Eurovisión se juega su futuro. Y España también.
Eurovisión llega a un punto de no retorno. Este 4 y 5 de diciembre, la Asamblea General de la Unión Europea de Radiodifusión decide qué hacer con Israel en el festival de 2026 y, en consecuencia, qué hará España. Después de dos años de genocidio retransmitido en directo desde Gaza (y dos años de propaganda israelí paseándose por el escenario sin sanción alguna) la pregunta que atraviesa a RTVE es brutalmente simple: ¿se puede seguir celebrando una fiesta mientras se tapa una masacre?
La UER insiste en que Eurovisión es apolítico (aunque solo cuando conviene). Israel ha incumplido reglas, ha politizado canciones, ha usado el televoto como maquinaria propagandística y ha contado con el silencio cómplice de la organización. Y aun así, aquí estamos: a horas de otro debate que se anuncia decisivo y que podría volver a ser humo.
Cómo hemos llegado hasta este abismo
La cronología es la demostración de cómo la UER ha ido posponiendo lo inevitable. RTVE abrió el melón en abril pidiendo un debate sobre la participación de Israel. La UER respondió con un comunicado relleno de nada. Luego llegó Malmö 2024 (ensayo general de la propaganda israelí) y Basilea 2025 (consagración del modelo). Israel rozó la victoria en ambas gracias a campañas gubernamentales que inflaron el televoto mientras en Gaza la cifra de muertos se acercaba a 70.000 personas.
RTVE, que ejerce un peso decisivo dentro del Big Five, fue de las pocas cadenas que no tragó. En la semifinal de Basilea, Tony Aguilar y Julia Varela se atrevieron a decir algo tan básico como el número de muertos en Gaza. La UER reaccionó con amenazas de multa. España respondió en la final con un cartel: Paz y justicia para Palestina. La grieta estaba abierta.
Tras la edición, Irlanda, Países Bajos, Eslovenia e Islandia se unieron al pulso. RTVE fue más allá en septiembre: España no iría a Eurovisión 2026 si Israel seguía participando mientras persistiera la masacre. Era una línea roja real.
La UER contraatacó reclutando nuevos países (Bulgaria, Rumanía) para compensar un posible desplome de grandes participantes y anunció cambios cosméticos en el sistema de votación que no tocan el problema de fondo. Aun así, la protección a Israel continúa: no habrá votación vinculante y la organización prefiere sugerir que quien no esté cómodo con Israel, se marche.
El embajador de Israel: gasolina al fuego
En pleno debate, el embajador israelí en la ONU acusó a España de “difundir odio” y de usar Eurovisión para “agendas extremistas”. Un clásico: llamar “odio” a denunciar un genocidio. Un aviso de que Israel entra en esta asamblea con un objetivo claro: mantenerse en el concurso cueste lo que cueste.
El momento de la verdad: ¿qué decide España?
La pregunta es brutal: si Israel se queda, ¿qué hará RTVE?
1. Cumplir la palabra e irse
La salida de Eurovisión sería histórica. RTVE perdería la emisión más vista del año después del fútbol y pondría en crisis el Benidorm Fest. Es un golpe fuerte. Pero sería también una decisión ejemplar: poner los derechos humanos por encima del espectáculo. Ser coherentes.
Y abriría una oportunidad: hacer del Benidorm Fest un festival de verdad, sólido, libre y sin tutelas de la UER.
2. Tragar y quedarse
La otra opción es desdecirse. Aceptar lo que la UER propone y compartir escenario con Israel como si nada. Un volantazo difícil de justificar tras meses hablando de “insostenibilidad moral” y denunciando la instrumentalización del festival.
Si RTVE se queda (tras dos años intentando cambiar desde dentro sin resultado) perdería credibilidad. Dentro y fuera del concurso. Y tendría que modificar las bases del Benidorm Fest, porque muchos artistas aceptaron participar precisamente sabiendo que no tendrían que ir a Eurovisión si Israel seguía dentro.
No es solo música. Es legitimidad
Eurovisión, en su 70 aniversario, se enfrenta a una pregunta incómoda: ¿a quién sirve?
¿A las televisiones públicas europeas o a los gobiernos que convierten el escenario en un arma diplomática?
Rusia y Bielorrusia fueron expulsadas por guerras e incumplimientos graves. Israel acumula violaciones de reglas del concurso, campañas estatales para manipular el televoto, censura a delegaciones críticas y un genocidio televisado. Y aun así la UER lo protege.
La Asamblea de Ginebra tiene dos salidas:
o recupera el espíritu del festival expulsando a quien lo politiza de forma obscena (Israel) o confirma que Eurovisión ya no es un certamen cultural sino una herramienta geopolítica más.
La pelota está en el tejado de RTVE.
Y esta vez no hay medias tintas.
O dignidad o complicidad.
O derechos humanos o espectáculo.
En cuestión de horas (o días) sabremos de qué lado cae España.
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