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Mientras el planeta arde, las petroleras inyectan 256.000 millones de barriles nuevos en el sistema, burlándose de los acuerdos internacionales y de cualquier límite moral.
LA TRANSICIÓN VERDE SABOTEADA DESDE DENTRO
No es una transición. Es una ofensiva planificada contra el clima y contra la vida. El nuevo informe Global Oil and Gas Exit List (GOGEL), elaborado por la organización alemana Urgewald y presentado a una semana de la COP30 en Belém, Brasil, expone con precisión el fraude: el 96% de las empresas fósiles del planeta están explorando y desarrollando nuevos yacimientos de petróleo y gas, cuatro años después de que la Agencia Internacional de la Energía (AIE) advirtiera que no había espacio para ninguno más si se quería mantener el calentamiento global por debajo de 1,5 °C.
Las cifras son brutales. Desde 2021, la expansión a corto plazo del sector ha crecido un 33%, con previsión de poner en marcha 256.000 millones de barriles de petróleo y gas equivalentes. Cinco compañías concentran un tercio de esta ofensiva extractiva: QatarEnergy (26,2 bboe), Saudi Aramco (18), ADNOC (13,8), Gazprom (13,4) y ExxonMobil (9,7). Detrás de cada número, una proyección de muerte climática, nuevas guerras por recursos y más comunidades desplazadas.
Nils Bartsch, responsable de investigación de Urgewald, resume la hipocresía con una frase seca: “Las grandes petroleras tratan el Acuerdo de París como una sugerencia cortés, no como un plan de supervivencia.” Y los gobiernos occidentales —esos mismos que se comprometen en foros internacionales a reducir emisiones— son cómplices, porque siguen subvencionando el negocio fósil y otorgando licencias de exploración mientras recortan fondos para mitigación y justicia climática.
El estudio recuerda que las empresas del listado GOGEL gastan más de 60.000 millones de dólares al año en exploración. Setenta y cinco veces más de lo que los gobiernos han prometido al Fondo de Pérdidas y Daños de la ONU, un mecanismo diseñado precisamente para compensar los impactos de estas mismas corporaciones sobre los países del Sur Global. La comparación es obscena: Estados Unidos ha aportado apenas 17,5 millones, mientras Chevron y ExxonMobil han invertido 1.300 y 1.100 millones respectivamente en ampliar su producción fósil. Como denuncia la analista Fiona Hauke, “esto no es solo negligencia financiera; es negligencia moral.”
EL TEATRO DE LA COP30 Y LA NUEVA FRONTERA DEL GAS
La escena que se prepara en Brasil raya el cinismo. En Belém, a las puertas de la Amazonía, los líderes mundiales se reunirán para hablar de reducción de emisiones, mientras Petrobras perfora nuevos pozos en la Cuenca Foz do Amazonas, uno de los ecosistemas más frágiles del planeta. El informe señala a Petrobras como la 15.ª exportadora fósil del mundo, con un gasto anual de 1.100 millones de dólares en búsqueda de reservas. Nicole Oliveira, del Instituto Arayara, lo define sin rodeos: “Brasil se presenta como líder climático mientras expande el petróleo bajo la selva. Es hipocresía pura.”
Y no es un caso aislado. En Estados Unidos, bajo la administración Trump, el país ha superado a China como primer desarrollador mundial de energía a gas. Las empresas estadounidenses lideran también la expansión del gas natural licuado (GNL): Venture Global, con sede en Virginia, encabeza una capacidad de exportación proyectada de 847 millones de toneladas anuales, un 171% más que la actual. Incluso el propio CEO de TotalEnergies, Patrick Pouyanné, ha reconocido que “se está construyendo demasiado.”
Sin embargo, el negocio continúa, porque la lógica que rige ya no es la energética ni la ambiental, sino la financiera. El mercado del GNL —presentado falsamente como “transición limpia”— está saturado, pero las corporaciones siguen levantando plantas para colocar el excedente del fracking estadounidense en Asia y Europa, con México como simple plataforma de exportación. Pablo Montaño, de Conexiones Climáticas, lo denunció con crudeza: “Licuar gas no es por el bien de México. Es un negocio sucio para lavar la sobreproducción de Estados Unidos.”
El gas natural, responsable de una parte sustancial del metano atmosférico, es vendido como “combustible puente”. En realidad, es un puente hacia la catástrofe. Las advertencias de la ONU y el Banco Mundial de que nueve de cada diez proyectos renovables ya son más baratos que los fósiles no detienen la expansión. Ni la ciencia ni la economía importan frente a la codicia.
Urgewald subraya que las empresas fósiles están invirtiendo más de sesenta mil millones cada año en cavar el pozo de nuestra propia extinción, mientras los fondos internacionales de justicia climática siguen vacíos y las promesas de reducción de emisiones se diluyen en titulares. El resultado es un mundo donde las y los negociadores hablan de “neutralidad de carbono” rodeados de lobbies petroleros y ejecutivos de las mismas corporaciones responsables del desastre.
El capital fósil no se reforma, se detiene. Y cada barril nuevo que entra en el sistema es una sentencia más contra quienes habitan las islas del Pacífico, las cuencas amazónicas o los barrios obreros del Golfo de México.
No hay transición posible mientras los gobiernos sigan permitiendo que las empresas más ricas de la historia destruyan el futuro común para mantener el balance positivo de sus accionistas.
Porque lo que llaman desarrollo energético es, en realidad, un suicidio planificado.
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