferencia entre ese precio y la destrucción que genera? La respuesta es clara: quienes viven en los territorios que se explotan, quienes trabajan en las cadenas que sostienen el negocio, quienes perderán su hogar bajo un mercado inmobiliario sobredimensionado, quienes respirarán el aire sobrecalentado de un país que ya cruza umbrales climáticos imposibles.
Al final, lo barato sale muy caro. Tan caro que lo estamos pagando con nuestro futuro.
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