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Se abre una etapa sin reglas, sin inspecciones y con el reloj nuclear más cerca que nunca de la medianoche
Durante la Guerra Fría, cuando el planeta vivía bajo la amenaza permanente de una aniquilación instantánea, las élites políticas de Estados Unidos y la Unión Soviética llegaron a una conclusión incómoda pero racional: acumular armas nucleares sin límites no hacía al mundo más seguro, solo más frágil. Tras la crisis de los misiles de Cuba en 1962, con el planeta a horas del colapso, comenzó una arquitectura mínima de control, verificación y comunicación que, con avances y retrocesos, logró reducir los arsenales desde los picos de los años sesenta y setenta.
Ese andamiaje está a punto de desaparecer. El 6 de febrero de 2026, el último tratado de control nuclear vigente entre Estados Unidos y Rusia. Con su caída, se pone fin a más de 50 años de acuerdos que, pese a sus límites, contenían lo impensable. El tratado, firmado en 2010 y prorrogado en 2021, establecía un máximo de 1.550 ojivas nucleares estratégicas desplegadas por país, además de límites a los vectores de lanzamiento y un sistema de intercambio de datos e inspecciones in situ diseñado para reducir errores de cálculo.
Su desaparición no es un trámite administrativo. Es el desmantelamiento deliberado de las pocas barreras que separaban la disuasión del caos. En un contexto marcado por la guerra en Ucrania desde febrero de 2022, la suspensión unilateral rusa de las inspecciones y la ruptura casi total de los canales de confianza, el final de New START deja al mundo sin límites legales ni mecanismos de verificación entre las dos mayores potencias nucleares del planeta.
EL SILENCIO POLÍTICO Y LA NORMALIZACIÓN DEL RIESGO
Lo más inquietante no es solo el contenido del vacío, sino la indiferencia que lo rodea. En Washington, el debate público ha sido mínimo. La administración de Donald Trump, de regreso al poder en enero de 2025, ha permitido que el tratado expire sin una propuesta clara de sustitución, mientras sectores del aparato militar y de seguridad presionan para aumentar el número de ojivas en nombre de una supuesta ventaja estratégica.
El desarme ha dejado de ser una prioridad política para convertirse en una molestia ideológica. La lógica es conocida: más armas como respuesta a más incertidumbre, más opacidad como sustituto del diálogo. Una espiral que ya fracasó en el pasado y que hoy se reactiva con menos contrapesos y más actores.
El simbolismo es brutal. En enero de 2026, el Reloj del Juicio Final fue ajustado de nuevo, situándose a menos de 90 segundos de la medianoche, el punto más cercano jamás registrado. El mensaje del Bulletin of the Atomic Scientists es claro: la amenaza nuclear ya no es una reliquia histórica, sino un riesgo sistémico actual, agravado por el colapso de los acuerdos multilaterales y la normalización de discursos belicistas.
La ausencia de reglas no significa equilibrio, significa error sin red. Sin inspecciones, sin intercambio de datos y sin límites verificables, cualquier movimiento puede interpretarse como una provocación. Y en el ámbito nuclear, interpretar mal una señal puede costar millones de vidas.
RUSIA, CHINA Y LA NUEVA CARRERA ARMAMENTÍSTICA
A partir del jueves 6 de febrero de 2026, Estados Unidos podrá volver legalmente a una práctica abandonada bajo New START: reinstalar múltiples ojivas en misiles que actualmente portan una sola. Rusia, por su parte, conserva una ventaja técnica: nunca dejó de desplegar misiles con múltiples cabezas, lo que le permitiría escalar más rápido en un escenario de confrontación.
Diversos analistas militares advierten de que Moscú podría reaccionar con mayor rapidez que Washington si se inicia una nueva carrera armamentística. Pero el tablero ya no es bipolar. China, el tercer actor clave, está ampliando su arsenal nuclear a un ritmo no visto desde la Guerra Fría, aunque todavía lejos de las cifras estadounidenses y rusas. Según estimaciones recientes, Pekín podría superar las 1.000 ojivas antes de 2030, un salto cualitativo que altera todos los equilibrios previos.
A este escenario se suman nuevos sistemas de armas no cubiertos por tratados anteriores: drones nucleares submarinos, misiles hipersónicos y vectores “exóticos” diseñados precisamente para eludir cualquier marco de control. La tecnología avanza mientras la política retrocede, dejando un terreno estratégico cada vez más opaco y volátil.
Algunas voces recuerdan que aún existe una rendija para evitar el peor desenlace. Rusia ha insinuado que podría respetar voluntariamente los límites de New START, y antiguas personas negociadoras defienden una extensión temporal con inspecciones restauradas como medida pragmática para ganar tiempo. No es ideal, pero sería mejor que nada.
Sin embargo, el problema es más profundo que un tratado concreto. Lo que colapsa es la idea misma de que la seguridad colectiva se construye con reglas, transparencia y contención, y no con acumulación infinita de poder destructivo. La lógica capitalista del beneficio y la supremacía, aplicada al armamento nuclear, convierte el planeta en un rehén permanente.
El mundo entra ahora en una fase más peligrosa, más opaca y con menos margen para el error, gobernada por líderes que juegan a la disuasión como si la historia no hubiera dejado suficientes cadáveres sobre la mesa.
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