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El libro “Injustice” desnuda cómo la administración Biden permitió que Trump quedara impune por corrupción y el asalto al Capitolio.
LA JUSTICIA QUE MIRÓ HACIA OTRO LADO
El nuevo libro de las y los periodistas Carol Leonnig y Aaron Davis, Injustice: How Politics and Fear Vanquished America’s Justice Department, es una autopsia del miedo. Un relato documentado sobre cómo el Departamento de Justicia de Estados Unidos (DOJ) dejó que Donald Trump y sus aliados escaparan de la rendición de cuentas por el asalto al Capitolio del 6 de enero, por el soborno extranjero con origen en Egipto y por los delitos de corrupción cometidos desde la Casa Blanca.
Durante años, el fiscal general Merrick Garland, designado por Joe Biden, prefirió “pasar página”. Esa fue su fórmula para evitar una guerra política con el trumpismo. Pero su prudencia, sostienen Leonnig y Davis, fue una forma de claudicación institucional. El miedo a parecer “partidista” se convirtió en el argumento para no aplicar la ley al expresidente que más la vulneró.
El resultado, según los autores, fue devastador: “Por primera vez en la historia de Estados Unidos, el Estado de derecho estuvo al borde del colapso”.
Durante el mandato de Trump, los fiscales y las y los funcionarios del DOJ fueron hostigados, humillados y hasta investigados por negarse a obedecer órdenes ilegales. Cuando Biden llegó, el daño ya era profundo. El nuevo gobierno prefirió no mirar atrás. El mensaje era claro: el sistema no podía soportar otra guerra política. Pero al hacerlo, consolidó la impunidad de un movimiento autoritario que ya preparaba su regreso.
SOBORNOS, ENCUBRIMIENTOS Y EL CAPITOLIO EN LLAMAS
Uno de los episodios más reveladores del libro tiene que ver con Egipto y un pago de 10 millones de dólares en efectivo. En 2016, cuando la campaña de Trump estaba arruinada, los servicios de inteligencia estadounidenses detectaron que el presidente egipcio Abdel Fattah el-Sisi había ordenado transferir esa cantidad al candidato republicano. La suma, según la investigación de Leonnig y Davis, salió de una cuenta controlada por el servicio secreto egipcio, en dos bolsas que pesaban más de 200 libras, llenas de billetes de 100 dólares.
La hipótesis era explosiva: un gobierno extranjero financiando la victoria de Trump contra Hillary Clinton. Pero la investigación murió lentamente dentro del Departamento de Justicia. El equipo de Robert Mueller, presionado por la Casa Blanca, evitó revisar las cuentas personales de Trump. Posteriormente, los fiscales designados por su administración decidieron que “no había base suficiente” para seguir adelante. La “investigación egipcia” fue enterrada.
Con Bill Barr como fiscal general, el DOJ se transformó en una oficina de defensa personal del presidente. Barr interfirió en los casos contra Michael Flynn y Roger Stone, dos de los aliados más fieles de Trump. Flynn había mentido al FBI sobre sus contactos con Rusia. Stone había presionado a testigos. Ambos admitieron sus delitos. Sin embargo, Barr redujo las condenas y forzó a los fiscales a modificar las recomendaciones de prisión.
Cuando las y los jueces federales se enteraron, su reacción fue de “horror”. Un juez jefe en Washington llegó a comunicarle al fiscal impuesto por Barr que ya no contaba con el apoyo del tribunal: “Lo que han hecho es inaceptable”.
El punto de inflexión llegó el 6 de enero de 2021, cuando una multitud instigada por Trump asaltó el Capitolio. Según los documentos obtenidos por los autores, el FBI había recibido alertas precisas sobre grupos armados que planeaban un ataque, incluyendo mensajes sobre cómo esconder armas en la ciudad. Pero el Buró, paralizado por el miedo a enfrentarse al presidente saliente, ignoró las advertencias.
Trump intentó ese mismo 3 de enero reemplazar al fiscal general interino Jeffrey Rosen por un subordinado dispuesto a declarar “fraudulentas” las elecciones de Georgia. Solo la amenaza de dimisión masiva del personal del DOJ evitó el golpe. Tres días después, el Capitolio fue tomado.
EL MIEDO COMO POLÍTICA DE ESTADO
El libro retrata un Departamento de Justicia dominado por la indecisión. Cuando el Comité del 6 de Enero del Congreso comenzó a investigar, la Fiscalía General llevaba más de un año sin abrir una investigación formal contra Trump o sus estrategas. Fue el trabajo del Congreso el que obligó a Garland, presionado por la evidencia pública, a convocar finalmente un gran jurado.
La periodista Carol Leonnig subraya que “miles de funcionarios intentaron hacer lo correcto y fracasaron”. No por falta de ética, sino por una estructura que recompensa la obediencia al poder político. En palabras de Aaron Davis, “seguían caminando entre los cadáveres del caso Rusia”: los errores, filtraciones y presiones del primer mandato habían dejado un trauma institucional. Nadie quería repetirlo.
Mientras tanto, el propio Trump seguía repitiendo la fórmula del chantaje político: elogiar a dictadores, como al propio el-Sisi, a quien llamó “gran líder” y “amigo desde la campaña contra Hillary Clinton”, mientras acumulaba impunidad.
Biden, temeroso de un nuevo conflicto civil dentro del Estado, optó por una justicia pasiva. Pero esa pasividad tuvo consecuencias. Los golpistas del Capitolio fueron condenados en masa, sí, pero el autor intelectual sigue libre y con posibilidades de regresar al poder.
La conclusión de Injustice es brutal: el miedo venció a la justicia. Y cuando eso sucede, lo que muere no es solo la ley, sino la confianza en que la democracia sirve para algo más que administrar la impunidad.
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