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“Ya basta de palabras, es hora de liberar Palestina con la espada de Bolívar”
EL GRITO DE PETRO ANTE LA ONU
El presidente colombiano Gustavo Petro eligió su último discurso ante la Asamblea General de Naciones Unidas para lanzar un mensaje que no admite matices: hay que frenar por la fuerza el genocidio israelí en Gaza. A pocos meses de dejar el cargo —la Constitución de Colombia impide la reelección—, Petro no se limitó a la retórica diplomática que inunda cada septiembre el hemiciclo de Nueva York. Pidió un ejército internacional de los pueblos que no aceptan el exterminio.
Su intervención arrancó tras el minuto 34 de su alocución. Las frases, pensadas para golpear, sacudieron el aire solemne de la sala: “Necesitamos un poderoso ejército de los países que no aceptan genocidio. Por eso invito a las naciones del mundo, y sobre todo a sus pueblos, a reunir armas y ejércitos”. No hablaba en abstracto. Nombró a los ejércitos latinoamericanos de Bolívar, a los pueblos asiáticos y a los eslavos que derrotaron al nazismo. Y remató con un eco histórico: “Ya basta de palabras, es tiempo de la espada de Bolívar: libertad o muerte”.
Petro fue más allá: acusó a la propia ONU de ser cómplice silenciosa de un genocidio contemporáneo. No ocultó nombres: el presidente estadounidense Donald Trump es, dijo, “cómplice de genocidio, porque lo es y debemos repetirlo una y otra vez”.
ENTRE EL GENOCIDIO EN GAZA Y LA NUEVA GUERRA GLOBAL
La crudeza del discurso se entiende en el contexto: Israel lleva casi dos años de ofensiva genocida en Gaza, con un saldo que supera los 65.000 palestinos asesinados según fuentes locales. Solo el pasado miércoles, 84 personas murieron en distintos bombardeos, entre ellas 22 refugiadas y refugiados en un almacén cercano al mercado de Firas, en Gaza ciudad. Quince eran mujeres y criaturas.
Mientras, Netanyahu —reclamado por la Corte Penal Internacional por crímenes de guerra y de lesa humanidad, incluyendo hambre forzada y asesinatos masivos— mantiene su proyecto de conquistar toda la Franja. Lo llama “Riviera de Oriente Medio”. En realidad es un plan de limpieza étnica apoyado por Trump, que propone expulsar a un millón de personas y transformar Gaza en un paraíso turístico sin palestinos.
Petro unió la masacre palestina con el avance del militarismo estadounidense en América Latina. Denunció que Washington y la OTAN no solo permiten las bombas sobre Gaza, sino que preparan un retorno de la guerra fría en el Caribe. Señaló a Trump por reprimir migrantes, encadenar a personas indefensas y lanzar misiles “sobre jóvenes en el Caribe y sobre niñas y niños en Gaza”.
Su acusación no quedó en lo moral. Recordó que la arquitectura de Naciones Unidas está bloqueada por el derecho de veto de Estados Unidos, Reino Unido y Francia, principales proveedores de armas a Israel. Sin embargo, Petro puso sobre la mesa la resolución “Unidos por la Paz” de 1950, aprobada por la Asamblea General para actuar cuando el Consejo de Seguridad está paralizado. Esa norma, utilizada en más de una docena de ocasiones, permitiría aprobar por mayoría de dos tercios una fuerza de protección internacional para Gaza.
El precedente existe: en 1971 India intervino en Bangladesh para detener el genocidio pakistaní; en 1979 Vietnam tumbó el régimen criminal de Pol Pot en Camboya; Tanzania acabó con la dictadura sangrienta de Idi Amín en Uganda. Hasta la OTAN usó ese argumento en Kosovo en 1999, aunque ocultando otros intereses. El derecho de injerencia contra un genocidio no es una quimera, sino un arma política real.
COLOMBIA PASA DE LA RETÓRICA A LA ACCIÓN
Lo que distingue a Petro de otros líderes es que Colombia ya ha dado pasos concretos. En abril de 2024, Bogotá se sumó a la demanda de Sudáfrica contra Israel en la Corte Internacional de Justicia. En mayo, rompió relaciones diplomáticas con Tel Aviv. Y en julio de 2025, coorganizó en Bogotá la cumbre del llamado Grupo de La Haya, junto a más de treinta países, con un plan de acción para frenar a Israel mediante medidas diplomáticas, legales y económicas.
Ese mismo espacio coordina hoy denuncias ante tribunales internacionales, sanciones financieras y bloqueos comerciales. La apuesta de Petro es clara: el derecho internacional no sirve de nada si no se respalda con presión real, incluso militar.
El discurso del presidente colombiano deja en evidencia la hipocresía de gran parte de la comunidad internacional. Mientras España decreta un embargo de armas a Israel y algunos gobiernos europeos se atreven a condenar tímidamente la masacre, la mayoría de cancillerías sigue instalada en la inercia, contando cadáveres mientras negocia contratos.
EL PUÑAL EN EL CORAZÓN DE LA ONU
Petro eligió el foro más solemne para señalar la grieta central del sistema multilateral: la ONU ha sido testigo mudo y cómplice del genocidio palestino. Cada veto estadounidense ha funcionado como blindaje para Netanyahu. Cada discurso tibio ha significado más niñas y niños enterrados bajo los escombros.
Lo resumió en una frase dirigida a la Asamblea: “Esta cámara es un testigo silencioso y un cómplice del genocidio”. El tono no fue el de la súplica, sino el de la denuncia abierta. No pidió favores, exigió acción. “Basta de palabras”, insistió, consciente de que su mandato termina y de que la historia no perdonará la cobardía.
Mientras los escombros de Gaza siguen acumulando cuerpos, Petro recordó que la alternativa es clara: o Bolívar, o Netanyahu; o la espada de la libertad, o la farsa de un derecho internacional convertido en papel mojado.
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