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Quién convierte la vida en input productivo
Por Javier F. Ferrero
La polémica no está en los julios ni en las calorías. No está en si entrenar una red neuronal consume lo mismo que criar a una criatura hasta los 20 años. La polémica real es otra: quién tiene derecho a definir qué significa ser “productivo” y quién se beneficia de esa definición.
Cuando el director ejecutivo de OpenAI, Sam Altman, comparó el coste energético de la inteligencia artificial con el de formar a un ser humano durante dos décadas, muchas críticas se centraron en la deshumanización implícita. Era lógico. Equiparar la crianza con el entrenamiento de un algoritmo suena obsceno. Pero quedarse ahí es superficial.
El problema no es la comparación energética. El problema es el marco mental que la hace posible.
Porque, en efecto, desde la física somos sistemas que transforman energía. Las máquinas queman electricidad. Los cuerpos metabolizan glucosa. Ambas realizan trabajo. Ambas dependen de flujos constantes de recursos. En ese plano, la analogía es técnicamente defendible.
Pero la pregunta no es cuánto consumimos, sino para qué y para quién.
LA PRODUCTIVIDAD COMO DOGMA MORAL
En el capitalismo contemporáneo, la vida entera queda subordinada a la productividad. Se nace, se educa, se disciplina y se evalúa bajo un único criterio: ¿cuándo empieza a rendir?
Cuando Altman habla de 20 años “hasta ser productivo”, no está haciendo física. Está haciendo ideología. Está reduciendo la infancia, el cuidado, la educación y el afecto a una inversión previa al retorno económico.
Ese desliz no es anecdótico. Es estructural.
El capitalismo ha logrado algo extraordinario: convertir el valor de la existencia en función de su rentabilidad. No vales por vivir, vales por producir. No importan las y los artistas que crean sin mercado, las y los cuidadores que sostienen vidas invisibles o las y los jubilados que no generan beneficio. El sistema mide todo en rendimiento.
La inteligencia artificial no introduce esa lógica. La perfecciona.
Porque la IA no solo automatiza tareas. Automatiza criterios. Estandariza decisiones. Optimiza procesos según métricas diseñadas para maximizar beneficios privados. Y lo hace a una escala inédita.
Se nos dice que estas tecnologías ahorran tiempo. Que aumentan la eficiencia. Que reducen costes. Pero rara vez se pregunta quién captura ese tiempo liberado y quién absorbe ese ahorro.
La historia reciente ofrece pistas.
En los últimos 40 años, la productividad en las economías occidentales ha crecido de forma sostenida, mientras las jornadas laborales apenas se han reducido y la precariedad ha aumentado. La tecnología ha avanzado. Las condiciones de vida de muchas trabajadoras y trabajadores no.
La promesa era clara: más máquinas, menos esfuerzo humano. La realidad es otra: más máquinas, más presión competitiva.
La IA se inserta en esa inercia.
LOS NUEVOS CENTROS DE PODER ENERGÉTICO
Hay un segundo elemento que la comparación energética oculta: la escala material de esta tecnología.
Entrenar modelos de inteligencia artificial de última generación implica centros de datos que consumen cantidades masivas de electricidad, agua para refrigeración y minerales extraídos en condiciones laborales y ambientales opacas. No es una nube etérea. Es infraestructura física concentrada en pocas manos.
Empresas tecnológicas estadounidenses controlan la mayor parte de estos sistemas. Deciden qué se entrena, con qué datos y bajo qué criterios. Deciden qué automatizar y qué no. Deciden qué sectores transformar y cuáles abandonar.
Eso no es neutral.
En el siglo XIX, las máquinas textiles concentraron poder en fábricas y capitalistas industriales. Hoy, los algoritmos concentran poder en plataformas digitales y fondos de inversión. La tecnología no es liberadora por sí misma. Amplifica la estructura en la que se inserta.
Si la estructura es desigual, la desigualdad se acelera.
Además, el argumento energético introduce una paradoja inquietante. Si humanos y máquinas son comparables en consumo, entonces el debate ya no es técnico sino político. ¿Qué uso de la energía consideramos legítimo? ¿El que sostiene cuidados y comunidades o el que optimiza beneficios trimestrales?
El capitalismo responde sin dudar: el que genera retorno financiero.
Por eso el debate sobre la IA no es un debate sobre eficiencia, sino sobre soberanía. ¿Quién controla la infraestructura? ¿Quién decide los fines? ¿Quién establece los límites?
Se habla mucho del riesgo de que las máquinas sustituyan empleos. Se habla menos del riesgo de que consoliden monopolios. De que automaticen la desigualdad. De que profundicen la extracción de recursos en territorios periféricos para alimentar centros de datos en el norte global.
La cuestión ecológica es central. La crisis climática exige reducir el consumo energético global. Sin embargo, la carrera por la inteligencia artificial impulsa una expansión acelerada de la demanda eléctrica. Se construyen nuevos centros de datos mientras se promete sostenibilidad.
La contradicción es evidente.
Y sin embargo, el relato dominante presenta la IA como inevitable. Como progreso natural. Como destino histórico. Se desplaza el debate político hacia un terreno técnico. Se discute sobre regulaciones menores mientras la arquitectura del poder permanece intacta.
Pero la tecnología no es un fenómeno meteorológico. Es una construcción social.
Podría orientarse hacia la reducción de la jornada laboral. Hacia la automatización de tareas penosas. Hacia la planificación ecológica. Hacia la democratización del conocimiento. Nada en la física lo impide.
Lo que lo impide es la estructura de propiedad.
Mientras los algoritmos pertenezcan a corporaciones cuyo objetivo es maximizar beneficios, la inteligencia artificial no servirá para liberar tiempo, sino para intensificar la competencia. No servirá para reducir desigualdades, sino para consolidarlas. No servirá para cuidar el planeta, sino para explotar mejor sus recursos.
La comparación energética entre humanos y máquinas no es deshumanizadora por lo que dice sobre la biología. Es deshumanizadora por lo que revela sobre el sistema que la produce.
Porque cuando todo se mide en consumo y rendimiento, la vida entera queda subordinada a la lógica del beneficio.
Y entonces la pregunta deja de ser cuánto gasta una máquina y pasa a ser otra mucho más incómoda: quién decide para qué se gasta la energía del mundo y por qué seguimos aceptando que esa decisión no sea democrática.
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