La masacre palestina ha destapado las contradicciones de un partido que pretende gobernar mientras se niega a nombrar el genocidio.
MADRID COMO BASTIÓN DE LA DEFENSA A ISRAEL
El genocidio en Gaza, con más de 65.000 personas asesinadas desde octubre de 2023, ha puesto contra las cuerdas a la política internacional y también a la interna. Mientras Pedro Sánchez ha asumido un papel central en la defensa de Palestina en foros internacionales, el Partido Popular ha mostrado su cara más contradictoria. De Ayuso a Rueda, pasando por Feijóo, el partido ha demostrado no tener una línea clara sino un puzzle de intereses y cálculos electorales.
En Madrid, la presidenta Isabel Díaz Ayuso se ha convertido en la principal voz de la defensa incondicional de Israel. Ha tachado a Sánchez de “aliado de Hamás” y ha criminalizado las protestas contra el genocidio como “boicot antisemita”. Su discurso, calcado al de la extrema derecha internacional, encaja con los lazos empresariales de su gobierno con capital israelí. El Museo Hispano Judío de Madrid, que abrirá en 2027, es un buen ejemplo: un edificio público cedido por Metro de Madrid y entregado a un proyecto en el que participan empresas israelíes como Orpan Group.
El alcalde Almeida, siempre a la sombra de Ayuso, niega que exista un genocidio. Según él, usar esa palabra significa querer “borrar del mapa a Israel”. Lo que se borra, en realidad, son los cadáveres palestinos bajo los escombros. Esa narrativa, que blanquea el crimen, coloca a la capital de España como altavoz de la propaganda israelí.
ENTRE LA GRISURA DE FEIJÓO Y LA CRÍTICA DE LAS BARONÍAS
En el otro extremo del tablero está Alfonso Rueda. El Parlamento gallego, con mayoría absoluta del PP, guardó este miércoles un minuto de silencio por “las víctimas inocentes del genocidio en Gaza y Cisjordania”. Que un presidente autonómico de la derecha use la palabra prohibida dentro de su partido marca una grieta interna profunda.
María Guardiola, en Extremadura, habló de “barbarie y horror”. Juanma Moreno fue más allá: reconoció el derecho del pueblo palestino a tener un Estado y denunció que “las acciones de Israel no pueden ser infinitas”. La derecha andaluza ha terminado sonando más cercana a la posición oficial de Naciones Unidas que a la de su propia dirección nacional.
Mientras tanto, Feijóo intenta sostener un equilibrio imposible. Ha reconocido “atrocidades inadmisibles” en Gaza, pero se niega a pronunciar la palabra genocidio porque, según él, eso corresponde a la Corte Penal Internacional. Esa tibieza lo sitúa en el terreno de la equidistancia, donde criticar a Hamás sirve como comodín para evitar mirar de frente las bombas sobre hospitales y escuelas.
Borja Sémper, portavoz nacional, ha sido de los pocos que se atrevió a advertir que Israel “no tiene derecho a cometer atrocidades ni a violar los derechos humanos”. Y aun así, en su discurso sigue pesando la coletilla: el derecho de Israel a defenderse. Como si la defensa pudiera incluir el hambre planificada, la sed, los bombardeos y las ejecuciones extrajudiciales.
La dirección del PP lo intenta vender como pluralidad interna. Esther Muñoz, portavoz en el Congreso, llegó a afirmar que “ni la ONU ni el presidente deciden lo que es o no un genocidio”. Una frase que la retrata: negar la autoridad de la ONU para dar carta de naturaleza a la barbarie.
La fotografía final es un partido fracturado y temeroso. Ayuso y Almeida convertidos en portavoces de la ultraderecha global, Feijóo atrapado en la equidistancia, y barones como Moreno o Guardiola forzados a reconocer el horror para no perder credibilidad social. El PP asegura que son posturas “compatibles”, pero lo que muestran es descomposición.
En Gaza se siguen contando cadáveres. En España, la derecha se sigue contando mentiras.
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