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El Gobierno alemán habla de estabilizar Gaza mientras alimenta la maquinaria que la destruye.
LA RENUNCIA A LA LEGALIDAD INTERNACIONAL
Hay decisiones que no sorprenden porque llegan precedidas de meses de maniobras, globos sonda y cálculos electorales. La del Gobierno alemán, al reanudar desde el 24 de noviembre las transferencias de armas a Israel para su uso en la Franja de Gaza ocupada, pertenece a esa categoría siniestra de movimientos que se anuncian con antelación moral. Lo llamaron suspensión parcial, un término que ya escondía una trampa. Hoy se confirma. Berlín vuelve a abrir el grifo de un suministro bélico que en apenas un año y medio ha superado los 485 millones de euros en licencias, solo entre el 7 de octubre de 2023 y el 12 de mayo de 2025. Entre ese material había armas antitanque y componentes críticos para los tanques Merkava, utilizados en la devastación de Gaza.
La directora de Investigación, Incidencia, Política y Campañas de Amnistía Internacional, Erika Guevara Rosas, lo ha descrito sin rodeos. La decisión es irresponsable e ilícita. Porque no se trata de una diferencia diplomática o de un matiz técnico. Se trata de favorecer a un Estado que, según la Corte Internacional de Justicia, mantiene una ocupación ilegal en Cisjordania y Gaza, y que en julio de 2024 recibió un pronunciamiento claro sobre su obligación de cesar esas violaciones. La Asamblea General de la ONU ratificó aquel fallo. Alemania lo sabe. Y aun así, decide mirar hacia otro lado.
El gesto no se produce en el vacío. En agosto de 2025, el canciller Friedrich Merz anunció un embargo parcial como respuesta a los planes de Benjamin Netanyahu de “tomar el control” de la ciudad de Gaza, donde cerca de un millón de palestinas y palestinos sobreviven en condiciones inhumanas. La suspensión parcial era insuficiente, pero era una señal. Hoy, simplemente, se deshace.
La narrativa oficial es un insulto a la inteligencia colectiva. Berlín asegura que la reanudación se hace en nombre del “alto el fuego” y la “estabilización”. Hablar de estabilización mientras se envían armas a un ejército que mantiene sitiada, hambrienta y bombardeada a la población palestina es un acto de absoluta hipocresía. Es también una invitación abierta a que Israel continúe con su ofensiva, su política de castigo colectivo y su desprecio frontal al derecho internacional humanitario.
FACILITAR UN GENOCIDIO
Alemania no es un actor secundario. Es el segundo proveedor de armas de Israel, solo por detrás de Estados Unidos. Cuando suspende envíos, aunque sea de forma parcial, ejerce presión real. Cuando los reanuda, también. Y el mensaje que lanza hoy es inequívoco: las violaciones de derechos humanos, el apartheid y el genocidio no tendrán consecuencias si quien los comete es un aliado estratégico en Oriente Próximo.
Amnistía Internacional ha sido contundente. Alemania no solo incumple sus obligaciones como Estado Parte del Tratado sobre el Comercio de Armas. También vulnera su deber jurídico de prevenir, no facilitar y castigar el genocidio, así como su obligación general de garantizar el respeto del derecho internacional humanitario. Los gobiernos que siguen suministrando armas a Israel están participando materialmente en la cadena que hace posible la devastación de Gaza.
La postura alemana abre una vía peligrosa para otros Estados que podrían verse tentados a imitarla. La presión internacional sobre Israel ya era débil. Con este gesto, Berlín anuncia que la impunidad es rentable. Que basta con esperar unos meses para que las líneas rojas se desvanezcan. Que los principios pueden suspenderse como se suspende una licencia de exportación. Y que el sufrimiento de una población entera puede normalizarse si la geoestrategia así lo exige.
Alemania insiste en que revisará las autorizaciones “caso por caso”. Como si existiera un caso aceptable para enviar armamento a una potencia ocupante mientras mantiene un asedio que ha desplazado a la mayoría de la población, restringe ayuda humanitaria y cierra el paso a suministros esenciales. No hay caso por caso en un genocidio. Hay complicidad o hay ruptura.
El problema no es solo la decisión. Es el mensaje. Es la caída de una máscara. Es la constatación de que incluso los Estados que se presentan como guardianes de la legalidad internacional participan en su erosión cuando lo consideran oportuno. Gaza sigue bajo escombros. La población sigue desplazada, enferma, hambrienta. Y mientras tanto, Berlín opta por reforzar a quienes mantienen esa situación.
La historia recordará quién envió armas cuando lo que se necesitaba era justicia.
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