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Estados Unidos vuelve a usar el bloqueo como arma política y extiende la coerción más allá de la isla
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El 29 de enero, el presidente de Donald Trump firmó una orden ejecutiva que marca un nuevo salto cualitativo en la política de asfixia contra Cuba. El texto declara una “emergencia nacional” por la supuesta amenaza que representa la isla y abre la puerta a imponer aranceles a los bienes procedentes de cualquier país que venda o suministre petróleo a Cuba, directa o indirectamente. No se trata solo de endurecer el bloqueo, sino de exportarlo. Washington ya no se limita a castigar a La Habana. Amenaza a terceros Estados para disciplinar su política exterior.
La orden sostiene que la situación cubana constituye “una amenaza inusual y extraordinaria para la seguridad nacional y la política exterior de Estados Unidos”. Bajo ese paraguas, el documento habilita aranceles ad valorem adicionales a las importaciones de países que comercien con petróleo hacia la isla. Es decir, sanciones extraterritoriales que rompen con cualquier lógica de soberanía y comercio internacional. El mensaje es claro. O se obedece o se paga.
Trump justifica la medida acusando al Gobierno cubano de alinearse con Rusia, China, Irán, Hamás y Hezbolá, y de albergar la mayor instalación de inteligencia rusa fuera de su territorio. La retórica no es nueva. La prueba tampoco aparece. La acusación funciona como coartada. Sirve para presentar como seguridad nacional lo que es presión económica planificada. Y permite convertir el bloqueo en un instrumento flexible, adaptable y exportable.
UN BLOQUEO QUE YA NO SE CONFORMA CON CUBA
En la orden ejecutiva, Trump describe a Cuba como un Estado que “apoya el terrorismo, desestabiliza la región mediante la migración y la violencia” y viola sistemáticamente los derechos humanos. El presidente entra incluso a detallar la política interna cubana, denunciando persecución de opositores, represión de la prensa y acoso a organizaciones civiles. Estados Unidos se erige una vez más en juez global, obviando su propio historial de detenciones arbitrarias, torturas documentadas y represión de protestas internas.
Horas después de firmar el texto, Trump fue más allá. En declaraciones a la prensa durante el estreno de un documental protagonizado por Melania Trump en Washington, afirmó que “Cuba no podrá sobrevivir”. Preguntado sobre si su objetivo era ahogar a la isla, respondió que el término era “muy duro”, pero la frase ya estaba dicha. El objetivo es el colapso. No una negociación. No una transición pactada. El estrangulamiento.
El día 28 de enero de 2026, el secretario de Estado, Marco Rubio, compareció en el Senado y afirmó que a la Administración le “encantaría” un cambio de régimen en Cuba, aunque sin admitir abiertamente una intervención directa. Un día antes, desde Iowa y en pleno arranque de la campaña para las elecciones de medio mandato, Trump aseguraba que Cuba estaba “a punto de caer” tras dejar de recibir petróleo de Venezuela, país que según su relato ya no sostiene a La Habana desde la salida de Nicolás Maduro.
El guion se repite. Crisis económica inducida, bloqueo energético, presión diplomática, relato de Estado fallido y expectativa de derrumbe. Lo que cambia es el alcance. Ahora se amenaza también a quienes no se alineen. Países que mantengan relaciones comerciales legítimas con Cuba pasan a ser objetivo económico de Washington.
LA COERCIÓN COMO DOCTRINA Y LA RESPUESTA CUBANA
La reacción cubana fue inmediata. El 30 de enero de 2026, el canciller Bruno Rodríguez denunció en redes sociales “una nueva escalada de Estados Unidos contra Cuba”, basada en “una larga lista de mentiras”. Recordó que el país lleva más de 65 años sometido al bloqueo económico más prolongado y cruel jamás aplicado contra una nación entera, y advirtió de que esta nueva vuelta de tuerca busca imponer condiciones de vida extremas a la población.
Días antes, el 16 de enero, el presidente cubano Miguel Díaz-Canel había reiterado la disposición al diálogo, pero solo en igualdad de condiciones y sobre la base del respeto mutuo. Tras la orden ejecutiva, el tono cambió. Díaz-Canel fue tajante. No habrá rendición ni claudicación, ni entendimiento posible bajo coerción o intimidación. Cuba, dijo, no hará concesiones políticas como moneda de cambio.
En paralelo, el Consejo de Defensa Nacional cubano aprobó los planes para activar el “Estado de Guerra”, una doctrina defensiva desarrollada en los años 80 para movilizar a la población ante una posible agresión externa. No es un gesto simbólico. Es la constatación de que la escalada ya no es retórica. Cuando el bloqueo se convierte en arma total y se amenaza a terceros países, el conflicto deja de ser bilateral.
Estados Unidos vuelve a demostrar que su concepto de seguridad nacional pasa por castigar a pueblos enteros, presionar economías ajenas y usar el hambre, la energía y el comercio como herramientas de dominación. Lo llaman emergencia. Es chantaje geopolítico institucionalizado.
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