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A 45 días del 12 de abril de 2026, el primer ministro húngaro convierte las urnas en un plebiscito contra la UE y Ucrania mientras las encuestas le sitúan 20 puntos por detrás de Péter Magyar
La derecha autoritaria siempre hace lo mismo cuando huele el miedo. Busca un enemigo exterior, grita traición, agita la bandera y convierte unas elecciones en una guerra cultural. Eso es exactamente lo que está haciendo Viktor Orbán en Hungría. A menos de 45 días del 12 de abril, el dirigente ultranacionalista que lleva 16 años en el poder y aspira a su quinta reelección ha decidido que la mejor defensa es el ataque. Contra Ucrania. Contra Bruselas. Contra cualquiera que cuestione su hegemonía.
Las encuestas le dan 20 puntos de ventaja al candidato europeísta Péter Magyar. Por primera vez en más de 15 años, Orbán puede perder. Y cuando el poder tambalea, el autoritarismo se radicaliza.

EL ENEMIGO EXTERIOR COMO COARTADA INTERNA
Orbán ha convertido las elecciones húngaras en un referéndum entre “Europa o los dictadores”, según la propia formulación de Magyar. Pero el plebiscito no lo plantea la oposición, lo impone el poder. El mensaje es simple: o Fidesz o el caos. O soberanía o Bruselas. O petróleo barato o guerra.
La escenificación ha sido quirúrgica. En el Consejo Europeo, Hungría ha vetado el último paquete de sanciones contra Rusia y ha bloqueado el préstamo de 90.000 millones de euros destinado a financiar las necesidades del Ejército ucraniano cuando se cumple el cuarto aniversario de la invasión rusa. El argumento oficial es el retraso en la reparación del oleoducto Druzhba. La realidad es otra: convertir la política exterior en combustible electoral.
Mientras tanto, el discurso se endurece en casa. “No pagaremos”, rezan carteles generados con Inteligencia Artificial que muestran a Volodímir Zelenski, a Ursula von der Leyen y a Manfred Weber como una amenaza coordinada contra Hungría. La propaganda no informa, fabrica miedo. Y el miedo moviliza más que cualquier programa económico.
El propio ministro de Exteriores húngaro, Péter Szijjártó, ha mezclado en la misma frase a Kiev, Bruselas y la oposición interna. La estrategia es clara: quien critique a Orbán es agente extranjero. El adversario político deja de ser rival y pasa a ser traidor.
Sin embargo, en Bruselas el tono cambia. Ante la posibilidad de sanciones y con un préstamo de defensa de 16.000 millones de euros pendiente, Orbán ha enviado una carta al presidente del Consejo Europeo, António Costa, mostrando disposición a colaborar en una misión de verificación sobre el oleoducto. En campaña, firmeza. En los despachos, cálculo.
SISTEMA SESGADO Y REALIDAD DISTORSIONADA
La batalla no es solo geopolítica. Es institucional. En los últimos 18 meses, Fidesz ha modificado la ley electoral en dos ocasiones. Primero eliminó el límite de gasto en campaña. Después rediseñó más de un tercio de los distritos electorales. Cuando el partido se confunde con el Estado, la igualdad de condiciones desaparece.
El resultado es un sistema que obliga a la oposición a ganar por mucho para poder gobernar. Recursos públicos volcados en propaganda. Medios alineados con el Ejecutivo. Carteles con vídeos generados por IA que muestran ataúdes con soldados húngaros regresando de una guerra hipotética. La construcción de una realidad paralela donde Ucrania es sinónimo de colapso económico y Bruselas encarna la ruina nacional.
La estrategia recuerda al trumpismo: desacreditar las instituciones, polarizar hasta el extremo y presentar cualquier crítica como conspiración. Orbán no oculta su sintonía con Washington. El secretario de Estado estadounidense, Marco Rubio, ha reiterado el respaldo de la administración de Donald Trump a su continuidad. El mensaje es explícito: el éxito de Orbán es el éxito de Estados Unidos en Europa Central. La injerencia se normaliza cuando beneficia a la extrema derecha.
Detrás del ruido patriótico hay datos incómodos. Crecimiento débil. Inflación persistente. Escándalos de corrupción. Tras más de 15 años de poder concentrado, la promesa de estabilidad se erosiona. Por eso la campaña no gira en torno a salarios, vivienda o servicios públicos. Gira en torno a identidades y amenazas.
Hungría se ha convertido en laboratorio político de la ultraderecha europea. Un modelo de cómo capturar instituciones sin abolir formalmente la democracia. De cómo vaciarla por dentro mientras se mantiene la liturgia electoral. Pero esta vez la aritmética no garantiza la victoria.
Si Orbán gana el 12 de abril de 2026, la deriva autoritaria continuará y la Unión Europea seguirá teniendo un veto permanente en su interior. Si pierde, se abrirá una grieta en el bloque iliberal que ha intentado normalizar la excepción democrática.
El problema no es solo Hungría. Es la consolidación de una estrategia global donde el poder se defiende fabricando enemigos y donde la democracia se reduce a un trámite mientras se manipulan reglas, distritos y narrativas.
Cuando el poder necesita inventar guerras para ganar elecciones, ya ha perdido la batalla moral.
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