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Un país entero convertido en advertencia para quienes aún creen que la soberanía se negocia
LAS RESERVAS PETROLERAS COMO BOTÍN GEOPOLÍTICO
La fotografía política de este final de año es tan vieja como el propio imperialismo. Venezuela denuncia ante la OPEP+ que Estados Unidos intenta apoderarse de sus reservas petroleras, y lo hace mientras un despliegue militar estadounidense rodea el Caribe desde agosto de 2025. El argumento oficial (la lucha contra el narcotráfico) es tan fino como el papel de fumar; lo que está en juego es petróleo, control regional, mercados, y la eterna pulsión de Washington por decidir qué gobiernos pueden existir y cuáles deben caer.
Caracas lo expone en una carta firmada por Nicolás Maduro y difundida por Delcy Rodríguez. El mensaje es sencillo. Un país con las mayores reservas probadas del mundo señala que una potencia militar está creando condiciones para un asalto encubierto a su soberanía energética. Y lo hace ante una alianza, la OPEP+, donde quienes mueven los hilos del crudo global (Arabia Saudí y Rusia) conocen de sobra cómo funciona el juego de presiones.
El documento advierte de algo que el discurso occidental prefiere omitir. Que el despliegue militar estadounidense contraviene las normas mínimas de convivencia internacional. Y que pone en riesgo no solo la producción petrolera venezolana sino la propia estabilidad del mercado mundial, ese mismo mercado que en Washington dicen querer proteger. No es patriotismo bolivariano; es pura aritmética energética.
Caracas afirma que no cederá ante chantajes. No es grandilocuencia. Es la constatación de que, cada vez que un país del sur global intenta gestionar sus recursos sin tutelas externas, aparece la narrativa salvadora de EEUU sobre la seguridad regional. En este caso, con la guarnición adicional de 20 lanchas atacadas y al menos 83 personas muertas en operaciones “antidroga” que se han realizado sin control judicial venezolano.
EL CIELO CERRADO, LA SOBERANÍA ABIERTA
La tensión se disparó la última semana de noviembre. Las autoridades aeronáuticas de EEUU pidieron “extremar la precaución” al sobrevolar Venezuela. Varias aerolíneas suspendieron vuelos. Y Caracas respondió retirando los permisos a compañías como Iberia, Turkish Airlines, Gol, Latam Colombia y Avianca tras incumplir el plazo de 48 horas dado para retomar operaciones. Un país soberano toma una decisión administrativa. Es lo que hacen todos los países. Pero aquí se interpreta como provocación.
La escalada llegó a otro nivel cuando Donald Trump, en su red Social Truth, proclamó que el espacio aéreo venezolano quedaba “cerrado en su totalidad”. No es solo un aviso. Es la fantasía recurrente de un presidente que concibe América Latina como una extensión de su patio trasero. Caracas respondió recordando lo obvio. Un mandatario extranjero no puede dar órdenes sobre el uso del espacio aéreo de otro país. Que haya que explicarlo en 2025 dice más del declive democrático global que de cualquier disputa bilateral.
En este juego nadie es inocente. Venezuela tiene sus propias sombras políticas. Pero confundir crítica interna con autorización para un asedio militar es el truco más viejo del intervencionismo. Washington no despliega barcos y aviones para defender la democracia. Lo hace para blindar su posición en un mapa energético que se le escapa entre las manos. Lo hace porque un país con reservas estratégicas no se alinea con sus intereses. Lo hace porque la geopolítica del petróleo no admite neutralidad.
Y que un presidente de EEUU anuncie el cierre del cielo de otro país debería encender alarmas en todo el continente. Porque hoy es Venezuela, pero mañana puede ser cualquier territorio que no quiera entregar sus recursos bajo el eufemismo de “estabilidad de mercado”.
Lo que se disputa aquí no es quién cruza un espacio aéreo, sino quién escribe las reglas del mundo que viene.
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