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El nuevo ensayo nuclear de Washington reaviva el fantasma de la guerra fría mientras China y Rusia niegan las acusaciones de Trump y el mundo advierte del peligro de una nueva carrera armamentística.
EL RETORNO A LA LOCURA ATÓMICA
Estados Unidos ha reanudado sus pruebas nucleares por orden directa de Donald Trump, que justificó la decisión con acusaciones sin pruebas contra Rusia, China, Pakistán y Corea del Norte. En una entrevista emitida por CBS News, el presidente aseguró que “ellos están probando, así que nosotros también lo haremos”, una frase que resume la deriva peligrosa del país con más poder militar del planeta.
Trump insistió en que Washington debía “mantener su superioridad nuclear” frente a países “de naturaleza cerrada”, afirmando sin evidencia que Pekín y Moscú realizan ensayos secretos. China negó tajantemente las acusaciones. Mao Ning, portavoz del Ministerio de Asuntos Exteriores, recordó que su país es “un Estado nuclear responsable”, comprometido con la moratoria de ensayos y con una política de “no primer uso” de armas nucleares.
El anuncio estadounidense llega justo antes del encuentro entre Trump y Xi Jinping en Corea del Sur, un gesto diplomático envenenado que resucita la desconfianza global hacia Washington. El Kremlin, a través de Dmitry Peskov, respondió con ironía: “Nos hemos enterado de que alguien estaba haciendo pruebas solo después de la entrevista de Trump”. Rusia, que no ha realizado ensayos desde 1990, advirtió que si Estados Unidos vuelve a probar armas nucleares, ellos harán lo mismo.
En Pakistán, el Ministerio de Exteriores fue claro: “No seremos los primeros en reanudar ensayos en el sur de Asia”. Pero la cadena de reacciones deja en evidencia que una sola orden desde Washington puede poner en jaque décadas de frágil equilibrio global.
UNA AMENAZA GLOBAL AL DESARME
La comunidad internacional ha reaccionado con alarma. Robert Floyd, secretario ejecutivo de la Organización del Tratado de Prohibición Completa de los Ensayos Nucleares (CTBTO), advirtió que cualquier ensayo explosivo “sería perjudicial y desestabilizador para la paz y la seguridad internacionales”. El Tratado, adoptado por la Asamblea General de la ONU en 1996, prohíbe todos los ensayos nucleares, tanto civiles como militares. Sin embargo, ni China ni Estados Unidos lo han ratificado, lo que permite grietas legales que ahora se transforman en amenazas concretas.
El último ensayo nuclear estadounidense se realizó en 1992 bajo la presidencia de George H. W. Bush. Desde entonces, todos los países con armas atómicas —salvo Corea del Norte— habían respetado una moratoria de más de tres décadas. Rusia y China realizaron sus últimas pruebas en 1990 y 1996, respectivamente, mientras India y Pakistán lo hicieron en 1998.
La decisión de Trump rompe unilateralmente ese consenso tácito, enviando al mundo un mensaje devastador: que el control armamentístico ya no es prioridad, y que la supremacía militar vuelve a imponerse sobre la diplomacia.
China ha instado a Estados Unidos a “cumplir la moratoria y actuar con responsabilidad para mantener el equilibrio estratégico global”. Pero el lenguaje diplomático apenas disfraza la realidad: Washington ha dinamitado el régimen de no proliferación nuclear que tanto costó construir tras la Guerra Fría.
Este gesto no es solo una provocación hacia Rusia y China. Es también un desafío abierto a los tratados multilaterales, al propio sistema de Naciones Unidas y a la idea de que el planeta puede sobrevivir sin volver a los años más oscuros del siglo XX.
El regreso de los ensayos nucleares estadounidenses rompe el pacto de silencio que mantenía a la humanidad al borde del abismo, pero sin saltar. Trump no solo abre el suelo de Nevada para una nueva explosión subterránea: abre, sobre todo, una grieta moral y política en el orden internacional.
Mientras tanto, millones de personas siguen viviendo bajo la sombra de arsenales que nunca desaparecieron, y que ahora un solo hombre ha decidido reactivar por cálculo electoral y vanidad imperial.
La historia ya conoce ese sonido. No es el de la seguridad. Es el eco de un mundo que vuelve a jugar con su propia extinción.
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