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Cuando Trump dice salvar vidas, tiemblan los pueblos que ya han probado su idea de salvación.
UN LIDERAZGO NACIDO DE LA AMENAZA
Donald Trump volvió a colocarse este en el lugar donde más cómodo se encuentra, el del perdonavidas que se pasea por el mundo ofreciendo diálogo con una mano y mostrando el gatillo con la otra. Ante un grupo de periodistas en Washington, el presidente de Estados Unidos aseguró que está dispuesto a hablar con Nicolás Maduro para evitar que la escalada militar entre ambos países desemboque en un enfrentamiento abierto. Lo dijo con esa mezcla de grandilocuencia y desprecio que le caracteriza. Si podemos salvar vidas, está bien, repitió. Un mantra que solo parece activar cuando esas vidas sirven para justificar un movimiento geopolítico que favorezca a Washington.
Apenas veinticuatro horas antes, fuentes de la Casa Blanca filtraron a Axios que Trump prepara una llamada con el presidente venezolano. No hay fecha concreta. No hay plan claro. Hay, como siempre, un gesto calculado para situarse en el centro del escenario. La política exterior estadounidense convertida en show de vaqueros, donde se promete paz mientras se acumulan portaaviones en el Caribe y se legitiman sanciones que llevan años destruyendo el tejido económico venezolano.
El presidente lo dejó claro sin rubor. Puede ir por las buenas o puede ir por las malas. El mensaje no necesita traducción. Va dirigido tanto al Gobierno de Venezuela como a quienes en América Latina aún esperan un atisbo de moderación por parte de Washington. Trump mantiene la retórica del sheriff que no negocia, solo ordena. Es una diplomacia que reduce a los pueblos a peones y que presenta la fuerza militar como herramienta humanitaria.
Mientras la tensión crece, el chavismo movió ficha. El propio Maduro arengó a sus bases recordando que esta es una coyuntura decisiva y que está prohibido fallar. Un mensaje que revela la gravedad del momento y la fragilidad de un entorno regional siempre sometido al péndulo de la presión estadounidense.
EL IMPERIO Y EL DISCURSO DE LA PIEDAD
Hay que remontarse décadas para encontrar un patrón distinto. Estados Unidos ha intervenido política y militarmente en América Latina justificándolo siempre con los mismos argumentos: libertad, democracia, vidas que deben ser salvadas. El siglo XXI no ha cambiado los códigos, pero sí ha actualizado los métodos. Ya no hacen falta marines desembarcando. Bastan sanciones financieras, operaciones encubiertas, reconocimientos exprés de líderes autoproclamados y declaraciones teatrales desde la Casa Blanca.
Trump es la versión desinhibida de esa larga tradición. Representa un imperialismo que ha perdido la vergüenza y que se permite hablar de salvar vidas mientras alimenta conflictos que empobrecen y desestabilizan a millones. En ese marco, Venezuela siempre fue un objetivo prioritario. Primero por su petróleo, después por su peso simbólico en la región, y finalmente por la utilidad electoral de un enemigo externo.
La oferta de diálogo, presentada como gesto de humanidad, es parte de ese relato. Trump necesita aparecer como figura indispensable en medio de la escalada militar que él mismo ha intensificado. Se ofrece como salvador después de incendiar la pradera, con el cinismo del empresario que provoca un problema para luego vender la solución a precio de oro.
No es casual que sus palabras lleguen en vísperas de una posible nueva fase de movilización militar en la zona. Tampoco es casual que se hable de una llamada pero no se concrete. Cada incertidumbre genera presión política sobre Caracas. Cada amenaza, explícita o implícita, coloca a Venezuela en una posición defensiva que alimenta el relato intervencionista estadounidense.
Lo que está en juego no son solo vidas, aunque las haya en riesgo. Lo que está en juego es el control de un país con las mayores reservas de petróleo del mundo, como recordó recientemente un estudio de la U.S. Energy Information Administration (2024). Las y los venezolanos llevan años soportando el precio de ese interés estratégico. Sanciones, bloqueo financiero, desabastecimiento y una política de cerco que se disfraza de defensa de los derechos humanos.
En este contexto, la frase de Trump sobre salvar vidas suena a guion repetido. Un guion que conocen de sobra las y los chilenos, guatemaltecos, nicaragüenses y tantas otras poblaciones que vivieron en carne propia la “salvación” made in Washington.
Una diplomacia que promete paz mientras afila el cuchillo solo puede conducir al desastre.
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