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El doble rasero mediático convirtió el dolor en propaganda y la verdad en un arma de guerra.
EL RELATO COMO ARMA DE GUERRA
En noviembre de 2025, mientras un grupo de soldados israelíes con el rostro cubierto defendía ante el Tribunal Supremo de Jerusalén su “honor” por violar y torturar a un detenido palestino, gran parte de los medios occidentales guardaba silencio. No era un error ni una omisión casual. Era el síntoma más evidente de una complicidad estructural entre poder mediático y poder militar, una maquinaria dispuesta a deshumanizar a un pueblo entero mientras maquillaba los crímenes de otro.
Los hechos eran claros: en 2024, la Fiscalía israelí se vio forzada a abrir una investigación tras la filtración de vídeos del centro de detención de Sde Teiman, donde palestinos fueron desnudados, golpeados y violados por soldados israelíes. Uno de ellos llegó al hospital con siete costillas rotas y desgarros internos compatibles con abuso sexual. El Times of Israel habló de “maltrato severo”. Ningún medio occidental usó la palabra violación.
El eufemismo fue la primera forma de encubrimiento. Nombrar la violencia sin nombrarla es una manera de negarla. Así, lo que para las víctimas fue tortura sexual, para los informativos occidentales fue “abuso”. Lo que fue crimen de guerra, para los titulares se convirtió en “mala conducta”.
El contraste con octubre de 2023 es brutal. Aquel mes, tras el ataque de Hamás, el Gobierno israelí difundió acusaciones de “violaciones masivas” cometidas por milicianos. Sin pruebas, sin nombres, sin forenses. Aun así, los grandes medios —de The New York Times a BBC, pasando por El País— repitieron el relato hasta convertirlo en dogma moral. Era la justificación perfecta para el arrasamiento de Gaza. De pronto, todo bombardeo era un acto de liberación femenina.
El politólogo Norman Finkelstein, tras revisar más de 5.000 fotografías y 50 horas de vídeo, afirmó no haber hallado “ni una sola prueba de una violación” el 7 de octubre. Calificó el relato de “propaganda genocida”. Y tenía razón. La historia cumplió su función: legitimar una ofensiva que ya ha matado a más de 68.000 palestinas y palestinos, según datos de 2025 del Palestine Chronicle. La mentira, como siempre, fue más rentable que la compasión.
EL PERIODISMO QUE CALLA ANTE EL CRIMEN
En diciembre de 2023, The New York Times publicó su reportaje “Screams Without Words”, una pieza presentada como definitiva prueba de las supuestas violaciones cometidas por Hamás. Con testimonios anónimos, vídeos no verificados y fuentes contradictorias, el texto fue recibido como verdad revelada por líderes occidentales. Joe Biden, la Comisión Europea y feministas mediáticas citaron sus páginas para justificar la “respuesta militar” de Israel.
Pero pronto la historia se derrumbó. Los forenses no hallaron restos biológicos que sustentaran el relato. Varias “testigos” se contradijeron. Más de 50 profesores de periodismo exigieron una auditoría independiente sobre el proceso de verificación del Times, y el Washington Post reveló disenso interno entre sus propios periodistas, que denunciaron presiones políticas y prisa por publicar. Ningún gobierno pidió disculpas por haber usado ese texto para avalar una masacre.
Mientras tanto, los vídeos y testimonios del campo de Sde Teiman, documentados por organizaciones de derechos humanos israelíes y palestinas, siguen sin ocupar portadas ni provocar condenas internacionales. Las violaciones de palestinas y palestinos no generan titulares, solo silencio. El dolor, al parecer, también tiene pasaporte.
El problema no es solo semántico. Es estructural. El periodismo occidental ha interiorizado un orden racial y político que define qué cuerpos merecen ser llorados y cuáles son prescindibles. Se construye una jerarquía de víctimas: unas generan empatía; otras, sospecha. Y así, la violencia sexual se convierte en una herramienta de propaganda, no en una causa de justicia.
Cuando los soldados israelíes se manifestaron exigiendo “agradecimiento” por sus actos, lo hacían sabiendo que el relato mediático estaba de su parte. Ningún noticiario los llamó violadores. Ningún editorial exigió sanciones. Ninguna cancillería pidió investigaciones internacionales. El periodismo, una vez más, actuó como cómplice, transformando el lenguaje en campo de batalla y la verdad en rehén del poder.
Romana Rubeo lo resumió con precisión en The Palestine Chronicle: “La propaganda de atrocidades no necesita mentiras, solo verdades selectivas.” Es el método más eficaz del imperialismo contemporáneo: el que convierte las lágrimas ajenas en munición.
Y mientras los micrófonos callan, los gritos siguen resonando bajo las ruinas de Gaza. Porque el silencio, cuando es cómplice, también viola.
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