Las amenazas incluyen referencias a agresiones en la Feria de Abril y mensajes de odio que piden la muerte de cargos públicos
La escena ya no sorprende tanto como debería. Un mensaje en redes. Un tono que escala. Y, después, amenazas directas. Esta vez le ha tocado a Rubén Sánchez, portavoz de FACUA, que ha decidido llevar el caso a los tribunales tras una cadena de intimidaciones que cruzan varias líneas rojas. No solo personales.
Lo ha explicado con detalle en un vídeo publicado en su canal —donde denuncia públicamente las amenazas recibidas— y que resume bien la gravedad del asunto: coacciones, intimidación y un clima de odio que ya no se esconde.
Todo comienza el sábado 18 de abril. Sánchez publica un tuit criticando una actuación de los escoltas de Santiago Abascal en Granada. Poco después, desde la cuenta @manolit-GB, un usuario le lanza un mensaje que, en apariencia, podría parecer una provocación más. No lo era.
“Rubencito, déjate ver por la feria de Sevilla a ver si tenemos suerte y nos encontramos”. La frase. El tono. El contexto. Sánchez percibe la amenaza y responde preguntando qué pretende exactamente ese encuentro. No obtiene respuesta directa. Solo más ruido. Más insultos hacia terceros.
Ahí decide investigar. Y lo que encuentra es todavía más preocupante. El usuario no es anónimo. Se trata de Manuel García Vaquero Aranda, que se presenta como propietario o representante de una empresa sevillana de muebles. Un perfil que, lejos de esconderse, había dejado rastro en varias redes sociales.
Pero lo más grave no es la identidad. Son los mensajes. Porque no se limitan a la provocación personal. Hay tuits en los que se pide directamente asesinar a dirigentes políticos del PSOE. Literalmente. “No se debería dejar vivo a ninguno”. “Pedro Sánchez no llegará vivo a 2025”.
Es decir, no hablamos de un calentón puntual. Hablamos de un patrón.
La situación escala aún más cuando el propio García Vaquero comienza a escribirle por Instagram. Ya no hay ambigüedad. Insultos directos. Amenazas explícitas. Referencias a un posible encuentro físico tras la Feria de Abril. Mensajes que buscan intimidar. Y lo hacen.
“Espero que no se te trabe la lengua cuando nos veamos cara a cara”. “Hay pasos en la vida que son equivocados”. Frases que, en frío, dibujan una estrategia de presión clara. No es casual. Es acoso.
Sánchez hace entonces lo que muchos no pueden hacer o no se atreven. Expone la identidad del agresor en redes. Y ahí se produce otro giro. El ultra redobla la apuesta. Exige que borre el contenido. Le advierte de que se verán en persona. Incluso le dice que lo hará borrar el tuit delante de él y que lo fotografiará para exhibirlo.
El propio Sánchez resume esa amenaza en una frase que condensa bien el clima generado: “Vas a borrar ese tuit delante mía y te haré una foto para tus fans”. Una mezcla de intimidación y exhibicionismo que revela hasta qué punto algunos entienden las redes como una extensión del matonismo.
No se queda ahí. Según relata, el denunciado llega a realizar hasta 8 llamadas desde el teléfono de la empresa y continúa enviando mensajes hasta casi las 2 de la madrugada. Insultos, amenazas, provocaciones. Una presión constante.
En paralelo, el agresor comienza a difundir acusaciones falsas contra Sánchez, atribuyéndole supuestos delitos. Un intento evidente de invertir el relato. De pasar al ataque. De embarrar.
La respuesta ha sido judicial. Sánchez ha presentado una denuncia por coacciones y amenazas en los juzgados de Sevilla y ha solicitado que se valore trasladar los hechos a la Fiscalía de Delitos de Odio por los mensajes dirigidos contra responsables políticos. No es un detalle menor.
Con esta, ya son 28 causas judiciales abiertas por el activista contra miembros o simpatizantes de la extrema derecha. Un dato que habla por sí solo. No es un caso aislado. Es una dinámica.
Porque detrás de este episodio hay algo más que un enfrentamiento personal. Hay una forma de actuar. Una cultura política basada en la intimidación, la amenaza y el señalamiento. Una normalización peligrosa del odio como herramienta.
Y también hay una reacción. La de quienes deciden no callarse. No ceder. No borrar. Llevarlo a los tribunales. Exponerlo. Documentarlo.
Lo cuenta el propio Sánchez en su canal —donde detalla la denuncia contra este nuevo ultra— con una mezcla de cansancio y determinación. Porque lo dice claro: esto agota. Pero no queda otra.
La clave está ahí. En no asumir que esto forma parte del juego. En no normalizar que alguien pueda amenazar con violencia física desde una cuenta personal y seguir como si nada. En no mirar hacia otro lado cuando el discurso del odio se convierte en acción.
Y en algo más simple. Que, por una vez, el miedo cambie de bando.
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